La tolerancia de los farsantes

Hoy en día como sociedad es común encontrarnos con intolerancia de ideologías, gustos, estilos de vida y hasta de vestimenta distintos a los nuestros; independientemente de si la descalificación se da en una crítica pasiva o bien a través de grandes manifestaciones violentas y represivas, el repudio y la falta de respeto hacia aquello diferente a lo propio es un común denominador no sólo en escenarios de guerra y revuelta social, sino en los más cotidianos ambientes como nuestras escuelas, vecindarios y lugares de trabajo.

Más allá de las posibles causas de estos comportamientos –como lo pueden ser el miedo, la envidia, la ambición o la ignorancia-, irónicamente como sociedad existe desde mi perspectiva una conveniente selección de temas sobre los cuales es más o menos válido ser intolerante:

  • Somos poco tolerantes ante las ideas y prácticas que agreden el derecho de vida de los animales, pero muy tolerantes ante las ideas y prácticas que agreden el derecho de vida del hombre.
  • Somos muy intolerantes ante quienes defienden la castidad, pero muy tolerantes ante quienes defienden un estilo de vida sexual libre y disipado.
  • Somos muy tolerantes con quienes critican figuras como el matrimonio heterosexual, pero muy poco tolerantes con quienes critican figuras e instituciones como el matrimonio homosexual.

Del mismo modo en que selectivamente existen temas en los cuales nuestra crítica y postura social es muy subjetiva, existe también una clara discriminación de temas en los cuales preferimos enfocar nuestra opinión, esfuerzo y tiempo:

  • Discutimos y defendemos acaloradamente el estilo de vida vegano o carnívoro, pero poco nos involucramos con el hambre que se ve en las calles y estadística de nuestro país.
  • Somos muy ácidos y críticos para defender nuestro dinero de reformas económicas y hacendarias, pero dedicamos mucho menos esfuerzo en la defensa de minorías como los inmigrantes, la gente de la tercera edad y aquellos con alguna discapacidad.
  • Somos muy letrados y opinamos activamente en relación al bullying y otros riesgos que existen en el exterior y pueden afectar a nuestra familia, pero somos poco autocríticos en relación a la violencia intrafamiliar que lleva a México según INEGI, a la más alta tasa de suicidio en nuestra historia para niños de 10 a 19 años.

El punto más allá de declarar posturas ante ciertos temas y corrientes es reconocer que si bien toda argumentación construye a un avance en la libertad de expresión, respeto a minorías y evolución social, hemos desvirtuado y perdido el significado real de la tolerancia, así como hemos sido presa fácil de las distracciones mediáticas cuya agenda comercial está enfocada a promover estereotipos y vender modas de lo correcto e incorrecto, abandonando así un esfuerzo del intelecto por elevar nuestra consciencia y activar nuestra acción en temas críticos de desarrollo social.

Primero lo primero así que hablemos de lo que realmente significa la tolerancia en un sentido amplio y no sólo de respeto a las ideas diferentes a la nuestra; tolerancia en ningún momento significa estar todos de acuerdo o ser flexibles y aprobar toda forma de pensar y vivir por irracional que esta resulte; tolerancia por el contrario implica que a pesar de todas estas diferencias podamos valorarnos plenamente como personas y aceptar que existen razones para que cada quien decida y defienda sus creencias; sin embargo no por respetar tus razones, creencias, integridad y valía debo yo aceptar que tu ideología defina y determine las normas y reglas que rigen el mundo en el que vivo porque, si así fuera, ¿dónde queda entonces la tolerancia a MI forma de pensar? La tolerancia se vive entonces cuando esta libertad y respeto se da de forma mutua y ambas ideologías o posturas opuestas pueden aceptar libremente el derecho que refleja la frase de la famosa escritora Evelyn Beatrice Hall: “No estoy de acuerdo con lo que me dices, pero lucharé hasta el final para que puedas decirlo”.

Finalmente y continuando con la construcción de una tolerancia plena y libre de expresión, la tolerancia necesita valor no solamente para aceptar y respetar otras ideologías y personas, sino también para defender y promover inteligentemente las propias. Hoy en día concebimos únicamente la tolerancia como la aceptación a otras ideologías y desde nuestra inseguridad, temor al conflicto, falta de compromiso y apatía, no tomamos una acción firme y valerosa para argumentar y promover nuestras creencias; hoy se abre la oportunidad a que, independientemente de cuáles sean nuestros dogmas, reflexionemos sobre qué aspectos hemos elegido ser pasivos o activos y alcemos nuestra voz para defender nuestra visión del mundo de forma independiente y auténtica, haciendo a un lado el plano personal y emocional así como nuestras debilidades, envidias, egoísmos y temores. Si bien es en muchas ocasiones complicado romper las barreras de comunicación interpersonal, debemos ser congruentes con este compromiso social y cumplirlo de forma propositiva de modo que entablemos un diálogo enfocado en coincidencias y vertientes en común que permita realmente acercarnos los unos a los otros.

Ser tolerante implica también ser humildes y aceptar que nuestra visión del mundo no es ni completa ni mucho menos perfecta y por tanto, requiere de este diálogo e interacción para una sana y próspera convivencia. En su Diccionario Filosófico, Voltaire lo resumió perfectamente: “Todos estamos modelados de debilidades y de errores. Perdonémonos las necedades recíprocamente, (…) tenemos que tolerarnos mutuamente, porque somos débiles, inconsecuentes y sujetos a la mutabilidad y al error”

 

Si Sochi estuviera en Venezuela

Una de mis pasiones más grandes en la vida es el deporte en prácticamente todas sus modalidades; independientemente de si se trata de una competencia individual o de conjunto así como del tipo de habilidades que se requieran para ganar (destreza, fuerza, agilidad, etcétera) el ámbito del deporte en mi opinión brinda oportunidades únicas de admirar la grandeza del ser humano no sólo en términos de reto y superación personal sino también a nivel colectivo con muestras perfectas de humildad, solidaridad, empatía y compasión. A la fecha todavía me es difícil contener el nudo en la garganta al revivir la historia del velocista británico Derek Redmond cuando en Barcelona ’92 corrió la carrera más importante de su vida, y de la misma forma sigo admirando el profundo sentido de justicia del Coach de Noruega Justin Wadsworth cuando en los Juegos Olímpicos de Invierno de Turín 2006 “ayudó” al equipo Canadiense a quedar en segundo lugar y relegar a Noruega de una medalla olímpica. La realidad es que los Juegos Olímpicos y el mundo del deporte desde sus inicios cuentan con una gran biblioteca de momentos memorables, gestos y acciones que nos llenan de esperanza al demostrar la calidad del espíritu noble y bondadoso que puede existir en nosotros.

Y no obstante en otros ambientes de lucha y manifestación civil como el que se vive actualmente en Venezuela y Ucrania el contraste es grande y nos permite apreciar día a día muestras de represión, ofensa, provocación, invasión a todo tipo de libertad, descalificación, miedo y por supuesto, la más lamentable expresión del ser humano: la violencia y su última consecuencia la muerte. Si bien el problema raíz que detona las continuas manifestaciones civiles y conflictos entre los distintos bandos de cada país es distinto –uno de índole político y otro un poco más social y económico- la realidad es que uno puede encontrar muchas similitudes en estas desafortunadas realidades y uno de los que más llama mi atención es la presencia del egoísmo, la avaricia y la intolerancia de los líderes políticos al mando. Por supuesto toda moneda tiene dos caras y no es mi intención en este espacio obviar inocentemente que en ambos procesos de conflicto los dos bandos y fracciones–el gobierno y la oposición- tienen intereses profundos en una lucha insaciable por retener el poder; sin embargo lo que sí considero infame es que estos intereses se hayan alejado tanto del espíritu auténtico del poder en sí, es decir, la razón correcta por la cual gobernar.

No se necesita ser politólogo, sociólogo ni historiador para reconocer que el problema del ser humano en la política a lo largo de los tiempos no es realmente la discrepancia de los distintos modelos e ideologías para coordinar la sociedad y su economía, sino de nuestra fragilidad como seres humanos para 1) realmente entendernos y coordinarnos en vista de un bien común (las garantías humanas y el desarrollo social en un sentido amplio) y 2) no perder nuestra integridad ante las atracciones y trampas que encierra el poder. Tal pareciera que en nuestra vida somos todos atletas de un mismo deporte con la oportunidad única de practicarlo y disfrutarlo plenamente en un mismo lugar, y lejos de enfocarnos en aprovechar al máximo esta experiencia de existir y de convivir estamos desgastando todo nuestro tiempo en asegurarnos que nadie sea mejor que nosotros, perdiendo de vista que ganar no siempre es suficiente para ser felices, que en la vida cada quien tiene distintos puntos de partida y metas en función de sus posibilidades y que finalmente nuestra existencia social, política y humana debe estar en función del apoyo y la colaboración mutua para que cada quien encuentre su realización.

¿Cómo podemos aterrizar estas palabras a nuestra vida diaria y entonces buscar un cambio? ¿Por dónde empezar? México vive hoy en día una realidad en muchos matices similar a la de estos países en donde sociedad y partidos hemos abandonado los principios básicos de convivencia, respeto y tolerancia y perseguimos el poder por el poder, a costa de quien sea y desde una visión egoísta. Definitivamente cambiar el rumbo no es sencillo y menos contra corriente, sin embargo basta voltear y ver esa antorcha olímpica y todo lo que sucede alrededor de ella cada 4 años para reconocer que dentro de cada ser humano existe un potencial auténtico de grandeza y recuperar la confianza de que cada quien tiene la voluntad de hacer el cambio; desde mi punto de vista no hay mejor forma de guiar que a través del ejemplo por lo que recordando el espíritu olímpico podemos seguir los siguientes consejos:

  • Ver la superación y la competencia desde un enfoque personal. “Citius, Altius, Fortius” (latín de más rápido, más alto, más fuerte) fue lema que definió el barón Pierre de Coubertin para la justa olímpica; como personas debemos entender que la superación y competencia constante que plantean no está en función de los demás sino con uno mismo para nuestro conocimiento amplio y la expansión de nuestros límites más que la invasión del de los demás.
  • Honestidad y justicia, vivir el “Fair Play”. Nadie aprueba, valora o reconoce a un atleta que hace trampa, su victoria no tiene mérito y su imagen no tiene credibilidad. ¿Por qué en el deporte acusamos y reprochamos las trampas y en la vida diaria las permitimos y hacemos? En el deporte las reglas son claras y en nuestra sociedad también y sin embargo en muchas ocasiones hacemos uso de estrategias poco justas para obtener nuestro beneficio, y no somos equitativos con los demás no únicamente en acciones sino también en juicios; si queremos promover un cambio social debemos empezar por el respeto de las leyes que nos rigen, por más pequeñas que sean o ridículas que nos parezcan.
  • Llegar todos a la meta. Así como en del deporte existen condiciones económicas, deportivas, estructurales, sociales e incluso fisiológicas que determinan las posibilidades de ciertos atletas o países en búsqueda del triunfo, en la vida es claro que todos de la misma forma tenemos distintas posibilidades. La desigualdad social, la manifestación civil, la opresión y la lucha entre humanos surge cuando existen personas que no respetan los 2 principios anteriores, y sin embargo pocas veces nos preocupamos realmente por resolver estos temas hasta que somos directamente afectados, olvidando que día a día muchos millones de personas viven más que una batalla por competir, por sobrevivir. El sentido humano de convivencia y solidaridad que se vive en el deporte debe ser modelo y ejemplo de inspiración para que busquemos continuamente apoyar a aquellos con condiciones más complicadas a las nuestras, recordando que por sobre todas las cosas, todos estamos llamados a vivir de una forma digna.

Cuando los juegos olímpicos iniciaron en Grecia hace más de 2800 años tenían muchas particularidades distintas a la actualidad como el hecho de que tenían menos eventos, se celebraban siempre en Grecia y sólo hombres que además hablaran griego podían participar. Varias de estas condiciones sin lugar a dudas excluyentes contrastaban con una regla fundamental a la cual se le llamaba Tregua Olímpica y que dictaba que mientras se celebraban los Juegos, todos los conflictos y hostilidades entre las ciudades que participaban se posponían hasta la terminación de los mismos. El día de hoy esta regla tristemente ya no es vigente, sin embargo vale la pena reflexionar si como personas necesitamos realmente un acuerdo escrito o una declaración oficial para hacer cambios en nuestra vida, retomar principios de justicia y convivencia social, o hacer una tregua eterna con nuestros enemigos y detractores.

¡Basta ya! Agree to Disagree

Uno de los comportamientos más naturales del ser humano es el asociarnos con nuestros semejantes y más en específico con aquellos con los que compartimos particularmente gustos, hobbies o ideologías. Ser simpatizante de algún deporte, actividad o artista o bien creyente de alguna filosofía, religión o dogma, así como apoyar cierta causa son tan sólo algunas de las características que podríamos encontrar en común con alguien y por las cuales podríamos de la noche a la mañana convertirnos en mejores amigos de quien segundos antes era un desconocido.

Y sin embargo aun cuando es natural sentir afinidad y empatía con personas de gustos e intereses afines así como defender éstos, como sociedad desde mi percepción hemos llevado nuestra visión del mundo a extremos cercanos al fanatismo guiados tanto por las modas y tendencias como por nuestra envidia y egoísmo: hoy podemos distinguir claramente aquellos que defienden a la muerte un estilo de vida hipster; a los maratonistas, los que hacemos insanity y los que prefieren el crossfit; los que compran sólo “Mac” y los que prefieren “Android”; los que apoyan el Teletón y los que lo critican con uñas y dientes; los que no se pierden su Starbucks mañanero y los argumentan que lo mejor es lo orgánico y hecho por productores locales; los que prefieren a Messi que a Cristiano Ronaldo, los que quieren convertirte a toda costa y los que no pueden ver a un sacerdote sin pensar en la pederastia; los que defienden los derechos de los animales y los que están hasta el gorro de los activistas; los que aman al Peje, los que no soportan a Peña Nieto, los que apoyan a la selección, los “ódiame más”, los que respetan el Fair Play y por supuesto los que no comen carne, los veganos y los de “la liga de la leche”… vaya que la mercadotecnia funciona pues cuando antes parecía que únicamente podíamos estar en disputa por religión, política y fútbol, hoy podemos encontrar gente argumentando y discutiendo con gran intensidad y empuje si es mejor el Xbox One o el Playstation 4 como si de este argumento fuera a depender nuestra supervivencia como especie.

Si bien y como menciono anteriormente es parte de nuestra naturaleza el asociarnos y también defender nuestros principios y gustos, creo que el factor clave que se ha acentuado en nosotros como sociedad es la intolerancia a aceptar estilos de vida y de pensamiento distintos al nuestro, y la intensidad con la que pasamos de una defensa de ideas a una crítica y ataque lamentable en todo proceso social pues, si en asuntos tan sencillos como algunos de los planteados anteriormente no podemos entablar diálogo tolerante y abierto, mucho menos lo haremos en los asuntos críticos y fundamentales de nuestra convivencia humana. ¿Por qué razones no podemos entonces aceptarnos y entendernos?

Cuando era pequeño conocí y entendí el mundo como una pintura bicolor en donde existía únicamente el bien y el mal, lo “correcto” y lo “incorrecto”… las personas que hacían lo correcto eran “buenas”, y quienes hacían lo contrario eran sencilla y contundentemente “malas”; conforme fui creciendo aprendí en base a experiencias que no siempre aquellas personas que yo consideraba “buenas” hacían lo correcto siempre, asimismo que el “obrar bien” no implicaba necesariamente un beneficio personal, y finalmente que lo que YO consideraba como “bueno” y “malo” no era precisamente igual para alguien más. Un ejemplo de cómo esto marcó mi vida es mi postura ante el uso del alcohol; quienes me conocen de toda la vida saben que desde joven no tomo prácticamente nada de licor, cerveza, vino, etcétera, y aunque realmente hoy en día me es indiferente lo que la gente opine al respecto, existió una etapa en mi vida en la que por esta “postura” fui juzgado y criticado. El efecto de este rechazo evidentemente ante mi necesidad de ser incluido y aceptado generó también en mí aversión a quienes tomaban demasiado alcohol y me molestaban por no hacerlo, con lo cual no sólo definí grupos afines –aquellos que me aceptaban independientemente de si tomaba o no-, sino también “aprendí” a rechazar y criticar a quienes tomaban constantemente.

En una escala diferente y seguramente por motivos, circunstancias e historias diferentes, como sociedad nos encontramos a veces como ese Rubén adolescente que, ante una abrumadora ola de estilos de vida y mensajes comerciales –algunos incluso agresivos- indicándonos “cómo vivir” y “qué es lo correcto e incorrecto” a nivel de pensamientos, estilo de vida e incluso imagen y condición física, nos sentimos saturados y amenazados en nuestra personalidad y creencias y lejos de encontrar las posibilidades y oportunidades que estas nuevas y diferentes tendencias pueden ofrecer, reaccionamos instintivamente de forma poco objetiva rechazando y criticando todo aquello diferente a lo preestablecido. Ya sea por saturación, temor,  o simplemente desinterés, la reprobación y la detracción se convierten en nuestra constante diaria tanto en el plano físico como el virtual.

Si bien ante la gran variedad de posturas y visiones del mundo es difícil mantenernos ecuánimes y encontrar nuestro centro como personas es decir quiénes somos, qué creemos, qué historia o qué principios soportan mis creencias y estilo de vida, el reto mayor que tenemos entonces es dejar a un lado la comparación y la contraposición que las olas externas generan y desde nuestra entereza personal y espiritual, desestimar lo diferente y dedicar esfuerzos en identificar similitudes, aquello que nos une y nos conecta como seres vivos. Si bien es una realidad que desde nuestra historia, experiencia y cultura nuestra formación es distinta y puede ser opuesta en muchos aspectos, es cierto también que en muchos otros nuestra esencia humana converge y a través del desprendimiento y la humildad, podemos identificar puntos de contacto y como lo diría Covey, encontrar la “3ª Alternativa” es decir opciones de convivencia y “puntos medios” entre nuestras visiones distintas de la vida en las cuales podamos encontrar paz, convivencia plena y por tanto crecimiento en conjunto.

Nelson Mandela, Q.E.P.D. fue un líder social y político mundial que en un entorno sumamente complejo y lleno de añejas rivalidades se caracterizó por su lucha y búsqueda de elementos que unificaran un país y un mundo. Hoy pareciera que los mexicanos sólo podemos encontrar en nuestras crisis y desastres naturales esa motivación para “dejar a un lado las diferencias” y reconocer que todos somos humanos y que en esencia buscamos una convivencia sana y próspera, un ambiente de respeto y cordialidad, condiciones positivas para satisfacer nuestras necesidades y lograr nuestros sueños. El mejor camino  para alcanzar nuestra realización personal es realmente conseguir la realización social y de nuestra comunidad, y para ello debemos fortalecer nuestra capacidad de ser tolerantes y buscar identificar y construir acuerdos en lugar de alimentar nuestras divergencias. La capacidad de “estar de acuerdo en estar en desacuerdo” es entonces esa posibilidad de reconocer que con visiones distintas podemos encontrar a través del respeto y el compromiso elementos en común que, sin traicionar quienes somos o perder nuestra identidad e ideales, nos permitan entendernos y seguir adelante.