De cuando te vi por última vez

Existen en esta vida toda clase de despedidas y todos nosotros sin excepción hemos atravesado a lo largo de nuestra historia al menos varias de ellas, desde sencillos “hasta pronto” hasta dolorosos “nunca te olvidaré”. La vida es un constante cambio y recurrentemente nos invita –por las buenas y por las malas- a despedirnos de aquello que creíamos propio ya sea una ciudad o un trabajo, un estilo de vida y amistades, bienes materiales como nuestro carro, casa, etc. pero sin lugar a dudas, las despedidas más complicadas son aquellas en las que decimos adiós de una forma u otra a los seres que marcaron nuestra vida ya sean mascotas, compañeros, amigos, familiares o parejas.

Aun cuando generalmente tengo siempre previsto el tema que abordaré cada columna, en esta ocasión después de varios intentos fallidos y retrasos fue evidente para mí que ningún tema planeado funcionaría, pues algo no estaba bien conmigo. En desarrollo humano existen muchas corrientes que afirman que cuando tenemos sentimientos profundos sin expresar o bien asuntos inconclusos o no resueltos, estos cuestionamientos o sentimientos constantemente nos acechan consumiendo nuestra energía física y mental, desgastándonos y no permitiéndonos avanzar en nuestro desarrollo personal; después de un espacio de reflexión me di cuenta que eso era precisamente lo que sucedía conmigo a raíz de nuestra más reciente despedida.

Si bien las despedidas por definición implican separación o cierre, no necesariamente tienen connotaciones negativas cuando realmente podemos ver en ellas, oportunidades y aprendizajes que se abren a nuestros ojos, por ejemplo: unas de las despedidas más felices en mi vida fue el adiós a mi soltería, a mi vida estudiantil e incluso a mi primer carro, pues si bien había pérdidas en todos los casos era palpable para mí que las nuevas etapas o situaciones implicaban beneficios y mejorías, emocionantes oportunidades y retos. Sin embargo cuando hablamos de separarnos de personas únicas y significativas en nuestras vidas, ¿qué beneficios y oportunidades existen que compensen la tristeza o la amargura de no volverlas a ver? Ya sea una separación temporal o definitiva, geográfica o emocional, si es una pérdida derivada de un fallecimiento o es el fin de una relación afectiva, ¿qué pasa con los sentimientos generados por todas esas memorias y momentos compartidos en conjunto? ¿Cómo podemos aislar el desconsuelo esperando si acaso habrá, una próxima vez?

Es complicado para mí escribir con elocuencia y sobre todo de forma objetiva cuando hay tantos sentimientos involucrados en una despedida, y más cuando son personas esenciales en mi vida a las que digo “hasta pronto”; me imagino no soy el único y quizás dentro de tus recuerdos podrás ubicar la última vez que te despediste de una o muchas personas especiales, y es precisamente en ese recuerdo, en ese mar de dudas, lágrimas y pena, donde encuentro la paz ante esta situación y aprovecho para recopilar aquellas ideas que me dan fuerzas para alzar la cabeza y mirar adelante:

–          No hay peor despedida que la que no se da. Si bien todo tiene que llegar eventualmente a su fin, queramos o no, ciertamente aquellas palabras que más duelen son aquellas que nos guardamos para nunca decir; ¿Cuántas veces hemos callado un “te amo” “te extraño” “gracias” “perdón” por vergüenza, orgullo, o simplemente porque no quisiste decirlo? Es triste pero la vida da muchas vueltas y desafortunadamente no podemos saber si tendremos una nueva oportunidad para decir aquello que todavía no “estábamos listos” para decir. Dentro de la tristeza de una despedida, nada tranquiliza más como la paz de haber expresado lo que sientes y piensas sin dudas, prejuicios o temores, con el corazón abierto y mirando de frente. No olvidemos también que nunca es tarde para una primera vez.

 

–          Mantén la chispa del recuerdo. Las despedidas de los seres queridos son dolorosas pues implican que “por un tiempo” no podremos disfrutar de su compañía ni de la oportunidad de crear nuevas experiencias; sin embargo un buen remedio para reducir la tristeza y acelerar el tiempo es el recordar con alegría y enfocándonos en lo positivo, las experiencias y momentos únicos que pudimos compartir con ellos; dicen que recordar es volver a vivir, y sin duda alguna es posible mantener vivos a todos nuestros seres queridos honrando siempre los momentos y aprendizajes que pudimos compartir a su lado.

 

–          Dale sentido a tu dolor. Reconozco que existe desconocimiento en cuanto a la naturaleza de los sentimientos y emociones pues hay quienes todavía clasifican como “positivos” a la alegría y el amor, y “negativos” a la tristeza, el miedo y el enojo. Sin entrar a profundidad en este dilema me limitaré a precisar que todos, absolutamente todos nuestros sentimientos y emociones cumplen con una función positiva en nuestro desarrollo personal pues nos permiten, además de expresarnos, entender qué es importante o significativo para nosotros y también cómo nos comportamos en torno a ello. Si algo aprendí de la tristeza y amargura con la que me quedé después de nuestra última despedida, es que como dijo George Eliot “Sólo en la agonía de despedirnos somos capaces de comprender la profundidad de nuestro amor”, por lo mismo debemos aprender a valorar el tiempo que tenemos con nuestros seres queridos, no únicamente con aquellos a quienes vemos poco, sino también a los que tenemos diariamente a nuestro lado pues es sólo cuestión de tiempo para que, eventualmente, tengamos que decirles también adiós.

Me queda claro después de ya varias despedidas que al hablar de separaciones es imposible generalizar pues cada persona, experiencia y circunstancias son diferentes y únicas, y sólo quienes están involucrados pueden entender realmente la naturaleza del vínculo que se pierde o transforma; a veces cuando creemos estar más listos y preparados para despedirnos es cuando más frágiles resultamos, y es que cuando realmente amamos está en nuestra naturaleza resistirnos a la separación; sin embargo y en esta aventura llamada vida debemos hacernos valientemente de herramientas y soportes que nos permitan seguir adelante, manteniendo la fe y la esperanza de que la vida nos permitirá al menos una oportunidad más, de desagarrarnos aprendiendo a decirnos adiós.

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¿Dónde estabas cuando mataron a Colosio?

El día de ayer debo confesar fue para mí un domingo “más del montón”, un día que si bien estuvo tintado por la convivencia familiar de fin de semana y la pasión del partido Real Madrid vs Barcelona, no pasó a mi recuerdo como un día crucial, relevante, memorable o anecdótico. Hacía ya una semana que había decidido dedicar mi columna a este tema en específico y sin embargo, en mi mente no tenía claridad de 2 hechos y cuál sería mi sorpresa al hoy revisar ambos: el primero la fecha exacta en que asesinaron a Luis Donaldo Colosio (23 de marzo), y el segundo y más relevante que este año se conmemoraron 20 años de este acontecimiento.

El asesinato del candidato -y prácticamente ganador seguro- de la contienda por la presidencia de la República Mexicana es en mi opinión uno de los hechos más importantes en la vida política de nuestro país pero también un evento que trastornó a nuestra sociedad, nuestra forma de vivir y concebir a nuestros gobernantes y definió un nuevo rumbo a nuestra realidad. No es coincidencia que 6 años después de esta descarada mentira social y subsecuente elección, el Partido Revolucionario Institucional perdiera por primera vez en su historia una elección presidencial.

Sin afán de entrar en el ámbito político pues mi blog tiene un nombre al cual pienso hacerle honor, lo sorprendente desde mi opinión es que si bien para mí y para muchas nuevas generaciones el nombre “Colosio” se desvanece cada vez más de la memoria, la idea y el concepto por el que este hombre murió permanece arraigado en el ADN del mexicano. Por muchos años vivimos una opresión de la cual hicimos mutis y ya sea por miedo, conformismo o negación fuimos renuentes o incapaces para despertar de la misma, sin embargo este evento de singular magnitud lo cambió todo; el desafortunado destino de Colosio tuvo un propósito que trascendió más allá de ese hombre y en su muerte, irónicamente generó el impacto más importante de su vida y convirtió en legado aquellas palabras de su famoso discurso del 6 de marzo de 1994, donde 17 días antes de su muerte afirmó: “Veo un México con hambre y con sed de justicia. Un México de gente agraviada por las distorsiones que imponen a la ley quienes deberían de servirla. De mujeres y hombres afligidos por abuso de las autoridades o por la arrogancia de las oficinas gubernamentales.”

Hoy si bien reconozco que en nuestro país vivimos una realidad y dinámica completamente distinta a la de hace 20 años, los esfuerzos de los diferentes frentes sociales en búsqueda de la democracia si bien son en ocasiones dispersos, contrapuestos y poco inteligentes, tienen en común una aguerrida e intolerante constante búsqueda por la justicia y la transparencia de una forma que antes ningún partido ni grupo social demostraba. Si bien Colosio lleva más de 20 años muerto, el significado y sentido de su muerte vive en la revolución social y de ideas que tenemos en este país.

Y sin embargo Colosio en esta experiencia no es el único protagonista; a lo largo de la historia de la humanidad muchos personajes se han convertido en auténticos emblemas no sólo por sus ideas y su lucha en vida por defenderlas, sino precisamente también por morir en su causa. Desde John Lennon hasta John F Kennedy pasando -sin ningún orden particular- por Martin Luther King Jr., Mahatma Gandhi, Malcom X, Abraham Lincoln, Jesús de Nazareth y el emperador Julio César, la súbita y trágica muerte de estos individuos más allá de extinguir sus creencias y enseñanzas las avivaron exponencialmente y redimensionaron hacia un grado simbólico universal, un nivel mayor de trascendencia que fue más allá de su vida misma. Y es que entonces tal pareciese que la cita de una de las más famosas películas de Christopher Nolan no puede ser más acertada: “Un hombre puede ser destruido, o encerrado; pero si consigues ser algo más que un hombre, si te entregas a un ideal y nadie puede detenerte, te conviertes en algo muy diferente… una leyenda”.

¿Qué podemos aprender de estas experiencias? ¿Qué mensajes de estas vivencias podemos adoptar y aplicar en nuestra vida diaria? Si bien no me considero un experto en el tema, en lo personal identifico 3 aprendizajes claros de la vida y la filosofía de estas personas, que creo podemos adoptar como parte de nuestra búsqueda continua de transformación y desarrollo personal:

  1.        Hay ideales por los que vale la pena morir. ¿Alguna vez te has detenido a reflexionar cuáles son aquellos ideales y principios por los que realmente estarías dispuesto a morir? Más allá de que en un futuro tengamos o no la ocasión de demostrar nuestra valentía y compromiso hacia nuestros ideales como lo hizo Martin Luther King Jr. o Gandhi, el ejercicio de evaluar por qué valores o conceptos de mi vida estaría dispuesto a perderlo todo ha resultado sumamente interesante y revelador no sólo para evaluar mi comportamiento en situaciones extremas, sino a manera de brújula práctica y útil para medir mi vivencia de los mismos en el día a día.

 

  1.        El poder de un símbolo va más allá del plano individual. Muchas veces me pregunto si realmente la defensa y promoción de mis ideales es realmente una búsqueda individual o social, y con el paso del tiempo y analizando las vidas de estos individuos cada vez estoy más convencido de que existen en la sociedad una gran cantidad de movimientos y asociaciones que precisamente representan, dan sentido y dirección a los principios que busco defender. Más allá de tus propósitos estoy seguro que en el amplio repertorio de agrupaciones sociales existen ya partidos o afiliaciones políticas, movimientos religiosos o ambientalistas, comunidades de trabajo social, deportivo, cultural o bien organizaciones civiles que promuevan aquellos ideales con los que te identificas y con los cuales puedes contribuir. ¿Te has puesto a reflexionar de qué “símbolos” formas parte y cómo vives dentro de los mismos?

 

  1.        Mientras que las ideas son a prueba de balas, un hombre es destructible y corruptible. Haciendo a un lado nuestra experiencia y convicción, debemos recordar siempre que el reto mayor para trascender nuestra esencia humana estará en el plano individual pues es en este espacio carnal donde nuestra congruencia se pondrá a prueba ante la adversidad y todo tipo de tentaciones ya sea de poder, placer o bienes como a los que fueron sin duda sometidos personajes como John F. Kennedy o Jesús de Nazareth. Si es realmente nuestra intención dar a nuestras vidas una dimensión mayor, debemos estar alertas y desde la humildad estar siempre vigías y en constante preparación pues nunca sabremos cuándo llegará la ocasión de poner nuestros principios realmente a prueba.

Luis Donaldo Colosio así como muchos de los individuos previamente mencionados se convirtieron sin duda en legado de nuestra historia precisamente por demostrar que una persona y sus ideales pueden trascender más allá de la muerte y la represión; sin embargo no caigamos en el error de pensar de que el tipo de muerte que sufrieron fue la que dio sentido a su vida, sino entendamos que fue gracias al tipo de vida que decidieron vivir que su muerte cobró un significado único y especial. Y tú, ¿Con qué tipo de vida quieres ser recordado al morir?

La tolerancia de los farsantes

Hoy en día como sociedad es común encontrarnos con intolerancia de ideologías, gustos, estilos de vida y hasta de vestimenta distintos a los nuestros; independientemente de si la descalificación se da en una crítica pasiva o bien a través de grandes manifestaciones violentas y represivas, el repudio y la falta de respeto hacia aquello diferente a lo propio es un común denominador no sólo en escenarios de guerra y revuelta social, sino en los más cotidianos ambientes como nuestras escuelas, vecindarios y lugares de trabajo.

Más allá de las posibles causas de estos comportamientos –como lo pueden ser el miedo, la envidia, la ambición o la ignorancia-, irónicamente como sociedad existe desde mi perspectiva una conveniente selección de temas sobre los cuales es más o menos válido ser intolerante:

  • Somos poco tolerantes ante las ideas y prácticas que agreden el derecho de vida de los animales, pero muy tolerantes ante las ideas y prácticas que agreden el derecho de vida del hombre.
  • Somos muy intolerantes ante quienes defienden la castidad, pero muy tolerantes ante quienes defienden un estilo de vida sexual libre y disipado.
  • Somos muy tolerantes con quienes critican figuras como el matrimonio heterosexual, pero muy poco tolerantes con quienes critican figuras e instituciones como el matrimonio homosexual.

Del mismo modo en que selectivamente existen temas en los cuales nuestra crítica y postura social es muy subjetiva, existe también una clara discriminación de temas en los cuales preferimos enfocar nuestra opinión, esfuerzo y tiempo:

  • Discutimos y defendemos acaloradamente el estilo de vida vegano o carnívoro, pero poco nos involucramos con el hambre que se ve en las calles y estadística de nuestro país.
  • Somos muy ácidos y críticos para defender nuestro dinero de reformas económicas y hacendarias, pero dedicamos mucho menos esfuerzo en la defensa de minorías como los inmigrantes, la gente de la tercera edad y aquellos con alguna discapacidad.
  • Somos muy letrados y opinamos activamente en relación al bullying y otros riesgos que existen en el exterior y pueden afectar a nuestra familia, pero somos poco autocríticos en relación a la violencia intrafamiliar que lleva a México según INEGI, a la más alta tasa de suicidio en nuestra historia para niños de 10 a 19 años.

El punto más allá de declarar posturas ante ciertos temas y corrientes es reconocer que si bien toda argumentación construye a un avance en la libertad de expresión, respeto a minorías y evolución social, hemos desvirtuado y perdido el significado real de la tolerancia, así como hemos sido presa fácil de las distracciones mediáticas cuya agenda comercial está enfocada a promover estereotipos y vender modas de lo correcto e incorrecto, abandonando así un esfuerzo del intelecto por elevar nuestra consciencia y activar nuestra acción en temas críticos de desarrollo social.

Primero lo primero así que hablemos de lo que realmente significa la tolerancia en un sentido amplio y no sólo de respeto a las ideas diferentes a la nuestra; tolerancia en ningún momento significa estar todos de acuerdo o ser flexibles y aprobar toda forma de pensar y vivir por irracional que esta resulte; tolerancia por el contrario implica que a pesar de todas estas diferencias podamos valorarnos plenamente como personas y aceptar que existen razones para que cada quien decida y defienda sus creencias; sin embargo no por respetar tus razones, creencias, integridad y valía debo yo aceptar que tu ideología defina y determine las normas y reglas que rigen el mundo en el que vivo porque, si así fuera, ¿dónde queda entonces la tolerancia a MI forma de pensar? La tolerancia se vive entonces cuando esta libertad y respeto se da de forma mutua y ambas ideologías o posturas opuestas pueden aceptar libremente el derecho que refleja la frase de la famosa escritora Evelyn Beatrice Hall: “No estoy de acuerdo con lo que me dices, pero lucharé hasta el final para que puedas decirlo”.

Finalmente y continuando con la construcción de una tolerancia plena y libre de expresión, la tolerancia necesita valor no solamente para aceptar y respetar otras ideologías y personas, sino también para defender y promover inteligentemente las propias. Hoy en día concebimos únicamente la tolerancia como la aceptación a otras ideologías y desde nuestra inseguridad, temor al conflicto, falta de compromiso y apatía, no tomamos una acción firme y valerosa para argumentar y promover nuestras creencias; hoy se abre la oportunidad a que, independientemente de cuáles sean nuestros dogmas, reflexionemos sobre qué aspectos hemos elegido ser pasivos o activos y alcemos nuestra voz para defender nuestra visión del mundo de forma independiente y auténtica, haciendo a un lado el plano personal y emocional así como nuestras debilidades, envidias, egoísmos y temores. Si bien es en muchas ocasiones complicado romper las barreras de comunicación interpersonal, debemos ser congruentes con este compromiso social y cumplirlo de forma propositiva de modo que entablemos un diálogo enfocado en coincidencias y vertientes en común que permita realmente acercarnos los unos a los otros.

Ser tolerante implica también ser humildes y aceptar que nuestra visión del mundo no es ni completa ni mucho menos perfecta y por tanto, requiere de este diálogo e interacción para una sana y próspera convivencia. En su Diccionario Filosófico, Voltaire lo resumió perfectamente: “Todos estamos modelados de debilidades y de errores. Perdonémonos las necedades recíprocamente, (…) tenemos que tolerarnos mutuamente, porque somos débiles, inconsecuentes y sujetos a la mutabilidad y al error”

 

Si Sochi estuviera en Venezuela

Una de mis pasiones más grandes en la vida es el deporte en prácticamente todas sus modalidades; independientemente de si se trata de una competencia individual o de conjunto así como del tipo de habilidades que se requieran para ganar (destreza, fuerza, agilidad, etcétera) el ámbito del deporte en mi opinión brinda oportunidades únicas de admirar la grandeza del ser humano no sólo en términos de reto y superación personal sino también a nivel colectivo con muestras perfectas de humildad, solidaridad, empatía y compasión. A la fecha todavía me es difícil contener el nudo en la garganta al revivir la historia del velocista británico Derek Redmond cuando en Barcelona ’92 corrió la carrera más importante de su vida, y de la misma forma sigo admirando el profundo sentido de justicia del Coach de Noruega Justin Wadsworth cuando en los Juegos Olímpicos de Invierno de Turín 2006 “ayudó” al equipo Canadiense a quedar en segundo lugar y relegar a Noruega de una medalla olímpica. La realidad es que los Juegos Olímpicos y el mundo del deporte desde sus inicios cuentan con una gran biblioteca de momentos memorables, gestos y acciones que nos llenan de esperanza al demostrar la calidad del espíritu noble y bondadoso que puede existir en nosotros.

Y no obstante en otros ambientes de lucha y manifestación civil como el que se vive actualmente en Venezuela y Ucrania el contraste es grande y nos permite apreciar día a día muestras de represión, ofensa, provocación, invasión a todo tipo de libertad, descalificación, miedo y por supuesto, la más lamentable expresión del ser humano: la violencia y su última consecuencia la muerte. Si bien el problema raíz que detona las continuas manifestaciones civiles y conflictos entre los distintos bandos de cada país es distinto –uno de índole político y otro un poco más social y económico- la realidad es que uno puede encontrar muchas similitudes en estas desafortunadas realidades y uno de los que más llama mi atención es la presencia del egoísmo, la avaricia y la intolerancia de los líderes políticos al mando. Por supuesto toda moneda tiene dos caras y no es mi intención en este espacio obviar inocentemente que en ambos procesos de conflicto los dos bandos y fracciones–el gobierno y la oposición- tienen intereses profundos en una lucha insaciable por retener el poder; sin embargo lo que sí considero infame es que estos intereses se hayan alejado tanto del espíritu auténtico del poder en sí, es decir, la razón correcta por la cual gobernar.

No se necesita ser politólogo, sociólogo ni historiador para reconocer que el problema del ser humano en la política a lo largo de los tiempos no es realmente la discrepancia de los distintos modelos e ideologías para coordinar la sociedad y su economía, sino de nuestra fragilidad como seres humanos para 1) realmente entendernos y coordinarnos en vista de un bien común (las garantías humanas y el desarrollo social en un sentido amplio) y 2) no perder nuestra integridad ante las atracciones y trampas que encierra el poder. Tal pareciera que en nuestra vida somos todos atletas de un mismo deporte con la oportunidad única de practicarlo y disfrutarlo plenamente en un mismo lugar, y lejos de enfocarnos en aprovechar al máximo esta experiencia de existir y de convivir estamos desgastando todo nuestro tiempo en asegurarnos que nadie sea mejor que nosotros, perdiendo de vista que ganar no siempre es suficiente para ser felices, que en la vida cada quien tiene distintos puntos de partida y metas en función de sus posibilidades y que finalmente nuestra existencia social, política y humana debe estar en función del apoyo y la colaboración mutua para que cada quien encuentre su realización.

¿Cómo podemos aterrizar estas palabras a nuestra vida diaria y entonces buscar un cambio? ¿Por dónde empezar? México vive hoy en día una realidad en muchos matices similar a la de estos países en donde sociedad y partidos hemos abandonado los principios básicos de convivencia, respeto y tolerancia y perseguimos el poder por el poder, a costa de quien sea y desde una visión egoísta. Definitivamente cambiar el rumbo no es sencillo y menos contra corriente, sin embargo basta voltear y ver esa antorcha olímpica y todo lo que sucede alrededor de ella cada 4 años para reconocer que dentro de cada ser humano existe un potencial auténtico de grandeza y recuperar la confianza de que cada quien tiene la voluntad de hacer el cambio; desde mi punto de vista no hay mejor forma de guiar que a través del ejemplo por lo que recordando el espíritu olímpico podemos seguir los siguientes consejos:

  • Ver la superación y la competencia desde un enfoque personal. “Citius, Altius, Fortius” (latín de más rápido, más alto, más fuerte) fue lema que definió el barón Pierre de Coubertin para la justa olímpica; como personas debemos entender que la superación y competencia constante que plantean no está en función de los demás sino con uno mismo para nuestro conocimiento amplio y la expansión de nuestros límites más que la invasión del de los demás.
  • Honestidad y justicia, vivir el “Fair Play”. Nadie aprueba, valora o reconoce a un atleta que hace trampa, su victoria no tiene mérito y su imagen no tiene credibilidad. ¿Por qué en el deporte acusamos y reprochamos las trampas y en la vida diaria las permitimos y hacemos? En el deporte las reglas son claras y en nuestra sociedad también y sin embargo en muchas ocasiones hacemos uso de estrategias poco justas para obtener nuestro beneficio, y no somos equitativos con los demás no únicamente en acciones sino también en juicios; si queremos promover un cambio social debemos empezar por el respeto de las leyes que nos rigen, por más pequeñas que sean o ridículas que nos parezcan.
  • Llegar todos a la meta. Así como en del deporte existen condiciones económicas, deportivas, estructurales, sociales e incluso fisiológicas que determinan las posibilidades de ciertos atletas o países en búsqueda del triunfo, en la vida es claro que todos de la misma forma tenemos distintas posibilidades. La desigualdad social, la manifestación civil, la opresión y la lucha entre humanos surge cuando existen personas que no respetan los 2 principios anteriores, y sin embargo pocas veces nos preocupamos realmente por resolver estos temas hasta que somos directamente afectados, olvidando que día a día muchos millones de personas viven más que una batalla por competir, por sobrevivir. El sentido humano de convivencia y solidaridad que se vive en el deporte debe ser modelo y ejemplo de inspiración para que busquemos continuamente apoyar a aquellos con condiciones más complicadas a las nuestras, recordando que por sobre todas las cosas, todos estamos llamados a vivir de una forma digna.

Cuando los juegos olímpicos iniciaron en Grecia hace más de 2800 años tenían muchas particularidades distintas a la actualidad como el hecho de que tenían menos eventos, se celebraban siempre en Grecia y sólo hombres que además hablaran griego podían participar. Varias de estas condiciones sin lugar a dudas excluyentes contrastaban con una regla fundamental a la cual se le llamaba Tregua Olímpica y que dictaba que mientras se celebraban los Juegos, todos los conflictos y hostilidades entre las ciudades que participaban se posponían hasta la terminación de los mismos. El día de hoy esta regla tristemente ya no es vigente, sin embargo vale la pena reflexionar si como personas necesitamos realmente un acuerdo escrito o una declaración oficial para hacer cambios en nuestra vida, retomar principios de justicia y convivencia social, o hacer una tregua eterna con nuestros enemigos y detractores.

Cambia todo Cambia

Si has vivido lo suficiente en este mundo me darás la razón cuando afirmo que una de las pocas constantes innegables del mismo es que todo, sin excepción, cambia eventualmente. Como dijera Mercedes Sosa en su popular canción con la que nombro este blog, “Cambia lo superficial, cambia también lo profundo…” y es que prácticamente todas las dimensiones del mundo como la natural, social, tecnológica e ideológica sufren evoluciones constantemente.

El cambio en mi opinión se puede evaluar desde dos perspectivas: la externa es decir la dinámica del mundo y cómo se transforman las circunstancias de nuestro entorno, y la interna que refiere aquellos cambios que suceden dentro de nuestra persona ya sea en lo físico, emocional, espiritual, intelectual o integral. Si bien existen un sinfín de teorías que afirman que a través del cambio interno podemos determinar cambios externos directa o indirectamente, desde mi experiencia creo en definitiva que uno no puede controlar todo lo que sucede a su alrededor, sin embargo lo que sí podemos alterar es cómo concebimos el cambio y por tanto, el tipo de impacto que éste tiene en nuestra vida.

En lo particular nunca me había preguntado antes por qué el cambio no sólo NO me incomoda como a muchas personas sino por el contrario, me fascina y apasiona. Al estar viviendo hoy en día un proceso de cambio y decidir escribir en este blog, me propuse hacer un recorrido mental a lo largo de mi historia personal y revisitar los cambios clave que tuve en la misma para entender  mi forma de pensar y mi postura ante el cambio:

El primer cambio relevante en mi vida se dio a los 7 años cuando nació mi hermano; hasta ese momento en mi vida tenía una única y estupenda compañera de juegos, mi hermana, y vivíamos en una pequeña casa en Veracruz en donde los dos dormíamos en el mismo cuarto. Con el nacimiento de mi hermano no sólo vino el cambio en la estructura familiar sino también uno de residencia a una casa mucho más grande en la cual cada quien tenía su espacio, juguetes y actividades. La edad y el hecho de que mi hermana empezara a madurar mientras yo permanecía alegremente en mi infancia fue sin duda el detonador para que nuestra dinámica cambiara y me orientara a convivir cada vez más con mi nuevo y pequeño roomie. Si bien este cambio implicó convivir menos con mi mejor amiga de la infancia, recibir una atención diferente de mis padres así como también perder a manos de mi algo destructivo hermano la mitad de mis juguetes y revistas, el pasar de ser el hermano “menor” a ser uno “mayor” me permitió experimentar nuevas vivencias y aprendizajes como el ser más responsable, compartido, humilde y autoexigente, así como me brindó la dicha de tener ya no sólo uno sino dos mejores amigos, compañeros de juegos, cómplices y confidentes.

El segundo cambio y sin duda el más crítico y formativo en mi vida fue a mis 14 años cuando mis padres decidieron que ya no viviríamos más en Veracruz sino en Querétaro. Sin abundar en aspectos como el económico del que ya he hablado antes este cambio implicó un gran shock y dolor en mi vida no sólo porque fue una decisión inesperada de la cual nos enteramos hasta estar aquí en Querétaro “de vacaciones”, sino porque en ese momento y desde mi concepción puberta-pre adolescente, Veracruz no sólo representaba mis mejores amigos y amigas sino mi escuela, mi formación, mis experiencias, mis sueños, mi vida hasta ese entonces. El cambio sin duda no fue fácil y recuerdo como anécdota el llorar y reclamarle la decisión diariamente a mis padres durante toda la primer semana de clases, o bien no comer durante varios meses lo que había desayunado ese primer día que nos mudamos –un 26 de agosto de 1996- por el asco que ese recuerdo me generaba, sin embargo tengo que reconocer que una vez que acepté –o más bien me resigné- a esta decisión empecé gracias al apoyo de mi familia a encontrar muchas bondades y aprendizajes de este cambio: en primera descubrí que las verdaderas amistades son a prueba de distancia, aprendí que Veracruz y mi escuela de toda la vida no era lo único en este mundo para encontrar amigos, amigas y nuevas oportunidades, y –para mi sorpresa- me enrolé en un competitivo equipo deportivo de la escuela que a la larga sería clave para desarrollar mi pasión y mi “habilidad” en el fútbol soccer (de ahí la frase “Ganar no es lo más importante…”). A nivel personal no está de más afirmar que como familia y ante la adversidad, esta experiencia nos unió y nos permitió madurar en muchísimos aspectos.

Si bien a lo largo de los años he vivido muchos otros cambios relevantes como mi paso por la universidad y mi vida profesional, la pérdida de seres queridos, mis estudios de posgrado y por supuesto mi maravillosa vida de casado, debo reconocer que estas etapas al menos en perspectiva no fueron tan complejas o llenas de adversidades como las dos primeras mencionadas. La conclusión más relevante de esta revisión a mi historia es que cada cambio en mi vida me ha brindado grandes oportunidades de crecer y aprender. Siendo entonces que aún en las circunstancias más complicadas y desesperanzadoras el cambio ha representado algo positivo en mi vida, no es extraño por lo tanto que mi concepción del cambio sea sumamente positiva y por ello se detone mi apertura y entusiasmo ante el mismo.

Sin embargo me queda claro que no todos vivieron mi misma historia y por lo tanto es común encontrar en otras personas experiencias negativas relacionadas al cambio ya sea por las condiciones en que éste se dio o el efecto emocional que éste generó; ante el cambio externo entonces nuestra apertura y disposición a enfrentarlo no depende únicamente de una “actitud” o una “metodología para sobrellevar el cambio” sino también de cómo aprendimos y experimentamos una conexión emocional con el mismo. ¿Qué cambios relevantes has tenido en tu vida desde pequeño? ¿Cómo los viviste? No estoy descubriendo el hilo negro al afirmar que a la mayoría de la gente el cambio se le complica por sentimientos de aversión o incertidumbre y prueba de ello es que exista la Administración del Cambio como estudio, sin embargo creo que el analizar el cambio desde una perspectiva más amplia, es decir no del cambio al que me enfrento HOY sino del “concepto del cambio” que he formado gracias a mi historia puede resultar una herramienta que ofrezca nueva luz ante este tema.

Si bien entonces el cambio externo es en muchas ocasiones incontrolable e inesperado, nuestra responsabilidad y compromiso con nuestro crecimiento está en desarrollar una consciencia mayor y enriquecer nuestra experiencia y conocimiento con el aprendizaje de otros para re significar nuestro pasado y darnos la oportunidad de ver el cambio desde otra perspectiva. Finalmente el cambio nos guste o no, brinda una perspectiva más amplia del mundo pues nos empuja a vivir nuevas experiencias y nos reta a adaptarnos a éstas; nos sacude de nuestra área de confort y nos permite expandir nuestros límites al retarlos al máximo. Finalmente vale la pena hacer este esfuerzo pues lo único constante en esta vida es el cambio y como dijera también Mercedes Sosa, nunca estaremos acabados al 100% pues “lo que cambió ayer, tendrá que cambiar mañana”.

Sencillito y Carismático

Hace poco más de una semana y en medio de controversia y todo tipo de especulaciones, se entregó en Europa uno de los más grandes premios del deporte al “mejor futbolista del año”, siendo el ganador del Ballon D’Or en esta ocasión el jugador del Real Madrid Cristiano Ronaldo. Días antes de recibir este reconocimiento al ser entrevistado por el diario Marca, el portugués afirmó: “¿Si merezco ganarlo? Quizás sí, como el año pasado o como hace dos años. Creo que merezco ganar el Balón de Oro todos los años”.

En la vida así como en del deporte, no existe victoria ni derrota eterna pues tan sólo un par de años atrás, dicho reconocimiento le fue entregado a su más acérrimo rival, el también astro futbolístico Leonel Messi quien horas antes de recibirlo, afirmó: “Me gustaría que el premio lo ganara alguno de mis compañeros del Barcelona Xavi o Iniesta; por sus logros con su selección lo tienen bien merecido”.

Más allá de las incesantes y apasionadas comparaciones que han existido y existirán entre estos jugadores y muchos otros rivales deportivos, el tema que me resulta interesante a analizar no es quien de estos dos astros ha resultado el más talentoso o exitoso -pues ambos han obtenido grandes logros y también fracasos-, sino la actitud que ambos demuestran ante la derrota y sobre todo, ante la victoria.

Si bien gran cantidad de gente afirma que es a través de las derrotas que uno obtiene mayores aprendizajes, creo que en muchas ocasiones menospreciamos las virtudes y también las exigencias que implica el éxito y sobre todo, vivirlo de forma noble y provechosa. Aun cuando desde pequeños somos invitados a aceptar y comportarnos en la derrota a través de frases como “hay que saber perder”, creo que hoy en día como humanos debemos ir a un nivel mayor de reflexión y aprender también a saber ganar pues como bien dijera Jacinto Benavente, “en la derrota puedes conocer al soldado, pero sólo en la victoria conocerás al caballero”.

La humildad es una de las virtudes o cualidades más reconocidas y valoradas en el ser humano desde todos los tiempos y aunque muchas veces es malamente concebida como la humillación y el desprestigio propio en comparación con los demás, realmente se trata de reconocer la valía única e individual que cada individuo posee. Ya sea que la veamos desde una perspectiva cultural, social o incluso religiosa, esta virtud es apreciada comúnmente y es identificada por distintas doctrinas por algunos comportamientos modelo como los siguientes:

  • Un equilibrio personal y una relación de paz con mi entorno
  • La ausencia de ansiedad por ser reconocido por los demás
  • El reconocimiento de mis limitaciones y talentos
  • El reconocimiento de mis alcances, las autoridades y fuerzas superiores a mi
  • El camino de luz a través del servicio a los demás
  • La reducción del pensamiento egoísta o centrado únicamente en la persona
  • El reconocimiento de las bondades de mi prójimo
  • El abandono a la envidia por otras realidades

 

¿Qué tanto vivimos estos comportamientos dentro de nuestras vidas? ¿Cuándo nos resulta más fácil ser humildes? ¿En qué momentos de la vida hemos demostrado soberbia? Recuerdo cuando era pequeño ir descubriendo aspectos de mi persona en los que tenía “facilidad” o un “talento” natural como por ejemplo las matemáticas, sin embargo, también aspectos en los que tenía serias dificultades como el arte, el deporte y hacer amistades. La vida es un continuo flujo de aprendizaje, retos, logros y fracasos y estos ciclos nos permiten descubrir tanto nuestras virtudes como nuestras oportunidades; si bien existen filósofos que afirman que el orgullo y la arrogancia son necesarios en este proceso de formación para motivar nuestra preparación y dar paso a la aceptación personal, debemos reconocer que con el paso del tiempo una vez conformados como adultos debemos tener la madurez de delimitar claramente nuestras virtudes y defectos sin sentirnos superiores a nadie. En mi experiencia el orgullo propio puede resultar poderoso para consolidar nuestra autoestima y ayudarnos a superar momentos difíciles, sin embargo la línea entre reconocerte “hábil” en ciertos aspectos y sentirte “superior” por ello es en extremo delgada y tentadora.

Sócrates afirma que “el orgullo divide al hombre, mientras que la humildad los une”. Hoy en día es común observar todo tipo de modelos sociales, culturales y artísticos en los cuales el narcisismo y el orgullo exceden ese balance entre tener confianza y ser soberbio; si bien ante nuestra dinámica actual es notorio que ser humilde no siempre vende, debemos ser más críticos y honestos para reflexionar en cuáles son las verdaderas implicaciones de comportarnos de forma humilde o soberbia tanto a nivel personal como a nivel social. Si bien existen personas que pueden obtener muchos logros, posesiones y atributos por su talento, la incongruencia con un modelo noble y apegado a la humildad hace que esas personas lejos de ganar admiración y respeto lo pierdan pues finalmente, la humildad en sí no es únicamente una virtud romántica sino por el contrario, reditúa en lo personal y en lo relacional: Una persona humilde es más auténtica y transparente que quien no lo es, y ¿cómo no va a ser esto posible? Si está más en contacto con su realidad y en consciencia de sus imperfecciones. Una persona humilde tiene mayores oportunidades de crecimiento y aprendizaje, pues está abierta a la posibilidad de que su conocimiento y su percepción del mundo no están completos, y necesita una mejora continua. Una persona humilde es más agradable socialmente y empatiza más fácilmente con otras personas, pues reconoce que independientemente de su realidad existe la posibilidad de encontrarse en situaciones adversas en un futuro. Una persona humilde vive con mayor satisfacción y agradecimiento, pues no olvida de dónde viene y quién la ha ayudado a construir la persona que es.

Jesús de Nazareth afirmó “Aquellos que se humillen serán enaltecidos, y aquellos que se enaltezcan serán humillados”; ante el continuo devenir llamado vida en el que nos encontramos, es importante que como seres humanos no perdamos el foco en identificar no sólo en qué dedicamos nuestros esfuerzos y qué queremos lograr a lo largo de nuestras vidas, sino reflexionar en qué conductas y con qué actitud enfrentamos la vida. El camino de la humildad, la sobriedad y la sencillez es sin duda menos atractivo que su contraparte, sin embargo es un modelo más congruente y auténtico a través del cual podremos no sólo estar mejor preparados para enfrentar y aceptar las adversidades, sino también vivir de una forma más feliz y en armonía con nuestras posibilidades y por supuesto, también nuestros logros.