Si Sochi estuviera en Venezuela

Una de mis pasiones más grandes en la vida es el deporte en prácticamente todas sus modalidades; independientemente de si se trata de una competencia individual o de conjunto así como del tipo de habilidades que se requieran para ganar (destreza, fuerza, agilidad, etcétera) el ámbito del deporte en mi opinión brinda oportunidades únicas de admirar la grandeza del ser humano no sólo en términos de reto y superación personal sino también a nivel colectivo con muestras perfectas de humildad, solidaridad, empatía y compasión. A la fecha todavía me es difícil contener el nudo en la garganta al revivir la historia del velocista británico Derek Redmond cuando en Barcelona ’92 corrió la carrera más importante de su vida, y de la misma forma sigo admirando el profundo sentido de justicia del Coach de Noruega Justin Wadsworth cuando en los Juegos Olímpicos de Invierno de Turín 2006 “ayudó” al equipo Canadiense a quedar en segundo lugar y relegar a Noruega de una medalla olímpica. La realidad es que los Juegos Olímpicos y el mundo del deporte desde sus inicios cuentan con una gran biblioteca de momentos memorables, gestos y acciones que nos llenan de esperanza al demostrar la calidad del espíritu noble y bondadoso que puede existir en nosotros.

Y no obstante en otros ambientes de lucha y manifestación civil como el que se vive actualmente en Venezuela y Ucrania el contraste es grande y nos permite apreciar día a día muestras de represión, ofensa, provocación, invasión a todo tipo de libertad, descalificación, miedo y por supuesto, la más lamentable expresión del ser humano: la violencia y su última consecuencia la muerte. Si bien el problema raíz que detona las continuas manifestaciones civiles y conflictos entre los distintos bandos de cada país es distinto –uno de índole político y otro un poco más social y económico- la realidad es que uno puede encontrar muchas similitudes en estas desafortunadas realidades y uno de los que más llama mi atención es la presencia del egoísmo, la avaricia y la intolerancia de los líderes políticos al mando. Por supuesto toda moneda tiene dos caras y no es mi intención en este espacio obviar inocentemente que en ambos procesos de conflicto los dos bandos y fracciones–el gobierno y la oposición- tienen intereses profundos en una lucha insaciable por retener el poder; sin embargo lo que sí considero infame es que estos intereses se hayan alejado tanto del espíritu auténtico del poder en sí, es decir, la razón correcta por la cual gobernar.

No se necesita ser politólogo, sociólogo ni historiador para reconocer que el problema del ser humano en la política a lo largo de los tiempos no es realmente la discrepancia de los distintos modelos e ideologías para coordinar la sociedad y su economía, sino de nuestra fragilidad como seres humanos para 1) realmente entendernos y coordinarnos en vista de un bien común (las garantías humanas y el desarrollo social en un sentido amplio) y 2) no perder nuestra integridad ante las atracciones y trampas que encierra el poder. Tal pareciera que en nuestra vida somos todos atletas de un mismo deporte con la oportunidad única de practicarlo y disfrutarlo plenamente en un mismo lugar, y lejos de enfocarnos en aprovechar al máximo esta experiencia de existir y de convivir estamos desgastando todo nuestro tiempo en asegurarnos que nadie sea mejor que nosotros, perdiendo de vista que ganar no siempre es suficiente para ser felices, que en la vida cada quien tiene distintos puntos de partida y metas en función de sus posibilidades y que finalmente nuestra existencia social, política y humana debe estar en función del apoyo y la colaboración mutua para que cada quien encuentre su realización.

¿Cómo podemos aterrizar estas palabras a nuestra vida diaria y entonces buscar un cambio? ¿Por dónde empezar? México vive hoy en día una realidad en muchos matices similar a la de estos países en donde sociedad y partidos hemos abandonado los principios básicos de convivencia, respeto y tolerancia y perseguimos el poder por el poder, a costa de quien sea y desde una visión egoísta. Definitivamente cambiar el rumbo no es sencillo y menos contra corriente, sin embargo basta voltear y ver esa antorcha olímpica y todo lo que sucede alrededor de ella cada 4 años para reconocer que dentro de cada ser humano existe un potencial auténtico de grandeza y recuperar la confianza de que cada quien tiene la voluntad de hacer el cambio; desde mi punto de vista no hay mejor forma de guiar que a través del ejemplo por lo que recordando el espíritu olímpico podemos seguir los siguientes consejos:

  • Ver la superación y la competencia desde un enfoque personal. “Citius, Altius, Fortius” (latín de más rápido, más alto, más fuerte) fue lema que definió el barón Pierre de Coubertin para la justa olímpica; como personas debemos entender que la superación y competencia constante que plantean no está en función de los demás sino con uno mismo para nuestro conocimiento amplio y la expansión de nuestros límites más que la invasión del de los demás.
  • Honestidad y justicia, vivir el “Fair Play”. Nadie aprueba, valora o reconoce a un atleta que hace trampa, su victoria no tiene mérito y su imagen no tiene credibilidad. ¿Por qué en el deporte acusamos y reprochamos las trampas y en la vida diaria las permitimos y hacemos? En el deporte las reglas son claras y en nuestra sociedad también y sin embargo en muchas ocasiones hacemos uso de estrategias poco justas para obtener nuestro beneficio, y no somos equitativos con los demás no únicamente en acciones sino también en juicios; si queremos promover un cambio social debemos empezar por el respeto de las leyes que nos rigen, por más pequeñas que sean o ridículas que nos parezcan.
  • Llegar todos a la meta. Así como en del deporte existen condiciones económicas, deportivas, estructurales, sociales e incluso fisiológicas que determinan las posibilidades de ciertos atletas o países en búsqueda del triunfo, en la vida es claro que todos de la misma forma tenemos distintas posibilidades. La desigualdad social, la manifestación civil, la opresión y la lucha entre humanos surge cuando existen personas que no respetan los 2 principios anteriores, y sin embargo pocas veces nos preocupamos realmente por resolver estos temas hasta que somos directamente afectados, olvidando que día a día muchos millones de personas viven más que una batalla por competir, por sobrevivir. El sentido humano de convivencia y solidaridad que se vive en el deporte debe ser modelo y ejemplo de inspiración para que busquemos continuamente apoyar a aquellos con condiciones más complicadas a las nuestras, recordando que por sobre todas las cosas, todos estamos llamados a vivir de una forma digna.

Cuando los juegos olímpicos iniciaron en Grecia hace más de 2800 años tenían muchas particularidades distintas a la actualidad como el hecho de que tenían menos eventos, se celebraban siempre en Grecia y sólo hombres que además hablaran griego podían participar. Varias de estas condiciones sin lugar a dudas excluyentes contrastaban con una regla fundamental a la cual se le llamaba Tregua Olímpica y que dictaba que mientras se celebraban los Juegos, todos los conflictos y hostilidades entre las ciudades que participaban se posponían hasta la terminación de los mismos. El día de hoy esta regla tristemente ya no es vigente, sin embargo vale la pena reflexionar si como personas necesitamos realmente un acuerdo escrito o una declaración oficial para hacer cambios en nuestra vida, retomar principios de justicia y convivencia social, o hacer una tregua eterna con nuestros enemigos y detractores.

Cambia todo Cambia

Si has vivido lo suficiente en este mundo me darás la razón cuando afirmo que una de las pocas constantes innegables del mismo es que todo, sin excepción, cambia eventualmente. Como dijera Mercedes Sosa en su popular canción con la que nombro este blog, “Cambia lo superficial, cambia también lo profundo…” y es que prácticamente todas las dimensiones del mundo como la natural, social, tecnológica e ideológica sufren evoluciones constantemente.

El cambio en mi opinión se puede evaluar desde dos perspectivas: la externa es decir la dinámica del mundo y cómo se transforman las circunstancias de nuestro entorno, y la interna que refiere aquellos cambios que suceden dentro de nuestra persona ya sea en lo físico, emocional, espiritual, intelectual o integral. Si bien existen un sinfín de teorías que afirman que a través del cambio interno podemos determinar cambios externos directa o indirectamente, desde mi experiencia creo en definitiva que uno no puede controlar todo lo que sucede a su alrededor, sin embargo lo que sí podemos alterar es cómo concebimos el cambio y por tanto, el tipo de impacto que éste tiene en nuestra vida.

En lo particular nunca me había preguntado antes por qué el cambio no sólo NO me incomoda como a muchas personas sino por el contrario, me fascina y apasiona. Al estar viviendo hoy en día un proceso de cambio y decidir escribir en este blog, me propuse hacer un recorrido mental a lo largo de mi historia personal y revisitar los cambios clave que tuve en la misma para entender  mi forma de pensar y mi postura ante el cambio:

El primer cambio relevante en mi vida se dio a los 7 años cuando nació mi hermano; hasta ese momento en mi vida tenía una única y estupenda compañera de juegos, mi hermana, y vivíamos en una pequeña casa en Veracruz en donde los dos dormíamos en el mismo cuarto. Con el nacimiento de mi hermano no sólo vino el cambio en la estructura familiar sino también uno de residencia a una casa mucho más grande en la cual cada quien tenía su espacio, juguetes y actividades. La edad y el hecho de que mi hermana empezara a madurar mientras yo permanecía alegremente en mi infancia fue sin duda el detonador para que nuestra dinámica cambiara y me orientara a convivir cada vez más con mi nuevo y pequeño roomie. Si bien este cambio implicó convivir menos con mi mejor amiga de la infancia, recibir una atención diferente de mis padres así como también perder a manos de mi algo destructivo hermano la mitad de mis juguetes y revistas, el pasar de ser el hermano “menor” a ser uno “mayor” me permitió experimentar nuevas vivencias y aprendizajes como el ser más responsable, compartido, humilde y autoexigente, así como me brindó la dicha de tener ya no sólo uno sino dos mejores amigos, compañeros de juegos, cómplices y confidentes.

El segundo cambio y sin duda el más crítico y formativo en mi vida fue a mis 14 años cuando mis padres decidieron que ya no viviríamos más en Veracruz sino en Querétaro. Sin abundar en aspectos como el económico del que ya he hablado antes este cambio implicó un gran shock y dolor en mi vida no sólo porque fue una decisión inesperada de la cual nos enteramos hasta estar aquí en Querétaro “de vacaciones”, sino porque en ese momento y desde mi concepción puberta-pre adolescente, Veracruz no sólo representaba mis mejores amigos y amigas sino mi escuela, mi formación, mis experiencias, mis sueños, mi vida hasta ese entonces. El cambio sin duda no fue fácil y recuerdo como anécdota el llorar y reclamarle la decisión diariamente a mis padres durante toda la primer semana de clases, o bien no comer durante varios meses lo que había desayunado ese primer día que nos mudamos –un 26 de agosto de 1996- por el asco que ese recuerdo me generaba, sin embargo tengo que reconocer que una vez que acepté –o más bien me resigné- a esta decisión empecé gracias al apoyo de mi familia a encontrar muchas bondades y aprendizajes de este cambio: en primera descubrí que las verdaderas amistades son a prueba de distancia, aprendí que Veracruz y mi escuela de toda la vida no era lo único en este mundo para encontrar amigos, amigas y nuevas oportunidades, y –para mi sorpresa- me enrolé en un competitivo equipo deportivo de la escuela que a la larga sería clave para desarrollar mi pasión y mi “habilidad” en el fútbol soccer (de ahí la frase “Ganar no es lo más importante…”). A nivel personal no está de más afirmar que como familia y ante la adversidad, esta experiencia nos unió y nos permitió madurar en muchísimos aspectos.

Si bien a lo largo de los años he vivido muchos otros cambios relevantes como mi paso por la universidad y mi vida profesional, la pérdida de seres queridos, mis estudios de posgrado y por supuesto mi maravillosa vida de casado, debo reconocer que estas etapas al menos en perspectiva no fueron tan complejas o llenas de adversidades como las dos primeras mencionadas. La conclusión más relevante de esta revisión a mi historia es que cada cambio en mi vida me ha brindado grandes oportunidades de crecer y aprender. Siendo entonces que aún en las circunstancias más complicadas y desesperanzadoras el cambio ha representado algo positivo en mi vida, no es extraño por lo tanto que mi concepción del cambio sea sumamente positiva y por ello se detone mi apertura y entusiasmo ante el mismo.

Sin embargo me queda claro que no todos vivieron mi misma historia y por lo tanto es común encontrar en otras personas experiencias negativas relacionadas al cambio ya sea por las condiciones en que éste se dio o el efecto emocional que éste generó; ante el cambio externo entonces nuestra apertura y disposición a enfrentarlo no depende únicamente de una “actitud” o una “metodología para sobrellevar el cambio” sino también de cómo aprendimos y experimentamos una conexión emocional con el mismo. ¿Qué cambios relevantes has tenido en tu vida desde pequeño? ¿Cómo los viviste? No estoy descubriendo el hilo negro al afirmar que a la mayoría de la gente el cambio se le complica por sentimientos de aversión o incertidumbre y prueba de ello es que exista la Administración del Cambio como estudio, sin embargo creo que el analizar el cambio desde una perspectiva más amplia, es decir no del cambio al que me enfrento HOY sino del “concepto del cambio” que he formado gracias a mi historia puede resultar una herramienta que ofrezca nueva luz ante este tema.

Si bien entonces el cambio externo es en muchas ocasiones incontrolable e inesperado, nuestra responsabilidad y compromiso con nuestro crecimiento está en desarrollar una consciencia mayor y enriquecer nuestra experiencia y conocimiento con el aprendizaje de otros para re significar nuestro pasado y darnos la oportunidad de ver el cambio desde otra perspectiva. Finalmente el cambio nos guste o no, brinda una perspectiva más amplia del mundo pues nos empuja a vivir nuevas experiencias y nos reta a adaptarnos a éstas; nos sacude de nuestra área de confort y nos permite expandir nuestros límites al retarlos al máximo. Finalmente vale la pena hacer este esfuerzo pues lo único constante en esta vida es el cambio y como dijera también Mercedes Sosa, nunca estaremos acabados al 100% pues “lo que cambió ayer, tendrá que cambiar mañana”.

Sencillito y Carismático

Hace poco más de una semana y en medio de controversia y todo tipo de especulaciones, se entregó en Europa uno de los más grandes premios del deporte al “mejor futbolista del año”, siendo el ganador del Ballon D’Or en esta ocasión el jugador del Real Madrid Cristiano Ronaldo. Días antes de recibir este reconocimiento al ser entrevistado por el diario Marca, el portugués afirmó: “¿Si merezco ganarlo? Quizás sí, como el año pasado o como hace dos años. Creo que merezco ganar el Balón de Oro todos los años”.

En la vida así como en del deporte, no existe victoria ni derrota eterna pues tan sólo un par de años atrás, dicho reconocimiento le fue entregado a su más acérrimo rival, el también astro futbolístico Leonel Messi quien horas antes de recibirlo, afirmó: “Me gustaría que el premio lo ganara alguno de mis compañeros del Barcelona Xavi o Iniesta; por sus logros con su selección lo tienen bien merecido”.

Más allá de las incesantes y apasionadas comparaciones que han existido y existirán entre estos jugadores y muchos otros rivales deportivos, el tema que me resulta interesante a analizar no es quien de estos dos astros ha resultado el más talentoso o exitoso -pues ambos han obtenido grandes logros y también fracasos-, sino la actitud que ambos demuestran ante la derrota y sobre todo, ante la victoria.

Si bien gran cantidad de gente afirma que es a través de las derrotas que uno obtiene mayores aprendizajes, creo que en muchas ocasiones menospreciamos las virtudes y también las exigencias que implica el éxito y sobre todo, vivirlo de forma noble y provechosa. Aun cuando desde pequeños somos invitados a aceptar y comportarnos en la derrota a través de frases como “hay que saber perder”, creo que hoy en día como humanos debemos ir a un nivel mayor de reflexión y aprender también a saber ganar pues como bien dijera Jacinto Benavente, “en la derrota puedes conocer al soldado, pero sólo en la victoria conocerás al caballero”.

La humildad es una de las virtudes o cualidades más reconocidas y valoradas en el ser humano desde todos los tiempos y aunque muchas veces es malamente concebida como la humillación y el desprestigio propio en comparación con los demás, realmente se trata de reconocer la valía única e individual que cada individuo posee. Ya sea que la veamos desde una perspectiva cultural, social o incluso religiosa, esta virtud es apreciada comúnmente y es identificada por distintas doctrinas por algunos comportamientos modelo como los siguientes:

  • Un equilibrio personal y una relación de paz con mi entorno
  • La ausencia de ansiedad por ser reconocido por los demás
  • El reconocimiento de mis limitaciones y talentos
  • El reconocimiento de mis alcances, las autoridades y fuerzas superiores a mi
  • El camino de luz a través del servicio a los demás
  • La reducción del pensamiento egoísta o centrado únicamente en la persona
  • El reconocimiento de las bondades de mi prójimo
  • El abandono a la envidia por otras realidades

 

¿Qué tanto vivimos estos comportamientos dentro de nuestras vidas? ¿Cuándo nos resulta más fácil ser humildes? ¿En qué momentos de la vida hemos demostrado soberbia? Recuerdo cuando era pequeño ir descubriendo aspectos de mi persona en los que tenía “facilidad” o un “talento” natural como por ejemplo las matemáticas, sin embargo, también aspectos en los que tenía serias dificultades como el arte, el deporte y hacer amistades. La vida es un continuo flujo de aprendizaje, retos, logros y fracasos y estos ciclos nos permiten descubrir tanto nuestras virtudes como nuestras oportunidades; si bien existen filósofos que afirman que el orgullo y la arrogancia son necesarios en este proceso de formación para motivar nuestra preparación y dar paso a la aceptación personal, debemos reconocer que con el paso del tiempo una vez conformados como adultos debemos tener la madurez de delimitar claramente nuestras virtudes y defectos sin sentirnos superiores a nadie. En mi experiencia el orgullo propio puede resultar poderoso para consolidar nuestra autoestima y ayudarnos a superar momentos difíciles, sin embargo la línea entre reconocerte “hábil” en ciertos aspectos y sentirte “superior” por ello es en extremo delgada y tentadora.

Sócrates afirma que “el orgullo divide al hombre, mientras que la humildad los une”. Hoy en día es común observar todo tipo de modelos sociales, culturales y artísticos en los cuales el narcisismo y el orgullo exceden ese balance entre tener confianza y ser soberbio; si bien ante nuestra dinámica actual es notorio que ser humilde no siempre vende, debemos ser más críticos y honestos para reflexionar en cuáles son las verdaderas implicaciones de comportarnos de forma humilde o soberbia tanto a nivel personal como a nivel social. Si bien existen personas que pueden obtener muchos logros, posesiones y atributos por su talento, la incongruencia con un modelo noble y apegado a la humildad hace que esas personas lejos de ganar admiración y respeto lo pierdan pues finalmente, la humildad en sí no es únicamente una virtud romántica sino por el contrario, reditúa en lo personal y en lo relacional: Una persona humilde es más auténtica y transparente que quien no lo es, y ¿cómo no va a ser esto posible? Si está más en contacto con su realidad y en consciencia de sus imperfecciones. Una persona humilde tiene mayores oportunidades de crecimiento y aprendizaje, pues está abierta a la posibilidad de que su conocimiento y su percepción del mundo no están completos, y necesita una mejora continua. Una persona humilde es más agradable socialmente y empatiza más fácilmente con otras personas, pues reconoce que independientemente de su realidad existe la posibilidad de encontrarse en situaciones adversas en un futuro. Una persona humilde vive con mayor satisfacción y agradecimiento, pues no olvida de dónde viene y quién la ha ayudado a construir la persona que es.

Jesús de Nazareth afirmó “Aquellos que se humillen serán enaltecidos, y aquellos que se enaltezcan serán humillados”; ante el continuo devenir llamado vida en el que nos encontramos, es importante que como seres humanos no perdamos el foco en identificar no sólo en qué dedicamos nuestros esfuerzos y qué queremos lograr a lo largo de nuestras vidas, sino reflexionar en qué conductas y con qué actitud enfrentamos la vida. El camino de la humildad, la sobriedad y la sencillez es sin duda menos atractivo que su contraparte, sin embargo es un modelo más congruente y auténtico a través del cual podremos no sólo estar mejor preparados para enfrentar y aceptar las adversidades, sino también vivir de una forma más feliz y en armonía con nuestras posibilidades y por supuesto, también nuestros logros.

Rescatando al Caballero

“Hombres necios que acusáis a la mujer, sin razón, sin ver que sois la ocasión de lo mismo que culpáis” Qué ciertas y vigentes son las palabras de Sor Juana Inés de la Cruz al referirse a los hombres y mujeres del siglo XVII criticando su comportamiento, incongruencia e inmadurez. Aunque esta obra se enfocaba más en el género masculino y la doble moral con la que éste maneja su relación y deseos hacia la mujer, hoy en día creo también resulta atinada para analizar temas como la actual falta de “caballeros” o dicho de otro modo, que la “caballerosidad” se encuentre en peligro de extinción.

Como punto de partida y sin afán de ser concluyente, un “caballero” desde mi opinión es aquel niño, joven u hombre cuyo trato hacia la mujer se da siempre en un marco de atención, educación, elegancia, cortesía y respeto; si bien algunas personas podrían afirmar que este comportamiento era más común en los hombres del pasado, en mi opinión el debate está abierto pues existen muchos precedentes que demuestran lo contrario desde el plano civil, social, político y cultural; lo que sí me atrevo a afirmar es que sin señalar culpables o profundizar en comparaciones históricas,  encontrar un sujeto con las características de un “caballero” es complicado hoy en día y es preciso hacer algo al respecto.

Para entender entonces esta situación social debemos analizar los elementos que definen este comportamiento y su evolución; desde mi perspectiva existen dos razones fundamentales que detonan el comportamiento caballeroso y cortés por parte del hombre hacia la mujer:

1)      Los atributos naturales del género masculino. Si bien como hombres tenemos características esenciales que nos definen como el deseo de lucha, posesión, dominancia y competencia –entre otras cosas-, existen también muchos elementos bondadosos de nuestra naturaleza como lo es la necesidad de proteger, cuidar y proveer los cuales en un contexto de libertad y equidad nos motivan a un interés auténtico por generar seguridad, comodidad, satisfacción y gusto en nuestra pareja y el género opuesto. ¿Qué hombre no sintió desde niño una satisfacción pura después de generar a través de cuidado o atenciones la sonrisa de una niña o una mujer? ¿Quién de nosotros no escuchó de nuestros padres o algún adulto frases como “cuida de tu hermana” o “a las mujeres no se les toca ni con el pétalo de una rosa” y se sintió empoderado y motivado a ejercer su cumplimiento? Si bien existen todo tipo de padres y modelos, creo no estar muy errado al afirmar que estas frases así como muchas conductas promovidas como ceder el paso, abrir la puerta, tener atenciones o detalles cariñosos, no alzar la voz a una mujer, etcétera, constituyen un código de conducta “básico” o elemental que como hombres al menos en la cultura latinoamericana aprendimos y reforzamos positivamente desde pequeños por distintos medios.

 

2)      La concepción amplia de la mujer. Un verdadero caballero entiende que la mujer no es un objeto sino un ser único y especial, hermoso no sólo en lo físico sino sobre todo en cada uno de sus atributos integrales como su feminidad, su intelecto, su emocionalidad y también su esencia natural y su rol generador de vida y amor. El caballero que logra entender la visión extensa de la mujer valora entonces en cada mujer, hermana, madre, tía o amiga un tesoro único, una mezcla exquisita de atributos los cuales debemos honrar no sólo con nuestra cortesía y atención sino con un respeto profundo a su persona, sus sentimientos, sus sueños y temores. A nivel de pareja el fenómeno se extrapola pues la mujer constituye en resumen nuestro  complemento perfecto y por tanto buscamos agradarla y favorecerla no para poseerla y controlarla sino por el contrario retribuirle la misma felicidad que ella nos brinda. Cuando hace 6 años le pedí a mi esposa que se case conmigo recuerdo exactamente pedírselo como un honor el cual me podía conceder; si bien creo que en la vida cotidiana llena de roces y estrés es a veces complicado mantener ese espíritu romántico y noble de valoración de la pareja, no debemos nunca olvidar que no hay mayor satisfacción como hombre que encontrar una mujer que nos acepte íntegramente y con la cual podamos compartir plenamente la vida misma.

Habiendo mencionado lo anterior y entendiendo que la instrucción y formación desde jóvenes de estos elementos es clave para que la caballerosidad como tal exista, debemos reconocer también que existen otros comportamientos sociales que hombres y mujeres tenemos que vulneran y debilitan la presencia de caballeros hoy en día:

Como hombres:

  • Hemos caído finalmente presa del mensaje mediático y la moda que nos incita a usar la caballerosidad como un medio para cumplir el anhelado objetivo de poseer –física y emocionalmente- a la mujer; la caballerosidad es en muchos casos un truco y artimaña que hábilmente usamos para disfrazar intenciones viles y alejadas completamente de la bondad de nuestra esencia.
  • El egoísmo nos impulsa a separarnos como género y ante la auténtica lucha de la mujer por derechos que anteriormente le han sido negados, reaccionamos de forma negativa, inmadura e infantil y “abandonamos” nuestra naturaleza y esencia para enviar un mensaje de ego hacia la mujer: “entonces mantente tu sola” siendo que nos olvidamos que ningún género, y ningún individuo, es 100% independiente y autosuficiente en una escala social y trascendental de necesidades.
  • Hemos olvidado la naturaleza de la relación hombre y mujer basada en principios como el respeto, la libertad, el amor y la fidelidad: como sociedad buscamos el corto plazo, divertirnos, gozar y disfrutar lo estético y superficial; transformamos personas en objetos desechables, reemplazables y consumibles que podemos comprar cuantas veces queramos; rechazamos a la mujer que se da a respetar, aquella que implica más esfuerzo, tiempo, atención y modales pues es mejor la vía rápida y accesible ante el orgullo que nos hace pensar que sólo por existir “nos merecemos lo mejor sin el mayor esfuerzo”.

Como mujeres:

  • Sin afán de generalizar desde mi percepción muchas mujeres han distraído y perdido su camino en búsqueda de la equidad; si bien esta lucha por ser reconocidas y valoradas en la sociedad surge de una necesidad auténtica, una población representativa ha cruzado el punto de convergencia y confundido equidad con igualdad, abandonando atributos de su constitución natural femenina y adoptando una actitud soberbia de desprestigio al hombre que lejos de darle claridad en su rol provoca confusiones y discusiones incluso en su mismo género. La mujer de esta postura extrema adopta atributos del hombre y dejan a éste sin entrada como el complemento natural que puede ser realmente en sus vidas; el hombre ante este esquema ya no encuentra en la mujer un ser único, bello y exquisito sino un nuevo ser más parecido a él que a una mujer misma y ante el cual no sólo las atenciones sobran sino son reemplazadas por el lenguaje y tacto más áspero que existe entre los hombres así como posturas naturales del género como la competencia y agresión. Si a esto le sumamos que el libertinaje y la moda ha prácticamente arrasado con principios y valores como la integridad y la prudencia de muchas mujeres –y hombres-, nos encontramos entonces con la realidad de que pocas mujeres se comportan también con la elegancia y exquisitez que una dama posee y, por muy bonita, culta y moderna que sea, uno como hombre no siente mayor inspiración en tratar como una dama a Miley Cirus o a una mujer que tenga peor lenguaje y modales que uno.
  • Se han conformado con menos. Es una realidad que ante los “nuevos” comportamientos del hombre y la nueva dinámica entre géneros pocas mujeres exigen realmente un trato digno, y en esa lucha interna por ser independientes y firmes han permitido que el hombre las deje de tratar como se merecen. Ya sea por miedo a ser consideradas débiles, o bien falta de autoestima y seguridad, muchas mujeres no se atreven a solicitar atenciones por parte de un caballero, o bien no las reconocen y agradecen cuando éstos las ofrecen. Si bien existen muchos peces en el agua en ocasiones algunas mujeres prefieren “malo conocido que bueno por conocer” y dentro de ese camino ofrecen su corazón y más a quien evidentemente no las valora ni a través de sus pensamientos, mucho menos sus acciones.

¿Qué hacer entonces?

Para que la caballerosidad se desarrolle entonces como sociedad necesitamos no sólo ayudar a los hombres a valorar y respetar desde pequeños la esencia completa de la mujer, sino también como mujeres tener el valor y la firmeza de darse su lugar y de reconocer y premiar las actitudes que hacen de un hombre un caballero. Recordemos que ser caballero no implica una transformación absoluta de la persona ni una preocupación perpetua por proveer y cuidar a una mujer, sino contundencia y claridad en aquellos detalles de cortesía, atención y galantería que demuestran a la mujer que su compañía es un privilegio para uno y que a través de estos gestos honramos y valoramos íntegramente su persona, su capacidad, sus sentimientos y sus sueños. Como bien señaló Sor Juana en su misma Redondilla, no podemos ser incongruentes entre lo que buscamos en una mujer y cómo tratamos a las mujeres como las que convivimos, pues es nuestra responsabilidad  “Queredlas cual las hacéis o hacedlas cual las buscáis”

12 segundos para romper de la estadística

Uno de los momentos incómodos a los que me enfrento cada año es precisamente el 31 de diciembre cuando a las 11:59 de la noche, se reparten según la tradición 12 uvas que debemos comer al ritmo de las campanadas para tener “buena suerte” y cumplir nuestros deseos para el próximo año. Más allá de que soy sumamente escéptico con ésta y otras tradiciones como salir corriendo con maletas, tener borregos en la puerta, usar ropa interior de otro color, etc., si algo tiene de  malévolo y perverso este ritual es que además involucra comer forzosamente frutas, uno de mis más añejos archirrivales. Pasando a un tono menos dramático, reconozco que esta época me gusta pues nos da la excusa perfecta para poder expresar de forma socialmente aceptable, nuestros más íntimos deseos y propósitos, así como establecer compromisos y promesas que generalmente implican cambios y mejoras en nuestra vida.

Haciendo una búsqueda en Google de distintos sitios que proclaman tener la “lista de los más comunes y populares deseos de año nuevo”, encontré que del Top de los deseos de año nuevo tanto en México como en Estados Unidos la respuesta más popular es 1) Hacer Ejercicio – Dieta – Mejorar mi figura, 2) Abandonar un Vicio, en su mayoría cigarro y alcohol, 3) Probar, aprender o conocer algo nuevo, 4) Pasar más tiempo con mi familia, y 5) Ahorrar. Agrupando todos los propósitos en 6 categorías, encontré que su distribución se da también de la siguiente forma:

  • 28% — SALUD (ejercicio, dieta, dejar vicios, ir al médico, etc.)
  • 21% — ESTILO DE VIDA / PROYECTOS PERSONALES (aprender algo nuevo, leer, viajar, organizarme, emprender negocios)
  • 21% — RELACIÓN CON LOS DEMÁS (pasar tiempo con la familia, dejar malas influencias y relaciones del pasado, empezar una familia o encontrar pareja)
  • 12% — ECONOMÍA Y BIENES MATERIALES (ahorrar, pagar mis deudas, adquirir un carro-casa- bien)
  • 11% — TRABAJO (menos estrés, cambiar de trabajo, obtener una promoción, mejorar mi actitud)
  • 08% — RELACIÓN CON EL MUNDO (hacer labor social o voluntariado, plantar un árbol, ayudar a los demás)

Esto quiere decir que 7 de cada 10 personas que lean esta columna seguramente tendrán dentro de sus propósitos alguno de los primeros tres bloques; ¿es tu caso?

En lo personal considero sumamente interesante detenernos a observar esta foto de qué cosas son las que normalmente deseamos o soñamos pues creo que revela partes muy íntimas de nosotros que comúnmente no hacemos explícitas; si bien es casual platicar en un nivel superficial que queremos bajar de peso, viajar a algún lugar, conocer a alguien “especial” o bien mejorar nuestra economía, pocas veces nos damos la oportunidad en este ajetreado mundo para realmente profundizar en qué realidad vivimos y qué necesidades tenemos como personas que nos impulsan a tener estos deseos: ¿Necesito cariño y afecto? ¿Quiero vivir más años? ¿Para qué? ¿Me siento solo? ¿Estoy aburrido? ¿Quiero ser más culto? ¿Tengo baja mi autoestima? ¿Necesito cambiar mi estilo de vida? ¿Estoy rodeado de la gente que quiero? ¿Me siento asfixiado económica o profesionalmente? Nuestros deseos aunque normalmente puedan parecer simples caprichos o gustos personales, muy comúnmente están relacionados a circunstancias y carencias que consciente o inconscientemente queremos atacar y resolver, y por lo tanto esta etapa y sus tradiciones resultan una gran oportunidad para inspirarnos y retomar un camino de búsqueda y satisfacción personal.

Y sin embargo no todo es miel sobre hojuelas en este camino pues la contraparte de mi búsqueda en internet revela datos que no deberían ser sorpresa para nadie y es que la estadística también dice que sólo aproximadamente el 8% de las personas logran verdaderamente sus propósitos. Según www.statisticbrain.com, tan sólo bastan 4 semanas para que el 36% de las personas desistan o fallen en sus propósitos, y 24% de nosotros nunca en nuestra vida los cumpliremos; no obstante no todo es negativo pues también afirman que las personas que hacen explícitos sus propósitos tienen una probabilidad 10 veces mayor de cumplirlos en comparación con aquellos que no los hacen explícitos.

¿A dónde voy con todo esto? Más allá de hablar como en otras ocasiones de la fuerza de voluntad como una de nuestras herramientas más poderosas para conseguir nuestros propósitos, creo que esta época del año nos debería de servir de ejemplo para en primera instancia, reconocer que nuestras necesidades o motivadores para emprender nuestros propósitos no son nuevas, es decir, no “surgieron” el 31 de diciembre y por lo tanto, no requieren de un reloj analógico o de un calendario para ser logradas. Aprovechemos esta oportunidad y esta pausa para reflexionar de los cambios que buscamos, pero no esperemos medir su avance y desarrollo tan sólo con el conteo de las 12 campanadas. Finalmente una segunda reflexión a raíz de este ejercicio es que del total de aproximadamente 120 respuestas que agrupé y mostré anteriormente, tan sólo 1 persona puso “ayudar a alguien más a cumplir sus sueños”. En lo personal considero que una de las mejores formas de crecer y desarrollarme, asimismo entender y satisfacer mis necesidades es a través de la sensibilización de las necesidades de los demás y de mi contribución hacia su logro. A través del desprendimiento de MIS necesidades y de voltear a ver la realidad de los demás, he logrado descubrir y valorar muchos aspectos de mi realidad de una forma distinta y encontrar la satisfacción no únicamente a través del logro de mis objetivos individuales sino también participando en el logro de aquellos de los demás, y así conseguir auténticamente una colaboración conjunta en la cual nos complementemos y logremos avances relevantes como pareja, como familia, y también como comunidad. ¿Y tú, qué propósito tendrás para este 2014?

¡Basta ya! Agree to Disagree

Uno de los comportamientos más naturales del ser humano es el asociarnos con nuestros semejantes y más en específico con aquellos con los que compartimos particularmente gustos, hobbies o ideologías. Ser simpatizante de algún deporte, actividad o artista o bien creyente de alguna filosofía, religión o dogma, así como apoyar cierta causa son tan sólo algunas de las características que podríamos encontrar en común con alguien y por las cuales podríamos de la noche a la mañana convertirnos en mejores amigos de quien segundos antes era un desconocido.

Y sin embargo aun cuando es natural sentir afinidad y empatía con personas de gustos e intereses afines así como defender éstos, como sociedad desde mi percepción hemos llevado nuestra visión del mundo a extremos cercanos al fanatismo guiados tanto por las modas y tendencias como por nuestra envidia y egoísmo: hoy podemos distinguir claramente aquellos que defienden a la muerte un estilo de vida hipster; a los maratonistas, los que hacemos insanity y los que prefieren el crossfit; los que compran sólo “Mac” y los que prefieren “Android”; los que apoyan el Teletón y los que lo critican con uñas y dientes; los que no se pierden su Starbucks mañanero y los argumentan que lo mejor es lo orgánico y hecho por productores locales; los que prefieren a Messi que a Cristiano Ronaldo, los que quieren convertirte a toda costa y los que no pueden ver a un sacerdote sin pensar en la pederastia; los que defienden los derechos de los animales y los que están hasta el gorro de los activistas; los que aman al Peje, los que no soportan a Peña Nieto, los que apoyan a la selección, los “ódiame más”, los que respetan el Fair Play y por supuesto los que no comen carne, los veganos y los de “la liga de la leche”… vaya que la mercadotecnia funciona pues cuando antes parecía que únicamente podíamos estar en disputa por religión, política y fútbol, hoy podemos encontrar gente argumentando y discutiendo con gran intensidad y empuje si es mejor el Xbox One o el Playstation 4 como si de este argumento fuera a depender nuestra supervivencia como especie.

Si bien y como menciono anteriormente es parte de nuestra naturaleza el asociarnos y también defender nuestros principios y gustos, creo que el factor clave que se ha acentuado en nosotros como sociedad es la intolerancia a aceptar estilos de vida y de pensamiento distintos al nuestro, y la intensidad con la que pasamos de una defensa de ideas a una crítica y ataque lamentable en todo proceso social pues, si en asuntos tan sencillos como algunos de los planteados anteriormente no podemos entablar diálogo tolerante y abierto, mucho menos lo haremos en los asuntos críticos y fundamentales de nuestra convivencia humana. ¿Por qué razones no podemos entonces aceptarnos y entendernos?

Cuando era pequeño conocí y entendí el mundo como una pintura bicolor en donde existía únicamente el bien y el mal, lo “correcto” y lo “incorrecto”… las personas que hacían lo correcto eran “buenas”, y quienes hacían lo contrario eran sencilla y contundentemente “malas”; conforme fui creciendo aprendí en base a experiencias que no siempre aquellas personas que yo consideraba “buenas” hacían lo correcto siempre, asimismo que el “obrar bien” no implicaba necesariamente un beneficio personal, y finalmente que lo que YO consideraba como “bueno” y “malo” no era precisamente igual para alguien más. Un ejemplo de cómo esto marcó mi vida es mi postura ante el uso del alcohol; quienes me conocen de toda la vida saben que desde joven no tomo prácticamente nada de licor, cerveza, vino, etcétera, y aunque realmente hoy en día me es indiferente lo que la gente opine al respecto, existió una etapa en mi vida en la que por esta “postura” fui juzgado y criticado. El efecto de este rechazo evidentemente ante mi necesidad de ser incluido y aceptado generó también en mí aversión a quienes tomaban demasiado alcohol y me molestaban por no hacerlo, con lo cual no sólo definí grupos afines –aquellos que me aceptaban independientemente de si tomaba o no-, sino también “aprendí” a rechazar y criticar a quienes tomaban constantemente.

En una escala diferente y seguramente por motivos, circunstancias e historias diferentes, como sociedad nos encontramos a veces como ese Rubén adolescente que, ante una abrumadora ola de estilos de vida y mensajes comerciales –algunos incluso agresivos- indicándonos “cómo vivir” y “qué es lo correcto e incorrecto” a nivel de pensamientos, estilo de vida e incluso imagen y condición física, nos sentimos saturados y amenazados en nuestra personalidad y creencias y lejos de encontrar las posibilidades y oportunidades que estas nuevas y diferentes tendencias pueden ofrecer, reaccionamos instintivamente de forma poco objetiva rechazando y criticando todo aquello diferente a lo preestablecido. Ya sea por saturación, temor,  o simplemente desinterés, la reprobación y la detracción se convierten en nuestra constante diaria tanto en el plano físico como el virtual.

Si bien ante la gran variedad de posturas y visiones del mundo es difícil mantenernos ecuánimes y encontrar nuestro centro como personas es decir quiénes somos, qué creemos, qué historia o qué principios soportan mis creencias y estilo de vida, el reto mayor que tenemos entonces es dejar a un lado la comparación y la contraposición que las olas externas generan y desde nuestra entereza personal y espiritual, desestimar lo diferente y dedicar esfuerzos en identificar similitudes, aquello que nos une y nos conecta como seres vivos. Si bien es una realidad que desde nuestra historia, experiencia y cultura nuestra formación es distinta y puede ser opuesta en muchos aspectos, es cierto también que en muchos otros nuestra esencia humana converge y a través del desprendimiento y la humildad, podemos identificar puntos de contacto y como lo diría Covey, encontrar la “3ª Alternativa” es decir opciones de convivencia y “puntos medios” entre nuestras visiones distintas de la vida en las cuales podamos encontrar paz, convivencia plena y por tanto crecimiento en conjunto.

Nelson Mandela, Q.E.P.D. fue un líder social y político mundial que en un entorno sumamente complejo y lleno de añejas rivalidades se caracterizó por su lucha y búsqueda de elementos que unificaran un país y un mundo. Hoy pareciera que los mexicanos sólo podemos encontrar en nuestras crisis y desastres naturales esa motivación para “dejar a un lado las diferencias” y reconocer que todos somos humanos y que en esencia buscamos una convivencia sana y próspera, un ambiente de respeto y cordialidad, condiciones positivas para satisfacer nuestras necesidades y lograr nuestros sueños. El mejor camino  para alcanzar nuestra realización personal es realmente conseguir la realización social y de nuestra comunidad, y para ello debemos fortalecer nuestra capacidad de ser tolerantes y buscar identificar y construir acuerdos en lugar de alimentar nuestras divergencias. La capacidad de “estar de acuerdo en estar en desacuerdo” es entonces esa posibilidad de reconocer que con visiones distintas podemos encontrar a través del respeto y el compromiso elementos en común que, sin traicionar quienes somos o perder nuestra identidad e ideales, nos permitan entendernos y seguir adelante.

El poder de un sueño frustrado

Una de las capacidades más virtuosas y fantásticas del ser humano es la de soñar en un futuro mejor, una condición más próspera o un premio inédito aparentemente más allá de nuestro alcance. Ya sea un sueño personal como obtener un título académico y éxito profesional, o bien sueños de pareja como casarse, formar una familia y emprender un estilo de vida, o finalmente sueños humanitarios como erradicar la pobreza, el hambre o la discriminación en el mundo, los sueños representan una parte intrínseca de nuestra naturaleza humana e independientemente de nuestras condiciones e historia existe dentro de nosotros este potencial único y sumamente poderoso de crearlos.

Sin duda alguna podrás como yo recordar con gran claridad y júbilo el momento en el que uno de tus sueños se hizo realidad; existen muchos momentos memorables en la vida pero son realmente pocos aquellos en donde se conjugan satisfacción, orgullo, alegría y plenitud como cuando celebras tu matrimonio, te recibes profesionalmente, consigues una hazaña aparentemente imposible o nace tu primer hijo. Los sueños son entonces logros inigualables que nos brindan gran placer al conseguirlos y por lo mismo, los perseguimos hasta el cansancio ampliando nuestros límites y horizontes; hoy en día es común encontrarnos dentro de la popular corriente de pensamiento que promueve la búsqueda y lucha de nuestros sueños asimismo nuestra capacidad de transformar nuestra realidad a través de nuestros pensamientos (Creer es Crear, E-Square, etcétera) y es que ya desde hace varios años Paulo Coelho puso de moda la idea de que si realmente deseamos algo en cuerpo, espíritu y corazón, y enfocamos toda nuestra energía hacia su logro entonces seguramente el universo “conspirará” para que así suceda.

Sin afán de demeritar el potencial habilitador que tiene la psicología transpersonal y mucha de la literatura relacionada –tanto la sustentada como la romántica– en mi experiencia creo que es prudente y además necesario reconocer que NO todos nuestros sueños podremos hacerlos realidad, y el llevar la búsqueda de ellos a un extremo puede tornarse no sólo en un camino egoísta y caprichoso sino también puede resultar perjudicial para nosotros y nuestro entorno.

Incluso ahora que lo acabo de escribir me parece triste, derrotista y desmotivador el afirmar de forma tan contundente que existen sueños irrealizables y que por más que yo desee algo, luche con todo mi empeño y tenga al universo de aliado no lo conseguiré. La vida sin embargo está llena de ejemplos que si somos lo suficientemente receptivos podremos apreciar incluso más cerca de lo que creemos: matrimonios y familias separadas, carreras artísticas y deportivas interrumpidas, ideales profesionales aplazados por años y sin duda mucha hambre, odio, envidia y carencias en el mundo. En la experiencia personal del mismo modo, estoy seguro recordarás también sueños y objetivos que nunca lograste… podrás decir “al final no era lo que deseaba” o bien otros dirán “no lo perseguiste lo suficiente” y quizás ambos tengan razón, pero la realidad es que existe una probabilidad latente de que los sueños que tienes en este preciso momento nunca los logres. En lo personal en los últimos 2 años he podido vivir en carne propia que el desear algo con todo el corazón, enviando mensajes al mundo, encomendándome en todos los santos y preparándome de diversas formas y aspectos no es necesariamente suficiente para que un sueño en particular se logre, y a raíz de esta experiencia precisamente he desarrollado una teoría que me resulta interesante: ¿qué tal si la vida y la felicidad en sí no se trata realmente de alcanzar nuestros sueños?

Ante sueños finalmente frustrados a pesar de nuestra insistencia existe una nueva oportunidad de aprendizaje y crecimiento quizá incluso mayor que la que encierra el logro de los mismos y es el descubrir la vida misma y sus lecciones a través de nuestro andar hacia estos sueños. El sueño en sí no se convierte entonces en el fin como tal, sino en un motor que acciona nuestro paso y marca el camino hacia el cual en ese momento queremos –o necesitamos- andar. ¿No he logrado ninguno de mis sueños personales? Quizá sea momento de buscar sueños compartidos y a través de nuevos aliados y compañeros de vida soñar nuevamente; ¿he fracasado en el logro de una meta social o de pareja? Quizá sea necesario reflexionar cuál era mi necesidad por cubrir al perseguir ese sueño y evaluar si la puedo cubrir desde otro ámbito. El mensaje es que quizá es necesario fracasar en nuestros sueños para darnos cuenta del camino que hemos emprendido hacia lograrlos y entonces redefinir el rumbo no necesariamente hacia su búsqueda pues reconocemos que no está ahí la felicidad y el crecimiento, sino hacia una profunda exploración interna de lo que hemos descubierto de nosotros mismos en ese camino, cómo hemos evolucionado y en qué nos hemos fortalecido y descuidado, para entonces revalorarnos como personas y encontrar nuevo significado a nuestro andar. La mayor pérdida y a la vez la mayor oportunidad entonces de un sueño fracasado no es el no logro del sueño como nos han enseñado a concebir (logro de sueño = felicidad), sino la lección que el camino del “fracaso” hacia este sueño encierra.

Durante sus famosas conferencias de superación personal, Nick Vujicic afirma que la realidad “no puede ser obviada” poniendo de ejemplo que él sin tener extremidades no puede aspirar a ser un corredor, sin embargo denota que nuestro enfoque no debe ser en nuestras carencias sino en nuestras virtudes y posibilidades. Ante el “fracaso” aparente de mis sueños y ambiciones personales, debemos tener la fe y convicción de que nuestra vida y nuestro sentido de existencia responden a un plan más grande y amplio de lo que uno puede ver y, citándolo nuevamente, “quizá no podamos ver pero no quiere decir que no exista”.

Antes de finalizar quisiera ser claro y reafirmar que así como la fuerza de voluntad es una de nuestras virtudes y herramientas más poderosas como seres humanos, nuestra capacidad de soñar es fundamental en nuestra vida pues es la que detona nuestra energía interna hacia el movimiento constante y por tanto a nuestro desarrollo; la fe y convicción en nuestras creencias es siempre un bastión sólido en el cual soportar nuestro andar y ante los inevitables fracasos de nuestra vida, debemos tener la claridad de que los sueños son tan poderosos por la satisfacción que nos brindan en su logro, como por las lecciones y transformaciones internas de su búsqueda, así como por la visión esperanzadora y noble que despierta en nosotros ese deseo constante de vivir y luchar por una condición mejor. Como Neil Gaiman menciona en una de mis novelas gráficas favoritas The Sandman: “son los sueños los que dan forma al mundo”.