Si Sochi estuviera en Venezuela

Una de mis pasiones más grandes en la vida es el deporte en prácticamente todas sus modalidades; independientemente de si se trata de una competencia individual o de conjunto así como del tipo de habilidades que se requieran para ganar (destreza, fuerza, agilidad, etcétera) el ámbito del deporte en mi opinión brinda oportunidades únicas de admirar la grandeza del ser humano no sólo en términos de reto y superación personal sino también a nivel colectivo con muestras perfectas de humildad, solidaridad, empatía y compasión. A la fecha todavía me es difícil contener el nudo en la garganta al revivir la historia del velocista británico Derek Redmond cuando en Barcelona ’92 corrió la carrera más importante de su vida, y de la misma forma sigo admirando el profundo sentido de justicia del Coach de Noruega Justin Wadsworth cuando en los Juegos Olímpicos de Invierno de Turín 2006 “ayudó” al equipo Canadiense a quedar en segundo lugar y relegar a Noruega de una medalla olímpica. La realidad es que los Juegos Olímpicos y el mundo del deporte desde sus inicios cuentan con una gran biblioteca de momentos memorables, gestos y acciones que nos llenan de esperanza al demostrar la calidad del espíritu noble y bondadoso que puede existir en nosotros.

Y no obstante en otros ambientes de lucha y manifestación civil como el que se vive actualmente en Venezuela y Ucrania el contraste es grande y nos permite apreciar día a día muestras de represión, ofensa, provocación, invasión a todo tipo de libertad, descalificación, miedo y por supuesto, la más lamentable expresión del ser humano: la violencia y su última consecuencia la muerte. Si bien el problema raíz que detona las continuas manifestaciones civiles y conflictos entre los distintos bandos de cada país es distinto –uno de índole político y otro un poco más social y económico- la realidad es que uno puede encontrar muchas similitudes en estas desafortunadas realidades y uno de los que más llama mi atención es la presencia del egoísmo, la avaricia y la intolerancia de los líderes políticos al mando. Por supuesto toda moneda tiene dos caras y no es mi intención en este espacio obviar inocentemente que en ambos procesos de conflicto los dos bandos y fracciones–el gobierno y la oposición- tienen intereses profundos en una lucha insaciable por retener el poder; sin embargo lo que sí considero infame es que estos intereses se hayan alejado tanto del espíritu auténtico del poder en sí, es decir, la razón correcta por la cual gobernar.

No se necesita ser politólogo, sociólogo ni historiador para reconocer que el problema del ser humano en la política a lo largo de los tiempos no es realmente la discrepancia de los distintos modelos e ideologías para coordinar la sociedad y su economía, sino de nuestra fragilidad como seres humanos para 1) realmente entendernos y coordinarnos en vista de un bien común (las garantías humanas y el desarrollo social en un sentido amplio) y 2) no perder nuestra integridad ante las atracciones y trampas que encierra el poder. Tal pareciera que en nuestra vida somos todos atletas de un mismo deporte con la oportunidad única de practicarlo y disfrutarlo plenamente en un mismo lugar, y lejos de enfocarnos en aprovechar al máximo esta experiencia de existir y de convivir estamos desgastando todo nuestro tiempo en asegurarnos que nadie sea mejor que nosotros, perdiendo de vista que ganar no siempre es suficiente para ser felices, que en la vida cada quien tiene distintos puntos de partida y metas en función de sus posibilidades y que finalmente nuestra existencia social, política y humana debe estar en función del apoyo y la colaboración mutua para que cada quien encuentre su realización.

¿Cómo podemos aterrizar estas palabras a nuestra vida diaria y entonces buscar un cambio? ¿Por dónde empezar? México vive hoy en día una realidad en muchos matices similar a la de estos países en donde sociedad y partidos hemos abandonado los principios básicos de convivencia, respeto y tolerancia y perseguimos el poder por el poder, a costa de quien sea y desde una visión egoísta. Definitivamente cambiar el rumbo no es sencillo y menos contra corriente, sin embargo basta voltear y ver esa antorcha olímpica y todo lo que sucede alrededor de ella cada 4 años para reconocer que dentro de cada ser humano existe un potencial auténtico de grandeza y recuperar la confianza de que cada quien tiene la voluntad de hacer el cambio; desde mi punto de vista no hay mejor forma de guiar que a través del ejemplo por lo que recordando el espíritu olímpico podemos seguir los siguientes consejos:

  • Ver la superación y la competencia desde un enfoque personal. “Citius, Altius, Fortius” (latín de más rápido, más alto, más fuerte) fue lema que definió el barón Pierre de Coubertin para la justa olímpica; como personas debemos entender que la superación y competencia constante que plantean no está en función de los demás sino con uno mismo para nuestro conocimiento amplio y la expansión de nuestros límites más que la invasión del de los demás.
  • Honestidad y justicia, vivir el “Fair Play”. Nadie aprueba, valora o reconoce a un atleta que hace trampa, su victoria no tiene mérito y su imagen no tiene credibilidad. ¿Por qué en el deporte acusamos y reprochamos las trampas y en la vida diaria las permitimos y hacemos? En el deporte las reglas son claras y en nuestra sociedad también y sin embargo en muchas ocasiones hacemos uso de estrategias poco justas para obtener nuestro beneficio, y no somos equitativos con los demás no únicamente en acciones sino también en juicios; si queremos promover un cambio social debemos empezar por el respeto de las leyes que nos rigen, por más pequeñas que sean o ridículas que nos parezcan.
  • Llegar todos a la meta. Así como en del deporte existen condiciones económicas, deportivas, estructurales, sociales e incluso fisiológicas que determinan las posibilidades de ciertos atletas o países en búsqueda del triunfo, en la vida es claro que todos de la misma forma tenemos distintas posibilidades. La desigualdad social, la manifestación civil, la opresión y la lucha entre humanos surge cuando existen personas que no respetan los 2 principios anteriores, y sin embargo pocas veces nos preocupamos realmente por resolver estos temas hasta que somos directamente afectados, olvidando que día a día muchos millones de personas viven más que una batalla por competir, por sobrevivir. El sentido humano de convivencia y solidaridad que se vive en el deporte debe ser modelo y ejemplo de inspiración para que busquemos continuamente apoyar a aquellos con condiciones más complicadas a las nuestras, recordando que por sobre todas las cosas, todos estamos llamados a vivir de una forma digna.

Cuando los juegos olímpicos iniciaron en Grecia hace más de 2800 años tenían muchas particularidades distintas a la actualidad como el hecho de que tenían menos eventos, se celebraban siempre en Grecia y sólo hombres que además hablaran griego podían participar. Varias de estas condiciones sin lugar a dudas excluyentes contrastaban con una regla fundamental a la cual se le llamaba Tregua Olímpica y que dictaba que mientras se celebraban los Juegos, todos los conflictos y hostilidades entre las ciudades que participaban se posponían hasta la terminación de los mismos. El día de hoy esta regla tristemente ya no es vigente, sin embargo vale la pena reflexionar si como personas necesitamos realmente un acuerdo escrito o una declaración oficial para hacer cambios en nuestra vida, retomar principios de justicia y convivencia social, o hacer una tregua eterna con nuestros enemigos y detractores.

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