¿Dónde estabas cuando mataron a Colosio?

El día de ayer debo confesar fue para mí un domingo “más del montón”, un día que si bien estuvo tintado por la convivencia familiar de fin de semana y la pasión del partido Real Madrid vs Barcelona, no pasó a mi recuerdo como un día crucial, relevante, memorable o anecdótico. Hacía ya una semana que había decidido dedicar mi columna a este tema en específico y sin embargo, en mi mente no tenía claridad de 2 hechos y cuál sería mi sorpresa al hoy revisar ambos: el primero la fecha exacta en que asesinaron a Luis Donaldo Colosio (23 de marzo), y el segundo y más relevante que este año se conmemoraron 20 años de este acontecimiento.

El asesinato del candidato -y prácticamente ganador seguro- de la contienda por la presidencia de la República Mexicana es en mi opinión uno de los hechos más importantes en la vida política de nuestro país pero también un evento que trastornó a nuestra sociedad, nuestra forma de vivir y concebir a nuestros gobernantes y definió un nuevo rumbo a nuestra realidad. No es coincidencia que 6 años después de esta descarada mentira social y subsecuente elección, el Partido Revolucionario Institucional perdiera por primera vez en su historia una elección presidencial.

Sin afán de entrar en el ámbito político pues mi blog tiene un nombre al cual pienso hacerle honor, lo sorprendente desde mi opinión es que si bien para mí y para muchas nuevas generaciones el nombre “Colosio” se desvanece cada vez más de la memoria, la idea y el concepto por el que este hombre murió permanece arraigado en el ADN del mexicano. Por muchos años vivimos una opresión de la cual hicimos mutis y ya sea por miedo, conformismo o negación fuimos renuentes o incapaces para despertar de la misma, sin embargo este evento de singular magnitud lo cambió todo; el desafortunado destino de Colosio tuvo un propósito que trascendió más allá de ese hombre y en su muerte, irónicamente generó el impacto más importante de su vida y convirtió en legado aquellas palabras de su famoso discurso del 6 de marzo de 1994, donde 17 días antes de su muerte afirmó: “Veo un México con hambre y con sed de justicia. Un México de gente agraviada por las distorsiones que imponen a la ley quienes deberían de servirla. De mujeres y hombres afligidos por abuso de las autoridades o por la arrogancia de las oficinas gubernamentales.”

Hoy si bien reconozco que en nuestro país vivimos una realidad y dinámica completamente distinta a la de hace 20 años, los esfuerzos de los diferentes frentes sociales en búsqueda de la democracia si bien son en ocasiones dispersos, contrapuestos y poco inteligentes, tienen en común una aguerrida e intolerante constante búsqueda por la justicia y la transparencia de una forma que antes ningún partido ni grupo social demostraba. Si bien Colosio lleva más de 20 años muerto, el significado y sentido de su muerte vive en la revolución social y de ideas que tenemos en este país.

Y sin embargo Colosio en esta experiencia no es el único protagonista; a lo largo de la historia de la humanidad muchos personajes se han convertido en auténticos emblemas no sólo por sus ideas y su lucha en vida por defenderlas, sino precisamente también por morir en su causa. Desde John Lennon hasta John F Kennedy pasando -sin ningún orden particular- por Martin Luther King Jr., Mahatma Gandhi, Malcom X, Abraham Lincoln, Jesús de Nazareth y el emperador Julio César, la súbita y trágica muerte de estos individuos más allá de extinguir sus creencias y enseñanzas las avivaron exponencialmente y redimensionaron hacia un grado simbólico universal, un nivel mayor de trascendencia que fue más allá de su vida misma. Y es que entonces tal pareciese que la cita de una de las más famosas películas de Christopher Nolan no puede ser más acertada: “Un hombre puede ser destruido, o encerrado; pero si consigues ser algo más que un hombre, si te entregas a un ideal y nadie puede detenerte, te conviertes en algo muy diferente… una leyenda”.

¿Qué podemos aprender de estas experiencias? ¿Qué mensajes de estas vivencias podemos adoptar y aplicar en nuestra vida diaria? Si bien no me considero un experto en el tema, en lo personal identifico 3 aprendizajes claros de la vida y la filosofía de estas personas, que creo podemos adoptar como parte de nuestra búsqueda continua de transformación y desarrollo personal:

  1.        Hay ideales por los que vale la pena morir. ¿Alguna vez te has detenido a reflexionar cuáles son aquellos ideales y principios por los que realmente estarías dispuesto a morir? Más allá de que en un futuro tengamos o no la ocasión de demostrar nuestra valentía y compromiso hacia nuestros ideales como lo hizo Martin Luther King Jr. o Gandhi, el ejercicio de evaluar por qué valores o conceptos de mi vida estaría dispuesto a perderlo todo ha resultado sumamente interesante y revelador no sólo para evaluar mi comportamiento en situaciones extremas, sino a manera de brújula práctica y útil para medir mi vivencia de los mismos en el día a día.

 

  1.        El poder de un símbolo va más allá del plano individual. Muchas veces me pregunto si realmente la defensa y promoción de mis ideales es realmente una búsqueda individual o social, y con el paso del tiempo y analizando las vidas de estos individuos cada vez estoy más convencido de que existen en la sociedad una gran cantidad de movimientos y asociaciones que precisamente representan, dan sentido y dirección a los principios que busco defender. Más allá de tus propósitos estoy seguro que en el amplio repertorio de agrupaciones sociales existen ya partidos o afiliaciones políticas, movimientos religiosos o ambientalistas, comunidades de trabajo social, deportivo, cultural o bien organizaciones civiles que promuevan aquellos ideales con los que te identificas y con los cuales puedes contribuir. ¿Te has puesto a reflexionar de qué “símbolos” formas parte y cómo vives dentro de los mismos?

 

  1.        Mientras que las ideas son a prueba de balas, un hombre es destructible y corruptible. Haciendo a un lado nuestra experiencia y convicción, debemos recordar siempre que el reto mayor para trascender nuestra esencia humana estará en el plano individual pues es en este espacio carnal donde nuestra congruencia se pondrá a prueba ante la adversidad y todo tipo de tentaciones ya sea de poder, placer o bienes como a los que fueron sin duda sometidos personajes como John F. Kennedy o Jesús de Nazareth. Si es realmente nuestra intención dar a nuestras vidas una dimensión mayor, debemos estar alertas y desde la humildad estar siempre vigías y en constante preparación pues nunca sabremos cuándo llegará la ocasión de poner nuestros principios realmente a prueba.

Luis Donaldo Colosio así como muchos de los individuos previamente mencionados se convirtieron sin duda en legado de nuestra historia precisamente por demostrar que una persona y sus ideales pueden trascender más allá de la muerte y la represión; sin embargo no caigamos en el error de pensar de que el tipo de muerte que sufrieron fue la que dio sentido a su vida, sino entendamos que fue gracias al tipo de vida que decidieron vivir que su muerte cobró un significado único y especial. Y tú, ¿Con qué tipo de vida quieres ser recordado al morir?

Alcanzar la paz

Les voy a contar un secreto personal que espero no se malinterprete: desde hace ya varios años me doy cuenta que tengo una cada vez mayor curiosidad por visitar al menos una vez al mes un funeral, un velorio o simplemente ir al cementerio. Parece algo trastornado y yo incluso así a veces lo pienso, sin embargo cuando por alguna razón he llegado a estar en dichos lugares, más allá de la tristeza que me embarga por el dolor o pérdida de mis conocidos, me doy cuenta que el contactar con su tristeza detona reflexiones muy claras y contundentes de lo que realmente significa para mí la vida y la felicidad; en otras palabras y por extraño que suene, acercarme y entender la muerte me hace acercarme y entender la vida.

 

Particularmente y alrededor de este tema los últimos días han sido complicados pues no hace más de 1 semana se cumplieron 10 años de la muerte de mi gran amigo Luis Casas Méndez. Por más que intente año con año obviarlo o vivirlo de forma superficial, el 29 de mayo es un día en el que casi inevitablemente lloro, pero también un día en el que río recordando las alegrías y sobre todo las ocurrencias que en su vida terrenal Luis hacía y compartíamos juntos. El vivir este último 29 de mayo de forma similar me hizo recordar algunas de mis reflexiones en velorios, y sobre todo me hizo cuestionarme el cómo vivo y entiendo la muerte, y cómo la viven los demás.

 

Quiero aclarar que no soy ni pretenderé ser un especialista en Tanatología, sino por el contrario quiero compartirles mi experiencia y cómo yo viví lo que llamo “mi primera muerte”. Con el tiempo he desarrollado la loca teoría de que si bien uno conoce “en persona” a la muerte evidentemente el último día de nuestras vidas, la concepción que tenemos de ésta se determina en gran forma desde pequeños, adolescentes o incluso adultos, cuando vivimos nuestra primera muerte es decir, aquella que por primera ocasión nos impacta de forma significativa ya sea mental, emocional o espiritual. En mi opinión la intensidad y la falta de experiencia con la que vivimos esta primera pérdida traza el mapa inicial –sobre todo a nivel emocional- con el que concebimos y por ende vivimos este fenómeno gran parte de nuestras vidas, y de ahí el hecho de que para algunas personas la muerte pueda ser sinónimo de dolor, injusticia o castigo cuando para otras signifique descanso, tranquilidad e incluso alegría.

 

Cuando yo era todavía muy pequeño viví dos muertes significativas en mi vida: la de mi abuelita paterna y mi abuelito materno; posteriormente perdí también a un tío cercano y sin embargo, ninguna de esas muertes llegó a impactarme tanto como el perder a Luis. No sé si fue el tremendo afecto que nos teníamos o las condiciones súbitas y complicadas de su fallecimiento, pero estoy convencido de que la intensidad emocional y espiritual con la que viví esa primera muerte me transformó como ser humano.

 

Durante mi primera muerte y como era de esperarse viví de forma consciente e inconsciente todo tipo de sentimientos y reacciones que fueron desde la negación, enojo, tristeza, frustración hasta posteriormente la resignación, entendimiento y paz. Mi personalidad, espiritualidad y madurez por supuesto jugaron un rol importante a lo largo de este complicado y largo proceso, sin embargo si algo quiero resaltar determinó el significado que le di a la muerte a través de esta experiencia fueron los modelos y reacciones que pude observar y aceptar de quienes me rodearon en ese momento. La serenidad, paz, esperanza y resignación de mi familia y la de Luis, así como el valor de mis amigos para enfrentar esta realidad fueron siempre guía para entender que más allá del dolor y la pérdida, la muerte para mí significa una prueba de fe, una oportunidad de acercarnos a la verdad y a Dios, y un desafío para vivir de forma auténtica nuestra misión.

 

Y es aquí donde vale la pena voltear atrás y pensar no sólo en cuál fue entonces tu primera muerte, como la viviste y el significado que tuvo en tu vida, sino ir un poco más allá y poder ser conscientes de qué condiciones eran las del momento, qué modelos tuviste presentes y qué elementos propios y ajenos determinaron ya sea de forma positiva o negativa la concepción que le diste entonces a este suceso, pues sólo así podrás darte una oportunidad de darle un nuevo sentido y significado en un futuro.

 

Quizá después de todo ya no me resulte tan bizarra mi idea de visitar velorios y funerales cada mes; la vida nos da a veces tan pocas oportunidades de vivir experiencias intensas de crisis o aprendizaje que definitivamente si no aprovechamos los medios posibles para acercarnos a la realidad de los demás, difícilmente lograremos tener un entendimiento más allá de las experiencias y modelos propios y no alcanzaremos concepciones más integrales en temas tan relevantes y trascendentales como el aquí expuesto. Si ése es el caso, quizá entonces lo más trágico finalmente de la muerte no es la muerte en sí, sino realmente nunca haber entendido su significado y a través de éste, aprovechar la vida en un sentido pleno y positivo… justo como me enseñó Luis.