Critico, luego existo

Existen ocasiones en la vida en las que los cambios más insignificantes pueden detonar profundos procesos de reflexión y auto revelación; hace poco más de dos meses descubrí en Facebook la –magnífica- opción de “no quiero ver esto”, un pequeño botón que te permite bloquear si así lo deseas, las publicaciones que otras personas hacen para que no aparezcan en tu muro personal. Siendo honesto no recuerdo exactamente cómo encontré dicho botón, sin embargo lo que sí tengo claro es que a partir de que empecé a usarlo mi experiencia de navegación es sumamente distinta, mucho más agradable y positiva de lo que era antes. Lo anterior es sumamente lógico cuando uno se pone a pensarlo y es que seguramente todos podemos ubicar a más de un amigo cuyos comentarios ridículos, nefastos, ñoños, cursis, egoístas, improductivos o _________ (llene aquí cualquier adjetivo de su elección) no son del todo agradables o interesantes, sin embargo lo curioso de todo esto es que aunque podrían haber muchas razones por las que pude hacer uso del susodicho botón -por ejemplo el típico “Juanito acaba de correr 200 kilómetros y ahora tiene más Nike Fuel que el que tú obtendrás en toda tu vida”-, realmente en la mayoría de los casos bloqueé comentarios y personas cuyos posts son, en su mayoría, de crítica destructiva e improductiva hacia todo tipo de temas.

El mundo es muy amplio y una de las realidades que más me ha costado aceptar es el hecho de que pase lo que pase, haga lo que haga o bien deje de hacer siempre seré (y tú también) criticado por mis actos, convicciones y declaraciones; si bien existen muchas personas que en la mayoría de ocasiones pueden mantener una filosofía de “vive y deja vivir”, creo que el común denominador y parte de nuestra naturaleza humana es que propiciamos y alimentamos la crítica a todo tipo de posturas, ideologías, modas o aficiones que son distintas a lo que nosotros practicamos, creemos o deseamos. Ya sea si estamos a favor o no del ice bucket challenge, del suicidio de Robin Williams, de que se apruebe o no un proyecto de transporte ferroviario en Querétaro o bien estemos a favor o en contra del último logo del Tec de Monterrey, está en nuestra naturaleza criticar, criticar y criticar.

Ojo, antes de profundizar en el tema me gustaría aclarar que en definitiva no estoy en contra de la crítica ni la desapruebo, muy por el contrario me gusta, la disfruto y la practico en blogs como éste; en mi opinión existen dos tipos de crítica: por un lado aquella que es objetiva, que cuestiona de frente, escucha y es propositiva y por el otro lado aquella apasionada, cobarde, intolerante y destructiva, simplemente orientada a herir y dividir, es a ésta a la que me quiero enfocar pues en mi opinión se está convirtiendo en una reacción o comportamiento ya sintomático en nuestra sociedad y al cual le destinamos demasiada energía y un termómetro perfecto son las redes sociales pues como diría mi hermana, “hay mucho odio en Facebook” y eso es un reflejo no sólo de cómo interactuamos entre personas y lo que sucede alrededor de nosotros, sino tristemente habla mucho más de lo que sucede DENTRO de nosotros.

Para entender entonces este fenómeno no hay mejor forma que empezar que partiendo de la experiencia por lo que me dediqué a revisar cuáles son los temas, comportamientos y personas que generalmente critico con mayor frecuencia e intensidad; si bien tenía ya cierta conciencia de este comportamiento propio, el ahondar un poco más en ellos, en cómo resuenan en mí y qué elementos contienen que despiertan mi crítica detonó hallazgos reveladores y honestamente, algo incómodos que creo quizá te puedan resultar interesantes:

  • Mucho critico lo que no conozco. Existen críticas que hacemos sobre ciertos temas muy a la ligera, con poco contexto y mucho menos experiencia de los mismos, así como con posturas poco abiertas a realmente detonar un diálogo e interacción más profundos sobre los temas; hoy en día es común encontrar posturas pobres en las que únicamente expresamos nuestro pensamiento “yo pienso esto de este tema y punto final” y difícilmente nos damos el tiempo y el esfuerzo que implica el realmente hacer de nuestras críticas –verbales y digitales- plataformas de discusión donde como individuos, aprendamos algo del otro, entendamos el por qué alguien piensa distinto y sobre todo nos aceptemos con nuestras diferencias.

 

  • Mucho critico aquello que envidio. Existe una frase muy popular en desarrollo que dice que “lo que te choca te checa”, refiriéndose en este contexto que aquello que no nos gusta de los demás en muchas ocasiones es un reflejo de aquello que no nos gusta de nosotros y quisiéramos cambiar. En lo personal encuentro que varias veces critico no sólo porque quiero algo que otro más presume o bien no valora, sino también porque alguien goza de algo que yo no pude tener o disfrutar de joven; finalmente existen también críticas que hago hacia personas que viven de forma distinta a la mía y más que molestarme su estilo de vida, reconozco que lo que me molesta es que yo he decidido un estilo diferente que si bien tiene también sus beneficios, tiene retos o carencias diferentes que me pueden frustrar o cansar. El darme cuenta de cómo aquello que critico habla de mí me ha permitido voltear nuevamente al espejo y explorar y entender aquellos engranes que realmente detonan mi pensamiento y encontrar oportunidades para hacer cambios que me hagan más feliz, o bien aceptarme plenamente en mis acciones y pensamientos.

 

  • Mucho critico porque el hacerlo me da un Status. Definitivamente uno de los más populares modos de “desarrollarnos” personal, política e incluso laboralmente es “criticar a todos los demás” pues al hacerlo no sólo “no parezco yo tan malo”, sino también al hacerlo de forma elocuente y bien articulada, luzco como un experto en el tema –aunque no lo sea- y adquiero atractivas etiquetas y adjetivos de “analítico”, “divergente” y “retador del status quo”. En lo personal creo que –salvo los medios de comunicación es decir comentaristas políticos, sociales y deportivos donde la mayoría viven de generar polémica o morbo- quien vive este tipo de vida lo hace de forma totalmente inconsciente, por lo que aquí mi reflexión es estar más atento a mi dinámica interpersonal para entender si realmente mis críticas son constructivas y están puestas al servicio de los demás, o únicamente a un servicio propio.

 

  • Mucho critico porque es atractivo, seductivo, divertido y popular. Y sin duda alguna mi favorita, como personas debemos entender que “la ociosidad es la madre de todos los vicios” y que cuando tenemos tiempo libre y estamos desenfocados de actividades productivas, relaciones sanas y procesos de desarrollo, mucho de nuestro tiempo libre podemos ocuparlo en ser víctimas de la seducción de criticar pues la misma nos brinda el placer explícito o implícito de sentirnos mejores, al ver en la desgracia o crítica de los demás una oportunidad de reafirmar o tranquilizar nuestras dudas, debilidades y temores como seres humanos. Si bien puede resultar inofensiva y atractiva la crítica ocasional, mi recomendación es hacernos conscientes de la misma para así detectar cuando nos hemos vuelto adictos de la misma y se convierte entonces en algo más que una actividad casual sino en una práctica personal.

En un inicio lo comenté y ahora lo reafirmo: ADORO LA CRÍTICA pues cuando es propositiva y constructiva me ayuda a realmente ampliar mi perspectiva personal y aprender de los demás y de mí mismo, y cuando es negativa o destructiva me ayuda a conocer más de quien la hace y también entender desde la humildad que todos estamos en continuo proceso de desarrollo personal. Mi invitación final es a que entonces critiquemos, cuestionemos mucho y lo hagamos de frente, con ánimo y con argumentos pues hoy en día tenemos muchos críticos pero pocos argumentos, muchos gritos erráticos pero pocos rostros que sustenten sus palabras, mucho ruido… y pocas nueces. Hagamos crítica responsable de sus implicaciones y su impacto, congruente con el momento y que no sea sólo válida desde ciertas posturas o ciertos roles, hagamos entonces de la crítica un aliado, y una herramienta poderosa para despertar consciencias, empezando por la propia.

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Sólo Judas Temió

Hace un par de días me levanté a medianoche con un gran nudo en la garganta y a pesar de que tenía el ventilador prendido, estaba sudando abundantemente y no podía alejar de mi memoria el recuerdo vívido de mi sueño: me acababa de enterar de la muerte de un gran amigo. Tratando de recuperar la calma convenciéndome que todo había sido “un sueño y nada más” recordé un estudio que había visto hace pocos días y que señalaba según la Encuesta Mitofsky que la muerte, la inseguridad y la enfermedad ocupan los primeros lugares en aquellas cosas que “inspiran miedo” a los mexicanos.

Más allá de mi sueño el cual días después me di cuenta estaba totalmente relacionado a una fecha próxima muy importante para mí, me doy cuenta que últimamente he estado expuesto desde muy diferentes perspectivas a los conceptos de miedo y temor: desde retratos de personajes “fantásticos” como los de la serie “Game of Thrones” cuyos gobernantes ejercen su poder a través del miedo, o bien escenarios del libro “Divergente” que muestra una sociedad en donde la aptitud de una persona es medida en su capacidad de superar su miedos, hasta el enfrentar en primera persona el profundo temor de todo lo que conlleva una situación delicada de salud en mi seno familiar. Ya sea una razón u otra, hoy me doy cuenta que esta emoción es una de las más presentes e intensas no sólo en mi vida sino en la de mis semejantes día con día.

Y tú, ¿Te has puesto pensar a qué le tienes miedo hoy? Cuando era pequeño recuerdo que mis miedos estaban claramente “identificados” y hasta seccionados: tenía miedo a las cucarachas y ratones, a hacer el ridículo en público, a las sombras que se hacían en mi cuarto con las lámparas e incluso a caerme de mi cama -cosa que fue sumamente común hasta mis 6 años-; sin embargo conforme fui creciendo reconozco que mis miedos dejaron de ser cuestiones “permanentes” y se convirtieron más bien en circunstancias por ejemplo: cuando jugaba partidos importantes de fútbol tenía miedo a cometer errores; cuando viajaba y me separaba de mi familia sentía temor de que “algo malo sucediera”, y más de una vez tuve miedo al rechazo de alguna de las chavas que me gustaban. En estos últimos 6 años de mi vida no obstante, recuerdo tan sólo dos o tres momentos de gran miedo y todos estaban relacionados con situaciones de salud en una ocasión de mi suegro, otra de mi hermano y otra de mi esposa. Recuerdo particularmente que a pocos meses de casarme, sentía con mucha constancia, un miedo intenso, irracional, casi esquizofrénico de que en cualquier momento nos podía suceder algún accidente que nos impidiera casarnos.

Desde mi experiencia existen entonces 3 razones básicas por las que tememos o ante las cuales experimentamos miedo: el encuentro con lo desconocido; el riesgo de perder algo preciado y la posibilidad de sufrir daño o dolor. Aunque las tres tienen una relación muy cercana y en ocasiones se presentan simultáneamente, su origen es distinto y sobre este punto es donde me voy a enfocar:

Miedo a lo desconocido: Según nuestra experiencia y todo lo que hemos vivido a lo largo de los años lo “nuevo” o “diferente” está consciente o inconscientemente asociado a sensaciones, sentimientos y resultados positivos o negativos. Si los cambios importantes que una persona ha sufrido a lo largo de su vida han sido para una mejora ya sea física, económica, emocional o intelectual, entonces seguramente esa persona tendrá menos miedo a lo desconocido que una persona cuyos cambios le han significado dolor, tristeza, frustración o complejidades. Hace un par de días mi esposa tuvo que sufrir una pequeña cirugía y sin duda alguna, el grado de temor que experimentamos ambos ante este procedimiento está totalmente vinculado a nuestras experiencias pasadas con cirugías, hospitales, doctores e incluso anécdotas de amigos que han sufrido este mismo padecimiento.

Miedo a perder algo preciado: de una forma u otra todos tenemos alguna posesión material, emocional o espiritual que valoramos ampliamente; si bien es cierto el refrán que dice “Sólo aquel que lo ha perdido todo no teme”, incluso la vida misma es lo último que perdemos y desde esa perspectiva, existen pocas cosas más temibles que el perder aquello que valoramos tanto ya sea nuestra casa, un título, un hermano, la libertad, el amor, un amigo, nuestra dignidad o la final de la Copa del Mundo. El temor a perder algo preciado radica entonces en dos factores, siendo el primero elemento nuestro objeto preciado en sí –a más aprecio mayor temor- y el segundo la conciencia que tengamos de su fragilidad. Si bien existen efímeras ocasiones en la vida -como el momento de mi boda- en donde encontramos estabilidad y visualizamos poco el riesgo en el horizonte, incluso en esos momentos la posibilidad de perder “ese” momentum puede convertirse en razón de angustia y sufrimiento.

Miedo al dolor: por más que parezca trillado, el miedo al sufrimiento es el más común y el más natural de nuestros miedos; aprendido desde pequeño y a prueba y error en base a caídas, fracturas, quemaduras, hambre y todo tipo de experiencias dolorosas como la muerte de un ser querido, la ruptura de una relación y su consecuente soledad, o bien un fracaso de cualquier tipo, el dolor en todas sus manifestaciones nos afecta y es prácticamente instintivo nuestro deseo de evadirlo ya sea bloqueándolo, huyéndole o simplemente aislándonos al máximo en medida de nuestras posibilidades.

Ahora bien y con todo este contexto es importante entonces aclarar ¿el miedo es malo, dañino, tóxico o inútil? Aunque habrá opiniones divididas al respecto de algunos puntos, creo firmemente que el impacto y consecuencia que tiene el miedo en nuestras vidas depende total y absolutamente del sentido que nosotros queramos darle al mismo. ¿Es mi miedo a perder mi trabajo malo? Sólo si por ese miedo empiezas a dudar de ti mismo y te permites bajar tu rendimiento; ¿Es mi miedo a perder un amor tóxico? Sólo si ese temor nubla tu visión y te paraliza. ¿Es mi miedo a una enfermedad nocivo? Sólo si realmente dejas que tu temor se adueñe de ti y te vuelve inútil, ineficiente, improductivo y finalmente, infeliz.

Uno de mis personajes favoritos de Cómics es Linterna Verde, un personaje cuya “fuerza” radica en un anillo de poder controlado por su voluntad y ante la cual, el “miedo” es su peor enemigo. Si bien no entraré en detalle de todo el mito que encierra este personaje y su construcción, creo que el punto más relevante y mi favorito del mismo es que para llegar a ser más poderoso este personaje vive durante muchos años la creencia de que ser valiente es no tener miedo, es decir la ausencia total del mismo hasta que, después de muchas y trágicas experiencias aprende que el ser valiente no está relacionado con la inexistencia del miedo, sino precisamente con nuestra capacidad de sobrellevarlo y dominarlo; es decir, no existe valentía si no existe en algún momento miedo pues, ¿qué mérito superar algo que nunca implicó el más mínimo reto?

Hace 2 días curiosamente viví un momento complicado ante este punto y fue precisamente después de la cirugía de mi esposa, cuando ante una situación inesperada empezó a sufrir mareos y prácticamente se desmayó en mis brazos; sin hacer tintes de tragedia o extremismo porque tampoco fue una situación descontrolada (finalmente estábamos en el cuarto del hospital y 5 enfermeras llegaron en menos de 30 segundos), definitivamente esos segundos tuve miedo, mucho miedo. Experimenté lo desconocido, en forma de dolor, y con el ser más valioso de mi mundo… sin embargo hoy que reflexiono sobre ese momento me doy cuenta que las acciones que tomé, más allá de ser dominadas por el temor fueron dominadas por el deseo intenso de sobreponerme a esa situación. Ya sea una cuestión intelectual o de adrenalina pura, nuestra reacción ante el miedo es decisión propia, y sólo en medida de que conozcamos de forma profunda los mismos y su origen, es que entenderemos y dominaremos mejor nuestra reacción y comportamiento ante los mismos.

Sin embargo y a manera de cierre creo que hay una lección mucho más importante y un fin último y más grande del miedo en nuestras vidas, y es que creo de corazón que su razón de existir no es realmente para retarnos a nuevos límites, o descubrirnos capaces y valientes, superiores como pudiera pensarse, sino para realmente el miedo existe en nuestras vidas para mostrarnos cuáles son las cosas y personas que más preciamos y valoramos en nuestra existencia. Si tienes miedo a perder algo, o cambiar tu situación habitual por algo desconocido o experimentar sufrimiento, ¡Felicidades! Tienes una oportunidad única de hacer consciencia y valorar TODO lo que tienes –salud, familia, bienes, amigos, espiritualidad, techo, comida, una mascota, un carro, etc…- y da sentido a tu vida. El miedo se vuelve entonces en un termómetro único que nos invita a invertir menos tiempo en el ¿qué pasaría si? O ¿qué hubiera pasado si? Y nos ubica en el presente, permitiéndonos aprender y reflexionar sobre qué reflejan estos escenarios mentales de nuestra vida, persona, sentimientos e intenciones y ¿por qué no? Convertir esa energía en actos de agradecimiento, disfrute y compartir de todo aquello que tenemos hoy, y que mañana ¿qué importa? Pasará.

¡Basta ya! Agree to Disagree

Uno de los comportamientos más naturales del ser humano es el asociarnos con nuestros semejantes y más en específico con aquellos con los que compartimos particularmente gustos, hobbies o ideologías. Ser simpatizante de algún deporte, actividad o artista o bien creyente de alguna filosofía, religión o dogma, así como apoyar cierta causa son tan sólo algunas de las características que podríamos encontrar en común con alguien y por las cuales podríamos de la noche a la mañana convertirnos en mejores amigos de quien segundos antes era un desconocido.

Y sin embargo aun cuando es natural sentir afinidad y empatía con personas de gustos e intereses afines así como defender éstos, como sociedad desde mi percepción hemos llevado nuestra visión del mundo a extremos cercanos al fanatismo guiados tanto por las modas y tendencias como por nuestra envidia y egoísmo: hoy podemos distinguir claramente aquellos que defienden a la muerte un estilo de vida hipster; a los maratonistas, los que hacemos insanity y los que prefieren el crossfit; los que compran sólo “Mac” y los que prefieren “Android”; los que apoyan el Teletón y los que lo critican con uñas y dientes; los que no se pierden su Starbucks mañanero y los argumentan que lo mejor es lo orgánico y hecho por productores locales; los que prefieren a Messi que a Cristiano Ronaldo, los que quieren convertirte a toda costa y los que no pueden ver a un sacerdote sin pensar en la pederastia; los que defienden los derechos de los animales y los que están hasta el gorro de los activistas; los que aman al Peje, los que no soportan a Peña Nieto, los que apoyan a la selección, los “ódiame más”, los que respetan el Fair Play y por supuesto los que no comen carne, los veganos y los de “la liga de la leche”… vaya que la mercadotecnia funciona pues cuando antes parecía que únicamente podíamos estar en disputa por religión, política y fútbol, hoy podemos encontrar gente argumentando y discutiendo con gran intensidad y empuje si es mejor el Xbox One o el Playstation 4 como si de este argumento fuera a depender nuestra supervivencia como especie.

Si bien y como menciono anteriormente es parte de nuestra naturaleza el asociarnos y también defender nuestros principios y gustos, creo que el factor clave que se ha acentuado en nosotros como sociedad es la intolerancia a aceptar estilos de vida y de pensamiento distintos al nuestro, y la intensidad con la que pasamos de una defensa de ideas a una crítica y ataque lamentable en todo proceso social pues, si en asuntos tan sencillos como algunos de los planteados anteriormente no podemos entablar diálogo tolerante y abierto, mucho menos lo haremos en los asuntos críticos y fundamentales de nuestra convivencia humana. ¿Por qué razones no podemos entonces aceptarnos y entendernos?

Cuando era pequeño conocí y entendí el mundo como una pintura bicolor en donde existía únicamente el bien y el mal, lo “correcto” y lo “incorrecto”… las personas que hacían lo correcto eran “buenas”, y quienes hacían lo contrario eran sencilla y contundentemente “malas”; conforme fui creciendo aprendí en base a experiencias que no siempre aquellas personas que yo consideraba “buenas” hacían lo correcto siempre, asimismo que el “obrar bien” no implicaba necesariamente un beneficio personal, y finalmente que lo que YO consideraba como “bueno” y “malo” no era precisamente igual para alguien más. Un ejemplo de cómo esto marcó mi vida es mi postura ante el uso del alcohol; quienes me conocen de toda la vida saben que desde joven no tomo prácticamente nada de licor, cerveza, vino, etcétera, y aunque realmente hoy en día me es indiferente lo que la gente opine al respecto, existió una etapa en mi vida en la que por esta “postura” fui juzgado y criticado. El efecto de este rechazo evidentemente ante mi necesidad de ser incluido y aceptado generó también en mí aversión a quienes tomaban demasiado alcohol y me molestaban por no hacerlo, con lo cual no sólo definí grupos afines –aquellos que me aceptaban independientemente de si tomaba o no-, sino también “aprendí” a rechazar y criticar a quienes tomaban constantemente.

En una escala diferente y seguramente por motivos, circunstancias e historias diferentes, como sociedad nos encontramos a veces como ese Rubén adolescente que, ante una abrumadora ola de estilos de vida y mensajes comerciales –algunos incluso agresivos- indicándonos “cómo vivir” y “qué es lo correcto e incorrecto” a nivel de pensamientos, estilo de vida e incluso imagen y condición física, nos sentimos saturados y amenazados en nuestra personalidad y creencias y lejos de encontrar las posibilidades y oportunidades que estas nuevas y diferentes tendencias pueden ofrecer, reaccionamos instintivamente de forma poco objetiva rechazando y criticando todo aquello diferente a lo preestablecido. Ya sea por saturación, temor,  o simplemente desinterés, la reprobación y la detracción se convierten en nuestra constante diaria tanto en el plano físico como el virtual.

Si bien ante la gran variedad de posturas y visiones del mundo es difícil mantenernos ecuánimes y encontrar nuestro centro como personas es decir quiénes somos, qué creemos, qué historia o qué principios soportan mis creencias y estilo de vida, el reto mayor que tenemos entonces es dejar a un lado la comparación y la contraposición que las olas externas generan y desde nuestra entereza personal y espiritual, desestimar lo diferente y dedicar esfuerzos en identificar similitudes, aquello que nos une y nos conecta como seres vivos. Si bien es una realidad que desde nuestra historia, experiencia y cultura nuestra formación es distinta y puede ser opuesta en muchos aspectos, es cierto también que en muchos otros nuestra esencia humana converge y a través del desprendimiento y la humildad, podemos identificar puntos de contacto y como lo diría Covey, encontrar la “3ª Alternativa” es decir opciones de convivencia y “puntos medios” entre nuestras visiones distintas de la vida en las cuales podamos encontrar paz, convivencia plena y por tanto crecimiento en conjunto.

Nelson Mandela, Q.E.P.D. fue un líder social y político mundial que en un entorno sumamente complejo y lleno de añejas rivalidades se caracterizó por su lucha y búsqueda de elementos que unificaran un país y un mundo. Hoy pareciera que los mexicanos sólo podemos encontrar en nuestras crisis y desastres naturales esa motivación para “dejar a un lado las diferencias” y reconocer que todos somos humanos y que en esencia buscamos una convivencia sana y próspera, un ambiente de respeto y cordialidad, condiciones positivas para satisfacer nuestras necesidades y lograr nuestros sueños. El mejor camino  para alcanzar nuestra realización personal es realmente conseguir la realización social y de nuestra comunidad, y para ello debemos fortalecer nuestra capacidad de ser tolerantes y buscar identificar y construir acuerdos en lugar de alimentar nuestras divergencias. La capacidad de “estar de acuerdo en estar en desacuerdo” es entonces esa posibilidad de reconocer que con visiones distintas podemos encontrar a través del respeto y el compromiso elementos en común que, sin traicionar quienes somos o perder nuestra identidad e ideales, nos permitan entendernos y seguir adelante.

Más allá de la sangre

Según la Declaración Universal de los Derechos Humanos firmada en 1948, la familia es el elemento natural, universal y fundamental de la sociedad humana. Como base de la sociedad por tanto, el estado tiene la obligación de protegerla y velar por su integridad sin embargo, esa responsabilidad realmente está más allá de sus manos y curiosamente, en las nuestras. Independientemente de qué país seamos, qué credo sigamos o qué tan cerca estemos de nuestros padres, primos, tíos o hermanos, todos tenemos una familia de la cual formamos parte, de la cual surgimos y en la que continuaremos una descendencia.

Sin embargo a pesar de ser algo natural no es fácil formar parte, mucho menos velar por la unión de una familia. Si bien los lazos sanguíneos determinan que todos los integrantes de una familia compartamos características y atributos físicos, intelectuales y conductuales, en casi toda familia podemos encontrar una gran mezcla de personalidades, ideologías y vocaciones que hacen de cada una un auténtico confeti del cual nos guste o no, somos parte y con el cual estaremos conectados hasta el último día de nuestras vidas.

Siendo una persona con una familia sanguínea pequeña al menos en cantidad (2 hermanos, 7 tíos, y apenas de 10 primos) y teniendo a la mayoría de ésta a la distancia, siempre me ha resultado interesante analizar la dinámica de otras familias, sus tradiciones, personalidades y valores. A lo largo de los años he aprendido que existen familias cuya ubicación tan distante irónicamente robustece sus lazos, así como otras que estando tan cerca no se soportan y se agreden entre sí; he descubierto en amigos, padrinos y colegas que los vínculos de afinidad pueden ser en muchas ocasiones más fuertes que los de consanguinidad; he disfrutado y participado de la solidaridad y apoyo desinteresado entre familiares, pero también he sufrido lastimosamente del desprecio y la indiferencia en un mismo seno. Todo este ir y venir me hace cuestionarme ¿Cuáles son los elementos que definen entonces la fuerza y la solidez de una familia? ¿Qué comportamientos o aprendizajes individuales favorecen o desfavorecen el logro de un auténtico núcleo familiar? A continuación les comparto algunas de mis principales conclusiones:

El ejemplo arrastra. Los últimos 15 días tuve la fortuna de convivir con mi familia extendida, los tíos y primos de mi esposa en el norte del país. Familia de 9 hermanos huérfanos de padre a todavía corta edad, mi suegro y sus hermanos tuvieron una guía y modelo claro por parte de su madre para afrontar la vida y sus retos siempre juntos, asumiendo distintos roles y responsabilidades según su edad y posibilidades. Hoy en día es sumamente grato apreciar como sus hijos -casi más de 20 primos-  con sus diferentes personalidades, estilo y costumbres mantienen un estrecho lazo de unión, colaboración, interés el uno por el otro y la chispa de alegría y calidez que se puede palpar en sus padres. Esto no quiere decir sin embargo que nuestros modelos determinan inequívocamente nuestro futuro, pero debemos estar conscientes que su influencia es muy grande y entender por tanto que como tratemos a nuestros hermanos y padres es la forma en la que indirectamente estamos enseñando a nuestros hijos a tratar a sus hermanos y a nosotros mismos.

La familia como uno. En aquellas lamentables experiencias que he presenciado de separación e indiferencia entre familias, la constante que encuentro es que la visión y concepción de familia se pierde y destruye ante la visión egoísta del individualismo. De manera similar al matrimonio, si la visión del “yo” está por encima del “nosotros” las disputas por fama, dinero, poder y ego pueden vencer incluso el más grande de los ejemplos y modelos. Nelson Mandela, ex Presidente de Sudáfrica y uno de los más grandes líderes revolucionarios y políticos del siglo XX, fue sin duda guía para lograr la unión de un país separado por la inequidad, el racismo y la pobreza; su vida y su obra demuestran un profundo interés por la igualdad, el respeto y la tolerancia entre los individuos. Ese ejemplo de vida sin embargo, no es suficiente hoy en día para superar la ambición y egoísmo de sus hijos y nietos, quienes estando todavía Madiba (Mandela) con vida, luchan en tribunales para definir el lugar donde éste será enterrado a su muerte y así obtener los derechos de manejo de su imagen y los ingresos turísticos que tendrá dicho sitio. Para encontrar ejemplos como éste desgraciadamente no hace falta ver muy lejos, pues las disputas familiares por propiedades y bienes están a la orden del día y son ejemplo contundente de que una familia puede ser destruida si sus decisiones se basan en el egoísmo y no en el amor y el bien común, en un auténtico sentido de familia.

Visión social del individuo y la familia. El último elemento que define la realidad de las familias hoy en día tiene más que ver con nuestra realidad como individuos que con la familia misma, y lo señala bien Enrique Rojas en “El hombre light”. La sociedad de hoy en día vive una realidad en la que la tecnología, los medios de comunicación y la globalización promueven una vida permisiva y relativista en la cual “todo se vale” y los valores tradicionales como la castidad, la prudencia y la moderación “restringen la felicidad del hombre” y por lo tanto invitan al libertinaje, materialismo y hedonismo. Si la familia como base se conforma de individuos deshumanizados, víctimas de la moda y la visión consumista en la que todo es desechable, incluso las relaciones humanas, entonces los lazos de fraternidad en todo nivel –padres, hermanos, pareja y amigos- se vuelven un objeto más con el cual uno puede jugar, desechar y manipular a su antojo.  Si bien como personas debemos respetar y ser tolerantes con todo tipo de pensamiento, debemos aprender a discernir de cuáles contribuyen al desarrollo a largo plazo de nuestra sociedad, y poner límites que nos permitan construir bases en nuestra familia más allá de nuestros estímulos e impulsos.

El tema es amplio y sin duda existen muchos elementos más que determinan la unión y solidez de una familia, sin embargo lo más importante es que como personas analicemos y cuestionemos no sólo la realidad social de la humanidad y lo que otros han hecho para robustecer o dañar nuestra familia, sino también qué hemos hecho o dejado de hacer para que ésta se encuentre en la situación en la que está. Partiendo del respeto y la tolerancia a las diversas formas de pensar y de actuar, creo que el esfuerzo por superar los problemas y empezar a construir relaciones más sanas y positivas en nuestros seres queridos no es sólo un asunto de interés, sino también de responsabilidad social y un ejemplo ante futuras generaciones pues como bien dijo apenas hace unos días un tío, “Si no puedes tener bien a tu familia, ¿Cómo podrás tener bien a tu equipo de trabajo, a tu empresa, tus empleados y tu país?”

Aunque la mona se vista de seda…

Una de las diferencias que reconozco tengo a veces con nuestra sociedad y el mundo corporativo es que el viejo adagio de que “como te ven te tratan” es una postura que a diferencia de muchos, no decido aceptar al 100%. Si bien existen países de primer mundo como Canadá, Suiza, incluso partes del mismo Estados Unidos en donde uno puede ser perfectamente respetado personal y profesionalmente sin importar las apariencias o algunos aspectos de vestimenta (calzado abierto, barba larga, vestimenta casual, tatuajes o piercings, por mencionar entre otros), en México estamos todavía años luz de valorar a la gente por lo que es más allá de por cómo se viste o arregla.

 

Hace poco tuve la oportunidad de experimentar la burla sana de varios amigos y compañeros que evidenció la diferencia notable entre la realidad en la que vivo y la que encuentro muchas veces a mi alrededor; sin entrar mucho en detalles, en un artículo de la empresa en donde trabajo envié a la sección de “conoce a” una foto mía en shorts, playera y calcetines sosteniendo a mi perrita Marvel. Sin rayar en la desfachatez reconozco que para dicha foto no estoy muy arreglado y mucho menos portando mis mejores galas, sin embargo decidí incluirla porque me pareció simpática y “familiar”; honestamente y siendo una sección llamada “conoce a” nunca cuestioné que la foto pudiera ser inadecuada, además siendo una persona que trata de vivir de forma sencilla y auténtica, los formalismos o las apariencias realmente me importan poco.

 

El tema de esta famosa foto y sus múltiples reacciones incluso en mi familia me hizo reflexionar en varias experiencias de mi vida en donde he presenciado, hecho y seguramente recibido crítica o discriminación porque “alguien” no cumple con protocolos o normas de sociedad. Si bien mi anécdota de la foto no pasará a ser más que una anécdota chusca, debemos aceptar que muchas veces la cosa no se queda ahí, tanto en nuestra vida profesional como personal.  ¿Cuántas veces hemos clasificado a alguien por un rápido juicio de vestimenta al momento de conocerlo? ¿Cuántas veces le hemos atribuido calificaciones a su capacidad, inteligencia, educación o congruencia por su aspecto? ¿Cuántas ocasiones hemos cerrado puertas o negado oportunidades, apoyo, incluso una simple escucha a alguien por su apariencia física? Y finalmente, ¿Cuántas veces hemos sido nosotros quienes modificamos nuestra vestimenta e incluso nuestra personalidad para “pertenecer” a un grupo?

 

Si bien en todo ámbito existen etiquetas y códigos, debemos aprender a ser más ácidos y poder distinguir cuando un código obedece a principios como el respeto o la tolerancia, y cuando únicamente se ubican en la superficialidad y el consumismo, en una respuesta de lo que los medios, las corporaciones o nuestros introyectos nos dictan. Debemos elevar nuestra consciencia para distinguir pero sobre todo para criticar aquellos  juicios arbitrarios, impropios y muchas veces utilitarios, que nos llevan continuamente a cambiar de auto, de ipod, de vestimenta, de léxico y de hábitos. Definitivamente la opción de criticar lo diferente y minimizar a alguien a una etiqueta como “ñoño”, “naco”, “geek”, “metrosexual”, “emo”, “cholo” o “hipster” es el camino fácil y además popular hoy en día, sin embargo si buscamos el crecimiento personal y social debemos arriesgarnos y esforzarnos a dar un paso más.

 

Descubrir al ser humano por lo que es y no únicamente su superficie requiere un contacto auténtico al cual no solemos ya exponernos. Partiendo de que todo empieza a nivel individual, es decir de un profundo autoconocimiento y definición de nuestro carácter, personalidad, miedos y creencias, podemos tener entonces la seguridad y la voluntad para poder expresarnos como somos, y así extender nuestro ser hacia los demás con tolerancia y entendimiento de que aquello que resulta diferente a nuestra formación, cultura, percepción o convencionalidad, es también valioso y único. El entender que cada quien tiene orígenes distintos que le dan sentido y forma a su ser y manera de expresarse, nos permite ampliar nuestra visión del mundo y nos brinda la oportunidad de aceptarnos y convivir mejor como sociedad, sin importar los límites y reglas que nuestros convencionalismos sociales y la moda enmarcan y definen hoy en día.

 

Toda moneda tiene dos caras y espero que esto no se malentienda. Existen normas de educación y de principios que son generalmente aceptadas y entendidas. Definitivamente no profeso la anarquía en donde cada quien pone sus reglas, sin embargo promuevo enfáticamente el cuestionamiento de toda aquella “norma” que nos impida vivir de forma auténtica y sobre todo, más humana. En una sociedad en la que cada día estamos más desconectados física y emocionalmente, creo que las reglas y los modelos de comportamiento deben de ayudarnos a vivir en cordialidad y tolerancia, sin por ello enmarcar e incluso engañar la forma, contexto y comportamientos con los que debemos vivir. Porque eso sí, aunque la mona se vista de seda…

Como quisiera vivir la final en el Azteca

Todo aquel que me conoce sabe que una de las pasiones más grandes en mi vida es el fútbol. Desde hace más de 18 años que lo practico semanalmente he podido disfrutar de una gama de experiencias tanto positivas al ser campeón nacional CONADEIP a mis 16 años, como negativas al tener también fracasos, desilusiones y lesiones de rodillas, tobillo e incluso una fractura de nariz en el 2010. Y sin embargo no pasa un día en mi vida en el que no consulte un resultado, vea un partido por internet, juegue un videojuego de FIFA o comente sobre algún dato histórico pues soy fanático de este deporte en el que uno puede apreciar de primera mano el carácter, personalidad, educación y también formación del mundo representado en jugadores, técnicos, comentaristas y por supuesto, espectadores.

Pero mi realidad es evidentemente también una cultura nacional pues poniendo de ejemplo la próxima final entre América y Cruz Azul, nos guste o no el fútbol debemos reconocer que esta actividad mueve masas, paraliza ciudades, despierta pasiones, cultos e incluso nuestra economía. Es entonces en este marco en el que se presentó ante mí una oportunidad que resultó ser como para muchos mexicanos un sueño y anhelo máximo: asistir a la gran final de la Liga MX, un clásico del fútbol, dos equipos grandes enfrentándose en su mejor nivel en el recinto más emblemático del fútbol mexicano: el estadio Azteca. Un escenario de ensueño. El plan estaba orquestado perfectamente con primos y amigos para a las 11:00 am del día jueves 23 de mayo, momento en que se abriría “al público” la venta de boletos vía Ticketmaster, ejecutar la compra en al menos 10-12 computadoras conectadas en distintas ciudades del país y así obtener sin problemas los tan codiciados boletos. Oh desilusión, qué ingenuos fuimos al creer que lo lograríamos.

Sin entrar en mayor detalle la historia termina en que 2 minutos antes de que la venta se abriera “oficialmente al público” los boletos estaban agotados. Minutos después empezaron las ofertas por los boletos de la zona general -cuyo precio original era de $400 pesos- en $900 y $1,200 pesos en la reventa; los de $800 pesos originalmente, en $2,000 y $2,500 pesos porque claro, hay que respetar la estructura de los precios y por qué no, incluso ofrecer opciones para comprar “a meses sin intereses”. Historia verdadera.

Y es aquí donde dejamos de hablar de fútbol y reconocemos que esta situación podría ser la misma para un concierto de Metallica, Justin Bieber y el Cirque Du Soleil, pues la realidad de muchos mexicanos es que, sin importar el esfuerzo que hagan, seguramente no podrán encontrar boletos por otro medio que no sea la reventa. El oportunismo de esta práctica aprovecha nuestra ansiedad, frustración e ilusión por vivir un momento “único” que no se repetirá en muchos años, y es aquí donde más de uno termina por aceptar con resignación o por gusto, ser parte de un sistema ilegal que es bien conocido por los medios, las autoridades y la sociedad y que incluso pasa de ser excepción a norma pues se pueden escuchar comentarios como “La gente ya está reunida desde 2-3 horas antes, buscando la última oportunidad de encontrar boletos”. Pero nuestro descaro no termina ahí pues como en muchos otros aspectos sociales, asumimos un papel de víctimas y lejos de ver nuestra complicidad en esta injusticia, ponemos la responsabilidad y culpa en una figura maligna, un gran villano llamado revendedor; él quien es la raíz del problema, nosotros sólo resultante.

Estamos completamente equivocados. Como aficionados y clientes repudiamos y criticamos una práctica de la que nos declaramos mártires, sin embargo en nuestras acciones al comprar por este medio somos coautores y nos tomamos un rol activo para cambiar el problema. La solución por demás sencilla y evidente para acabar con este problema se resume en el rechazo absoluto a comprar boletos por este medio y sin embargo ¿por qué no lo hacemos? Porque “ese boleto que yo dejo alguien más lo va a agarrar”; o porque “todo el mundo lo hace”; “Pobre gente, de algo tiene que vivir”; y por supuesto porque “no me lo iba a perder, es la última vez que se presenta esta oportunidad”. De cualquier forma en que lo veamos, somos irresponsables, incongruentes, somos parte de una borregada, un colectivo que se rige por la conciencia de la mayoría y no por principios. Y como dijera David Noel Ramírez, Rector del Tecnológico de Monterrey, “el mal es mal aunque todo el mundo lo haga, y el bien sigue siendo bien aunque nadie lo practique”

Tenemos que despertar de ese aletargamiento a la verdad, sacudirnos la pereza ante el esfuerzo que implica cambiar una realidad torcida de nuestro país. Nos quejamos de la injusticia de muchos ámbitos sociales, incluyendo fenómenos como éste, y en el discurso declaramos que queremos “un mejor país”, “un mejor futuro”, sin embargo no queremos emprender el camino de esfuerzo, sacrificio y perseverancia que implica ir contra la corriente. Hacer lo justo y sobre todo, defender de viva voz y acto lo correcto atrae burlas, señalamientos y críticas, sin embargo el hacerlo con convicción es también el único camino para inspirar a otros, a aquellos con dudas, a los que no se atreven a ser diferentes, a los que no encuentran aliados, a vivir los principios básicos de convivencia social y así empezar una transformación y un desarrollo, desde lo más pequeño, hacia lo más grande.

En ningún momento me considero un santo ni con autoridad de juzgar las decisiones que cada quien tome en su vida, sin embargo así como tú tengo completa libertad de expresar mi visión del mundo y traer a la luz las consecuencias que tiene este círculo vicioso. Mi responsabilidad, eso sí, es ser responsable y elegir el camino que construya sobre el futuro que quiero en mi sociedad, empezando el cambio desde mi persona, rechazando la tentación de caer en este sistema y entonces sí, modelar desde el ejemplo e invitar a otros a anteponer nuestros valores de justicia, honestidad y responsabilidad a los gustos, intereses o anhelos que podamos tener… aunque esto implique disfrutar de mi más grande pasión desde la TV.