Sólo Judas Temió

Hace un par de días me levanté a medianoche con un gran nudo en la garganta y a pesar de que tenía el ventilador prendido, estaba sudando abundantemente y no podía alejar de mi memoria el recuerdo vívido de mi sueño: me acababa de enterar de la muerte de un gran amigo. Tratando de recuperar la calma convenciéndome que todo había sido “un sueño y nada más” recordé un estudio que había visto hace pocos días y que señalaba según la Encuesta Mitofsky que la muerte, la inseguridad y la enfermedad ocupan los primeros lugares en aquellas cosas que “inspiran miedo” a los mexicanos.

Más allá de mi sueño el cual días después me di cuenta estaba totalmente relacionado a una fecha próxima muy importante para mí, me doy cuenta que últimamente he estado expuesto desde muy diferentes perspectivas a los conceptos de miedo y temor: desde retratos de personajes “fantásticos” como los de la serie “Game of Thrones” cuyos gobernantes ejercen su poder a través del miedo, o bien escenarios del libro “Divergente” que muestra una sociedad en donde la aptitud de una persona es medida en su capacidad de superar su miedos, hasta el enfrentar en primera persona el profundo temor de todo lo que conlleva una situación delicada de salud en mi seno familiar. Ya sea una razón u otra, hoy me doy cuenta que esta emoción es una de las más presentes e intensas no sólo en mi vida sino en la de mis semejantes día con día.

Y tú, ¿Te has puesto pensar a qué le tienes miedo hoy? Cuando era pequeño recuerdo que mis miedos estaban claramente “identificados” y hasta seccionados: tenía miedo a las cucarachas y ratones, a hacer el ridículo en público, a las sombras que se hacían en mi cuarto con las lámparas e incluso a caerme de mi cama -cosa que fue sumamente común hasta mis 6 años-; sin embargo conforme fui creciendo reconozco que mis miedos dejaron de ser cuestiones “permanentes” y se convirtieron más bien en circunstancias por ejemplo: cuando jugaba partidos importantes de fútbol tenía miedo a cometer errores; cuando viajaba y me separaba de mi familia sentía temor de que “algo malo sucediera”, y más de una vez tuve miedo al rechazo de alguna de las chavas que me gustaban. En estos últimos 6 años de mi vida no obstante, recuerdo tan sólo dos o tres momentos de gran miedo y todos estaban relacionados con situaciones de salud en una ocasión de mi suegro, otra de mi hermano y otra de mi esposa. Recuerdo particularmente que a pocos meses de casarme, sentía con mucha constancia, un miedo intenso, irracional, casi esquizofrénico de que en cualquier momento nos podía suceder algún accidente que nos impidiera casarnos.

Desde mi experiencia existen entonces 3 razones básicas por las que tememos o ante las cuales experimentamos miedo: el encuentro con lo desconocido; el riesgo de perder algo preciado y la posibilidad de sufrir daño o dolor. Aunque las tres tienen una relación muy cercana y en ocasiones se presentan simultáneamente, su origen es distinto y sobre este punto es donde me voy a enfocar:

Miedo a lo desconocido: Según nuestra experiencia y todo lo que hemos vivido a lo largo de los años lo “nuevo” o “diferente” está consciente o inconscientemente asociado a sensaciones, sentimientos y resultados positivos o negativos. Si los cambios importantes que una persona ha sufrido a lo largo de su vida han sido para una mejora ya sea física, económica, emocional o intelectual, entonces seguramente esa persona tendrá menos miedo a lo desconocido que una persona cuyos cambios le han significado dolor, tristeza, frustración o complejidades. Hace un par de días mi esposa tuvo que sufrir una pequeña cirugía y sin duda alguna, el grado de temor que experimentamos ambos ante este procedimiento está totalmente vinculado a nuestras experiencias pasadas con cirugías, hospitales, doctores e incluso anécdotas de amigos que han sufrido este mismo padecimiento.

Miedo a perder algo preciado: de una forma u otra todos tenemos alguna posesión material, emocional o espiritual que valoramos ampliamente; si bien es cierto el refrán que dice “Sólo aquel que lo ha perdido todo no teme”, incluso la vida misma es lo último que perdemos y desde esa perspectiva, existen pocas cosas más temibles que el perder aquello que valoramos tanto ya sea nuestra casa, un título, un hermano, la libertad, el amor, un amigo, nuestra dignidad o la final de la Copa del Mundo. El temor a perder algo preciado radica entonces en dos factores, siendo el primero elemento nuestro objeto preciado en sí –a más aprecio mayor temor- y el segundo la conciencia que tengamos de su fragilidad. Si bien existen efímeras ocasiones en la vida -como el momento de mi boda- en donde encontramos estabilidad y visualizamos poco el riesgo en el horizonte, incluso en esos momentos la posibilidad de perder “ese” momentum puede convertirse en razón de angustia y sufrimiento.

Miedo al dolor: por más que parezca trillado, el miedo al sufrimiento es el más común y el más natural de nuestros miedos; aprendido desde pequeño y a prueba y error en base a caídas, fracturas, quemaduras, hambre y todo tipo de experiencias dolorosas como la muerte de un ser querido, la ruptura de una relación y su consecuente soledad, o bien un fracaso de cualquier tipo, el dolor en todas sus manifestaciones nos afecta y es prácticamente instintivo nuestro deseo de evadirlo ya sea bloqueándolo, huyéndole o simplemente aislándonos al máximo en medida de nuestras posibilidades.

Ahora bien y con todo este contexto es importante entonces aclarar ¿el miedo es malo, dañino, tóxico o inútil? Aunque habrá opiniones divididas al respecto de algunos puntos, creo firmemente que el impacto y consecuencia que tiene el miedo en nuestras vidas depende total y absolutamente del sentido que nosotros queramos darle al mismo. ¿Es mi miedo a perder mi trabajo malo? Sólo si por ese miedo empiezas a dudar de ti mismo y te permites bajar tu rendimiento; ¿Es mi miedo a perder un amor tóxico? Sólo si ese temor nubla tu visión y te paraliza. ¿Es mi miedo a una enfermedad nocivo? Sólo si realmente dejas que tu temor se adueñe de ti y te vuelve inútil, ineficiente, improductivo y finalmente, infeliz.

Uno de mis personajes favoritos de Cómics es Linterna Verde, un personaje cuya “fuerza” radica en un anillo de poder controlado por su voluntad y ante la cual, el “miedo” es su peor enemigo. Si bien no entraré en detalle de todo el mito que encierra este personaje y su construcción, creo que el punto más relevante y mi favorito del mismo es que para llegar a ser más poderoso este personaje vive durante muchos años la creencia de que ser valiente es no tener miedo, es decir la ausencia total del mismo hasta que, después de muchas y trágicas experiencias aprende que el ser valiente no está relacionado con la inexistencia del miedo, sino precisamente con nuestra capacidad de sobrellevarlo y dominarlo; es decir, no existe valentía si no existe en algún momento miedo pues, ¿qué mérito superar algo que nunca implicó el más mínimo reto?

Hace 2 días curiosamente viví un momento complicado ante este punto y fue precisamente después de la cirugía de mi esposa, cuando ante una situación inesperada empezó a sufrir mareos y prácticamente se desmayó en mis brazos; sin hacer tintes de tragedia o extremismo porque tampoco fue una situación descontrolada (finalmente estábamos en el cuarto del hospital y 5 enfermeras llegaron en menos de 30 segundos), definitivamente esos segundos tuve miedo, mucho miedo. Experimenté lo desconocido, en forma de dolor, y con el ser más valioso de mi mundo… sin embargo hoy que reflexiono sobre ese momento me doy cuenta que las acciones que tomé, más allá de ser dominadas por el temor fueron dominadas por el deseo intenso de sobreponerme a esa situación. Ya sea una cuestión intelectual o de adrenalina pura, nuestra reacción ante el miedo es decisión propia, y sólo en medida de que conozcamos de forma profunda los mismos y su origen, es que entenderemos y dominaremos mejor nuestra reacción y comportamiento ante los mismos.

Sin embargo y a manera de cierre creo que hay una lección mucho más importante y un fin último y más grande del miedo en nuestras vidas, y es que creo de corazón que su razón de existir no es realmente para retarnos a nuevos límites, o descubrirnos capaces y valientes, superiores como pudiera pensarse, sino para realmente el miedo existe en nuestras vidas para mostrarnos cuáles son las cosas y personas que más preciamos y valoramos en nuestra existencia. Si tienes miedo a perder algo, o cambiar tu situación habitual por algo desconocido o experimentar sufrimiento, ¡Felicidades! Tienes una oportunidad única de hacer consciencia y valorar TODO lo que tienes –salud, familia, bienes, amigos, espiritualidad, techo, comida, una mascota, un carro, etc…- y da sentido a tu vida. El miedo se vuelve entonces en un termómetro único que nos invita a invertir menos tiempo en el ¿qué pasaría si? O ¿qué hubiera pasado si? Y nos ubica en el presente, permitiéndonos aprender y reflexionar sobre qué reflejan estos escenarios mentales de nuestra vida, persona, sentimientos e intenciones y ¿por qué no? Convertir esa energía en actos de agradecimiento, disfrute y compartir de todo aquello que tenemos hoy, y que mañana ¿qué importa? Pasará.

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Cambia todo Cambia

Si has vivido lo suficiente en este mundo me darás la razón cuando afirmo que una de las pocas constantes innegables del mismo es que todo, sin excepción, cambia eventualmente. Como dijera Mercedes Sosa en su popular canción con la que nombro este blog, “Cambia lo superficial, cambia también lo profundo…” y es que prácticamente todas las dimensiones del mundo como la natural, social, tecnológica e ideológica sufren evoluciones constantemente.

El cambio en mi opinión se puede evaluar desde dos perspectivas: la externa es decir la dinámica del mundo y cómo se transforman las circunstancias de nuestro entorno, y la interna que refiere aquellos cambios que suceden dentro de nuestra persona ya sea en lo físico, emocional, espiritual, intelectual o integral. Si bien existen un sinfín de teorías que afirman que a través del cambio interno podemos determinar cambios externos directa o indirectamente, desde mi experiencia creo en definitiva que uno no puede controlar todo lo que sucede a su alrededor, sin embargo lo que sí podemos alterar es cómo concebimos el cambio y por tanto, el tipo de impacto que éste tiene en nuestra vida.

En lo particular nunca me había preguntado antes por qué el cambio no sólo NO me incomoda como a muchas personas sino por el contrario, me fascina y apasiona. Al estar viviendo hoy en día un proceso de cambio y decidir escribir en este blog, me propuse hacer un recorrido mental a lo largo de mi historia personal y revisitar los cambios clave que tuve en la misma para entender  mi forma de pensar y mi postura ante el cambio:

El primer cambio relevante en mi vida se dio a los 7 años cuando nació mi hermano; hasta ese momento en mi vida tenía una única y estupenda compañera de juegos, mi hermana, y vivíamos en una pequeña casa en Veracruz en donde los dos dormíamos en el mismo cuarto. Con el nacimiento de mi hermano no sólo vino el cambio en la estructura familiar sino también uno de residencia a una casa mucho más grande en la cual cada quien tenía su espacio, juguetes y actividades. La edad y el hecho de que mi hermana empezara a madurar mientras yo permanecía alegremente en mi infancia fue sin duda el detonador para que nuestra dinámica cambiara y me orientara a convivir cada vez más con mi nuevo y pequeño roomie. Si bien este cambio implicó convivir menos con mi mejor amiga de la infancia, recibir una atención diferente de mis padres así como también perder a manos de mi algo destructivo hermano la mitad de mis juguetes y revistas, el pasar de ser el hermano “menor” a ser uno “mayor” me permitió experimentar nuevas vivencias y aprendizajes como el ser más responsable, compartido, humilde y autoexigente, así como me brindó la dicha de tener ya no sólo uno sino dos mejores amigos, compañeros de juegos, cómplices y confidentes.

El segundo cambio y sin duda el más crítico y formativo en mi vida fue a mis 14 años cuando mis padres decidieron que ya no viviríamos más en Veracruz sino en Querétaro. Sin abundar en aspectos como el económico del que ya he hablado antes este cambio implicó un gran shock y dolor en mi vida no sólo porque fue una decisión inesperada de la cual nos enteramos hasta estar aquí en Querétaro “de vacaciones”, sino porque en ese momento y desde mi concepción puberta-pre adolescente, Veracruz no sólo representaba mis mejores amigos y amigas sino mi escuela, mi formación, mis experiencias, mis sueños, mi vida hasta ese entonces. El cambio sin duda no fue fácil y recuerdo como anécdota el llorar y reclamarle la decisión diariamente a mis padres durante toda la primer semana de clases, o bien no comer durante varios meses lo que había desayunado ese primer día que nos mudamos –un 26 de agosto de 1996- por el asco que ese recuerdo me generaba, sin embargo tengo que reconocer que una vez que acepté –o más bien me resigné- a esta decisión empecé gracias al apoyo de mi familia a encontrar muchas bondades y aprendizajes de este cambio: en primera descubrí que las verdaderas amistades son a prueba de distancia, aprendí que Veracruz y mi escuela de toda la vida no era lo único en este mundo para encontrar amigos, amigas y nuevas oportunidades, y –para mi sorpresa- me enrolé en un competitivo equipo deportivo de la escuela que a la larga sería clave para desarrollar mi pasión y mi “habilidad” en el fútbol soccer (de ahí la frase “Ganar no es lo más importante…”). A nivel personal no está de más afirmar que como familia y ante la adversidad, esta experiencia nos unió y nos permitió madurar en muchísimos aspectos.

Si bien a lo largo de los años he vivido muchos otros cambios relevantes como mi paso por la universidad y mi vida profesional, la pérdida de seres queridos, mis estudios de posgrado y por supuesto mi maravillosa vida de casado, debo reconocer que estas etapas al menos en perspectiva no fueron tan complejas o llenas de adversidades como las dos primeras mencionadas. La conclusión más relevante de esta revisión a mi historia es que cada cambio en mi vida me ha brindado grandes oportunidades de crecer y aprender. Siendo entonces que aún en las circunstancias más complicadas y desesperanzadoras el cambio ha representado algo positivo en mi vida, no es extraño por lo tanto que mi concepción del cambio sea sumamente positiva y por ello se detone mi apertura y entusiasmo ante el mismo.

Sin embargo me queda claro que no todos vivieron mi misma historia y por lo tanto es común encontrar en otras personas experiencias negativas relacionadas al cambio ya sea por las condiciones en que éste se dio o el efecto emocional que éste generó; ante el cambio externo entonces nuestra apertura y disposición a enfrentarlo no depende únicamente de una “actitud” o una “metodología para sobrellevar el cambio” sino también de cómo aprendimos y experimentamos una conexión emocional con el mismo. ¿Qué cambios relevantes has tenido en tu vida desde pequeño? ¿Cómo los viviste? No estoy descubriendo el hilo negro al afirmar que a la mayoría de la gente el cambio se le complica por sentimientos de aversión o incertidumbre y prueba de ello es que exista la Administración del Cambio como estudio, sin embargo creo que el analizar el cambio desde una perspectiva más amplia, es decir no del cambio al que me enfrento HOY sino del “concepto del cambio” que he formado gracias a mi historia puede resultar una herramienta que ofrezca nueva luz ante este tema.

Si bien entonces el cambio externo es en muchas ocasiones incontrolable e inesperado, nuestra responsabilidad y compromiso con nuestro crecimiento está en desarrollar una consciencia mayor y enriquecer nuestra experiencia y conocimiento con el aprendizaje de otros para re significar nuestro pasado y darnos la oportunidad de ver el cambio desde otra perspectiva. Finalmente el cambio nos guste o no, brinda una perspectiva más amplia del mundo pues nos empuja a vivir nuevas experiencias y nos reta a adaptarnos a éstas; nos sacude de nuestra área de confort y nos permite expandir nuestros límites al retarlos al máximo. Finalmente vale la pena hacer este esfuerzo pues lo único constante en esta vida es el cambio y como dijera también Mercedes Sosa, nunca estaremos acabados al 100% pues “lo que cambió ayer, tendrá que cambiar mañana”.

El poder de un sueño frustrado

Una de las capacidades más virtuosas y fantásticas del ser humano es la de soñar en un futuro mejor, una condición más próspera o un premio inédito aparentemente más allá de nuestro alcance. Ya sea un sueño personal como obtener un título académico y éxito profesional, o bien sueños de pareja como casarse, formar una familia y emprender un estilo de vida, o finalmente sueños humanitarios como erradicar la pobreza, el hambre o la discriminación en el mundo, los sueños representan una parte intrínseca de nuestra naturaleza humana e independientemente de nuestras condiciones e historia existe dentro de nosotros este potencial único y sumamente poderoso de crearlos.

Sin duda alguna podrás como yo recordar con gran claridad y júbilo el momento en el que uno de tus sueños se hizo realidad; existen muchos momentos memorables en la vida pero son realmente pocos aquellos en donde se conjugan satisfacción, orgullo, alegría y plenitud como cuando celebras tu matrimonio, te recibes profesionalmente, consigues una hazaña aparentemente imposible o nace tu primer hijo. Los sueños son entonces logros inigualables que nos brindan gran placer al conseguirlos y por lo mismo, los perseguimos hasta el cansancio ampliando nuestros límites y horizontes; hoy en día es común encontrarnos dentro de la popular corriente de pensamiento que promueve la búsqueda y lucha de nuestros sueños asimismo nuestra capacidad de transformar nuestra realidad a través de nuestros pensamientos (Creer es Crear, E-Square, etcétera) y es que ya desde hace varios años Paulo Coelho puso de moda la idea de que si realmente deseamos algo en cuerpo, espíritu y corazón, y enfocamos toda nuestra energía hacia su logro entonces seguramente el universo “conspirará” para que así suceda.

Sin afán de demeritar el potencial habilitador que tiene la psicología transpersonal y mucha de la literatura relacionada –tanto la sustentada como la romántica– en mi experiencia creo que es prudente y además necesario reconocer que NO todos nuestros sueños podremos hacerlos realidad, y el llevar la búsqueda de ellos a un extremo puede tornarse no sólo en un camino egoísta y caprichoso sino también puede resultar perjudicial para nosotros y nuestro entorno.

Incluso ahora que lo acabo de escribir me parece triste, derrotista y desmotivador el afirmar de forma tan contundente que existen sueños irrealizables y que por más que yo desee algo, luche con todo mi empeño y tenga al universo de aliado no lo conseguiré. La vida sin embargo está llena de ejemplos que si somos lo suficientemente receptivos podremos apreciar incluso más cerca de lo que creemos: matrimonios y familias separadas, carreras artísticas y deportivas interrumpidas, ideales profesionales aplazados por años y sin duda mucha hambre, odio, envidia y carencias en el mundo. En la experiencia personal del mismo modo, estoy seguro recordarás también sueños y objetivos que nunca lograste… podrás decir “al final no era lo que deseaba” o bien otros dirán “no lo perseguiste lo suficiente” y quizás ambos tengan razón, pero la realidad es que existe una probabilidad latente de que los sueños que tienes en este preciso momento nunca los logres. En lo personal en los últimos 2 años he podido vivir en carne propia que el desear algo con todo el corazón, enviando mensajes al mundo, encomendándome en todos los santos y preparándome de diversas formas y aspectos no es necesariamente suficiente para que un sueño en particular se logre, y a raíz de esta experiencia precisamente he desarrollado una teoría que me resulta interesante: ¿qué tal si la vida y la felicidad en sí no se trata realmente de alcanzar nuestros sueños?

Ante sueños finalmente frustrados a pesar de nuestra insistencia existe una nueva oportunidad de aprendizaje y crecimiento quizá incluso mayor que la que encierra el logro de los mismos y es el descubrir la vida misma y sus lecciones a través de nuestro andar hacia estos sueños. El sueño en sí no se convierte entonces en el fin como tal, sino en un motor que acciona nuestro paso y marca el camino hacia el cual en ese momento queremos –o necesitamos- andar. ¿No he logrado ninguno de mis sueños personales? Quizá sea momento de buscar sueños compartidos y a través de nuevos aliados y compañeros de vida soñar nuevamente; ¿he fracasado en el logro de una meta social o de pareja? Quizá sea necesario reflexionar cuál era mi necesidad por cubrir al perseguir ese sueño y evaluar si la puedo cubrir desde otro ámbito. El mensaje es que quizá es necesario fracasar en nuestros sueños para darnos cuenta del camino que hemos emprendido hacia lograrlos y entonces redefinir el rumbo no necesariamente hacia su búsqueda pues reconocemos que no está ahí la felicidad y el crecimiento, sino hacia una profunda exploración interna de lo que hemos descubierto de nosotros mismos en ese camino, cómo hemos evolucionado y en qué nos hemos fortalecido y descuidado, para entonces revalorarnos como personas y encontrar nuevo significado a nuestro andar. La mayor pérdida y a la vez la mayor oportunidad entonces de un sueño fracasado no es el no logro del sueño como nos han enseñado a concebir (logro de sueño = felicidad), sino la lección que el camino del “fracaso” hacia este sueño encierra.

Durante sus famosas conferencias de superación personal, Nick Vujicic afirma que la realidad “no puede ser obviada” poniendo de ejemplo que él sin tener extremidades no puede aspirar a ser un corredor, sin embargo denota que nuestro enfoque no debe ser en nuestras carencias sino en nuestras virtudes y posibilidades. Ante el “fracaso” aparente de mis sueños y ambiciones personales, debemos tener la fe y convicción de que nuestra vida y nuestro sentido de existencia responden a un plan más grande y amplio de lo que uno puede ver y, citándolo nuevamente, “quizá no podamos ver pero no quiere decir que no exista”.

Antes de finalizar quisiera ser claro y reafirmar que así como la fuerza de voluntad es una de nuestras virtudes y herramientas más poderosas como seres humanos, nuestra capacidad de soñar es fundamental en nuestra vida pues es la que detona nuestra energía interna hacia el movimiento constante y por tanto a nuestro desarrollo; la fe y convicción en nuestras creencias es siempre un bastión sólido en el cual soportar nuestro andar y ante los inevitables fracasos de nuestra vida, debemos tener la claridad de que los sueños son tan poderosos por la satisfacción que nos brindan en su logro, como por las lecciones y transformaciones internas de su búsqueda, así como por la visión esperanzadora y noble que despierta en nosotros ese deseo constante de vivir y luchar por una condición mejor. Como Neil Gaiman menciona en una de mis novelas gráficas favoritas The Sandman: “son los sueños los que dan forma al mundo”.