De cuando te vi por última vez

Existen en esta vida toda clase de despedidas y todos nosotros sin excepción hemos atravesado a lo largo de nuestra historia al menos varias de ellas, desde sencillos “hasta pronto” hasta dolorosos “nunca te olvidaré”. La vida es un constante cambio y recurrentemente nos invita –por las buenas y por las malas- a despedirnos de aquello que creíamos propio ya sea una ciudad o un trabajo, un estilo de vida y amistades, bienes materiales como nuestro carro, casa, etc. pero sin lugar a dudas, las despedidas más complicadas son aquellas en las que decimos adiós de una forma u otra a los seres que marcaron nuestra vida ya sean mascotas, compañeros, amigos, familiares o parejas.

Aun cuando generalmente tengo siempre previsto el tema que abordaré cada columna, en esta ocasión después de varios intentos fallidos y retrasos fue evidente para mí que ningún tema planeado funcionaría, pues algo no estaba bien conmigo. En desarrollo humano existen muchas corrientes que afirman que cuando tenemos sentimientos profundos sin expresar o bien asuntos inconclusos o no resueltos, estos cuestionamientos o sentimientos constantemente nos acechan consumiendo nuestra energía física y mental, desgastándonos y no permitiéndonos avanzar en nuestro desarrollo personal; después de un espacio de reflexión me di cuenta que eso era precisamente lo que sucedía conmigo a raíz de nuestra más reciente despedida.

Si bien las despedidas por definición implican separación o cierre, no necesariamente tienen connotaciones negativas cuando realmente podemos ver en ellas, oportunidades y aprendizajes que se abren a nuestros ojos, por ejemplo: unas de las despedidas más felices en mi vida fue el adiós a mi soltería, a mi vida estudiantil e incluso a mi primer carro, pues si bien había pérdidas en todos los casos era palpable para mí que las nuevas etapas o situaciones implicaban beneficios y mejorías, emocionantes oportunidades y retos. Sin embargo cuando hablamos de separarnos de personas únicas y significativas en nuestras vidas, ¿qué beneficios y oportunidades existen que compensen la tristeza o la amargura de no volverlas a ver? Ya sea una separación temporal o definitiva, geográfica o emocional, si es una pérdida derivada de un fallecimiento o es el fin de una relación afectiva, ¿qué pasa con los sentimientos generados por todas esas memorias y momentos compartidos en conjunto? ¿Cómo podemos aislar el desconsuelo esperando si acaso habrá, una próxima vez?

Es complicado para mí escribir con elocuencia y sobre todo de forma objetiva cuando hay tantos sentimientos involucrados en una despedida, y más cuando son personas esenciales en mi vida a las que digo “hasta pronto”; me imagino no soy el único y quizás dentro de tus recuerdos podrás ubicar la última vez que te despediste de una o muchas personas especiales, y es precisamente en ese recuerdo, en ese mar de dudas, lágrimas y pena, donde encuentro la paz ante esta situación y aprovecho para recopilar aquellas ideas que me dan fuerzas para alzar la cabeza y mirar adelante:

–          No hay peor despedida que la que no se da. Si bien todo tiene que llegar eventualmente a su fin, queramos o no, ciertamente aquellas palabras que más duelen son aquellas que nos guardamos para nunca decir; ¿Cuántas veces hemos callado un “te amo” “te extraño” “gracias” “perdón” por vergüenza, orgullo, o simplemente porque no quisiste decirlo? Es triste pero la vida da muchas vueltas y desafortunadamente no podemos saber si tendremos una nueva oportunidad para decir aquello que todavía no “estábamos listos” para decir. Dentro de la tristeza de una despedida, nada tranquiliza más como la paz de haber expresado lo que sientes y piensas sin dudas, prejuicios o temores, con el corazón abierto y mirando de frente. No olvidemos también que nunca es tarde para una primera vez.

 

–          Mantén la chispa del recuerdo. Las despedidas de los seres queridos son dolorosas pues implican que “por un tiempo” no podremos disfrutar de su compañía ni de la oportunidad de crear nuevas experiencias; sin embargo un buen remedio para reducir la tristeza y acelerar el tiempo es el recordar con alegría y enfocándonos en lo positivo, las experiencias y momentos únicos que pudimos compartir con ellos; dicen que recordar es volver a vivir, y sin duda alguna es posible mantener vivos a todos nuestros seres queridos honrando siempre los momentos y aprendizajes que pudimos compartir a su lado.

 

–          Dale sentido a tu dolor. Reconozco que existe desconocimiento en cuanto a la naturaleza de los sentimientos y emociones pues hay quienes todavía clasifican como “positivos” a la alegría y el amor, y “negativos” a la tristeza, el miedo y el enojo. Sin entrar a profundidad en este dilema me limitaré a precisar que todos, absolutamente todos nuestros sentimientos y emociones cumplen con una función positiva en nuestro desarrollo personal pues nos permiten, además de expresarnos, entender qué es importante o significativo para nosotros y también cómo nos comportamos en torno a ello. Si algo aprendí de la tristeza y amargura con la que me quedé después de nuestra última despedida, es que como dijo George Eliot “Sólo en la agonía de despedirnos somos capaces de comprender la profundidad de nuestro amor”, por lo mismo debemos aprender a valorar el tiempo que tenemos con nuestros seres queridos, no únicamente con aquellos a quienes vemos poco, sino también a los que tenemos diariamente a nuestro lado pues es sólo cuestión de tiempo para que, eventualmente, tengamos que decirles también adiós.

Me queda claro después de ya varias despedidas que al hablar de separaciones es imposible generalizar pues cada persona, experiencia y circunstancias son diferentes y únicas, y sólo quienes están involucrados pueden entender realmente la naturaleza del vínculo que se pierde o transforma; a veces cuando creemos estar más listos y preparados para despedirnos es cuando más frágiles resultamos, y es que cuando realmente amamos está en nuestra naturaleza resistirnos a la separación; sin embargo y en esta aventura llamada vida debemos hacernos valientemente de herramientas y soportes que nos permitan seguir adelante, manteniendo la fe y la esperanza de que la vida nos permitirá al menos una oportunidad más, de desagarrarnos aprendiendo a decirnos adiós.

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