Hasta por conveniencia

Hoy más que nunca estoy convencido que todas las personas vivimos en distintas proporciones, tiempos y circunstancias, etapas de gran necesidad en las cuales la reacción de otros a nuestro alrededor no sólo transformó esa situación, sino toda nuestra existencia. ¿Recuerdas alguna ocasión en que necesitaste guía, dinero, escucha, consuelo o quizás amor más que nunca antes? ¿Identificas quizás en tu niñez, tu adolescencia, o hace un par de semanas, esa desesperación de necesitar algo que se encontraba más allá de tus límites? En lo particular yo recuerdo dos momentos clave de mi vida en los que ciertas personas tuvieron un impacto de gran relevancia: el primero fue cuando el Dr. Loyola y el Dr. Dorantes después de muchas conversaciones y argumentos decidieron otorgarme una originalmente negada beca de excelencia para estudiar mi universidad; el segundo caso, muy distinto pero único también, fue después de la muerte de mi gran amigo Luis en un momento de desesperación personal, cuando encontré en una amiga de quien ciertamente no me lo esperaba, palabras sólidas de consuelo, apoyo y esperanza.

 

Lo cierto es que independientemente del tipo y magnitud de las necesidades en cuestión, existen -como en los casos antes mencionados- situaciones en las que los actos que para unas personas representan un esfuerzo mediano o no necesariamente algo trascendental, para otra persona son claramente inmensurables es decir, se convierten en hechos transformadores que marcan la pauta y el destino en su vida a nivel espiritual, emocional, intelectual o profesional.  Una de las más grandes aspiraciones que he tenido desde pequeño es lograr impactar de forma positiva y con esta misma proporción la vida de otras personas que me rodean; en mis palabras, devolver un poco de lo mucho que he recibido. ¿Te sientes identificado con este pensamiento? ¿Crees que mucha gente piensa de este modo?

 

Desde mi muy humilde perspectiva existen sin embargo, varios niveles de conciencia y por tanto de “despertar” no sólo a la realidad de las necesidades de los demás, sino también a mi rol como persona dentro de las mismas:

 

1. Desconocimiento. Por más extraordinario que parezca es todavía posible encontrar en nuestra sociedad una gran cantidad de personas completamente centradas dentro de sí, incapaces de reconocer que existen personas a su alrededor con circunstancias precarias ya sea a nivel físico en temas tan claros como la salud y alimentación, como a nivel emocional e intelectual.

  • Ejemplo: “No sabía que había pobreza en la Sierra de Querétaro”

 

2. Apatía. Aún más peligroso que el anterior, la falta de interés auténtico por atender esta realidad o problemática y verla como algo lejano o ajeno a mí denota una profunda falta de empatía y nos limita entender que quienes padecen circunstancias complicadas son personas exactamente iguales a mí y que en la mayoría de los casos, no son más responsables o merecedores de su realidad que yo de la mía.

  • Ejemplo: “La pobreza es un problema muy difícil de resolver, yo por eso ni me meto”

 

3. El mundo de las excusas. Una vez reconocido el problema y teniendo cierta inquietud en participar en su resolución, existe un paso intermedio en el que fácilmente podemos ser presa de muchos miedos para finalmente retroceder a los niveles anteriores: “quiero ayudar pero no sé cómo”, “para qué ayudo si no voy a hacer la diferencia”. El mundo de las excusas refiere a ese breve jaleo interno en el que muchos vivimos y aun teniendo el interés de ayudar, preferimos no hacerlo eligiendo un discurso que tranquilice nuestra conciencia.

  • Ejemplo: “Yo no ayudo pues luego el apoyo ni llega, o el gobierno se lo queda”

 

4. Participo con reservas. Muchas veces logramos dar el gran paso para apoyar a los demás, sin embargo a su vez y por múltiples razones buscamos hacerlo únicamente vía la solución “rápida” es decir, aquella que implique el menor involucramiento posible de nuestra parte. El cheque, la despensa, el consejo fácil si bien pueden ser de gran utilidad para el otro, se quedan cortos ante la posibilidad de una ayuda más auténtica y valiosa como lo puede ser nuestro tiempo, escucha, intelecto y corazón.

  • Ejemplo: “Ya di mi dinero, ya participé, ahí que se hagan bolas”

 

5. DarSE. La diferencia entre dar y darSE es precisamente que la segunda implica dar no sólo nuestros recursos abundantes y “fáciles de compartir” sino realmente involucrarnos en la realidad de quien nos necesita, entenderlos y desde su perspectiva, entonces sí aportar humildemente con un involucramiento y un apoyo integral. Es muy conocido el refrán que dice “Si quieres dar de comer a un hombre un día, dale un pescado, si quieres darle de comer toda la vida, enséñale a pescar”. DarSE implica en muchas ocasiones mayor esfuerzo, dedicación, constancia y sacrificio, pero es precisamente a través de ese camino que se logra el entendimiento pleno y la atención real a las necesidades de los demás.

  • Ejemplo: “Visito las comunidades, entiendo sus problemáticas, colaboro con los grupos de apoyo a padres, madres, niños, etcétera”

 

6. La caridad y la solidaridad como un estilo de vida. Partiendo de la realidad de que en este mundo existirá siempre gente con mejores y peores condiciones y posibilidades de todo tipo que yo, el vivir con la ideología de que todos como comunidad somos responsables de ayudarnos continua y recíprocamente es el máximo nivel de entendimiento del sentido de colaboración social y auténtico amor por el prójimo; en palabras de Juan Pablo II “La solidaridad no es un sentimiento superficial, es la determinación firme y perseverante de empeñarse por el bien común, es decir, el bien de todos y cada uno para que todos seamos realmente responsables de todos”. En esta vivencia el apoyo y la búsqueda constante de oportunidades de colaboración social son un manifiesto y parten de la primicia de que todos, absolutamente todos podemos dar algo siempre por los demás.

 

A lo largo de estas últimas semanas estoy seguro que al igual que yo has sido invitado, motivado y quizás hasta presionado al menos una vez para apoyar de alguna forma a las víctimas de los desastres naturales que azotan particularmente este momento nuestro país. Si bien es importante ayudar a esta causa que probablemente sea la de mayor gravedad hoy en día en México, no debemos olvidar que día a día y semana a semana existe mucha gente necesitada mucho más cerca de lo que creemos y no sólo en el plano físico sino también en lo intelectual y emocional. La caridad y la solidaridad no son actos que deberíamos ofrecer entonces sólo cuando nos lo piden o hay una crisis, sino más bien debemos adoptarlos como una filosofía y creencia de vida partiendo de nuestra responsabilidad social y humana.

 

TE INVITO a cambiar tu vida y la de los demás subiendo cada vez más tu conciencia y participación en la ayuda comunitaria, social y familiar pues quienes hemos experimentado esta vivencia te podemos asegurar que saldrás enormemente beneficiado y recibirás grandes satisfacciones, aprendizajes y enriquecimiento espiritual mucho más valioso que todo el tiempo y dinero invertido; ahora sí que como bien dice el dicho, hay que ser bueno… hasta por conveniencia.

¿Y tú por qué gritas, mexicano?

Estamos a tan sólo unos días de celebrar la independencia de nuestro país y sin embargo, hoy más que nunca encuentro entre amigos y conocidos múltiples expresiones afirmando que nuestro país y el ser mexicano es algo vergonzoso, lamentable, triste e incluso mediocre. Entre el caos social y político que se vive por las reformas energética, educativa y fiscal, los plantones y marchas de los maestros del CNTE y también ¿por qué no decirlo? la “tragedia nacional” de nuestra posible eliminación del mundial de fútbol Brasil 2014, tal pareciera que en este momento nuestro país está peor que nunca o para muchos, “igual de mal que siempre”.

Y sin embargo este pensamiento es hasta cierto punto razonable pues no es fácil ser mexicano y del mismo modo que en los procesos de formación personal, nuestra historia y la forma en la que nuestros “padres” – es decir las generaciones pasadas de mexicanos – nos mostraron nuestro país lejos de ser asimilada como un contexto de oportunidades y desarrollo, la hemos convertido en un cúmulo de prejuicios e introyectos que nos limitan y atemorizan, encasillándonos en estereotipos que restringen nuestro progreso. A continuaciones 3 de los ejemplos más representativos de esta forma de pensamiento:

 “Es un complot” – nada pareciera tranquilizarnos o satisfacer nuestra arrogancia más que reconocer que no ganamos o no tenemos mejores condiciones porque “alguien la tiene contra nosotros”; ya sea ese alguien el maestro, los españoles, el sistema, Carlos Salinas en 1988 o mi jefe, nuestra historia rica en auténticas experiencias de saqueo y despojo de nuestras libertades hoy por hoy nos ha orillado y apresado en una paranoia colectiva que nos hace pensar que todo en el entorno es parte de un “plan oculto” tramado en nuestra contra. Ejemplo claro de la actualidad: “la selección está perdiendo para distraernos de las implicaciones de la reforma fiscal”. Si bien es importante reconocer que los medios de comunicación tienen un discurso distractor que responde a muchos intereses, el vivir ensimismados en esta ideología del complot y sobre todo el tomarla como dogma anula nuestra capacidad de reflexionar realmente pues enfoca la crítica y el cuestionamiento hacia fuera lejos del proceso de autoanálisis y evaluación personal pilares en toda mejora.

“Jugamos como nunca y perdimos como siempre” – el famoso ya merito y la creencia de que estamos condenados a repetir los errores y fracasos del pasado es una visión evidentemente derrotista, negativa y sobre todo poco constructiva si llega hasta ahí. En mi trabajo anterior como planeador de la demanda me dediqué más de 2 años a hacer pronósticos de venta de ciertos productos en base a la historia; si bien es cierto que ésta es el principal y en muchos casos único elemento para suponer qué sucederá en el futuro, recuerdo muchas ocasiones en las que fallé en mis pronósticos rotundamente contra toda estadística pues las circunstancias y el entorno cambian constantemente. Si aunado a este punto entendemos como personas que el aprendizaje obtenido al cometer un mismo error por segunda ocasión puede ser distinto al obtenido al cometerlo la primera vez, entonces estamos abriendo nuestra mente a una fórmula ganadora para obtener resultados diferentes y adueñarnos de nuestro futuro. México ya ha demostrado que puede romper con sus fantasmas: en julio del año 2000 para sacar al PRI de 70 años en el poder logramos alianzas sociales y políticas únicas y sin precedentes; tan sólo ayer y después de 40 años de no tener un logro importante en el Básquetbol, México ganó el Pre Mundial de este deporte en un torneo al que fue invitado solo porque Panamá estaba suspendido. En resumen, es posible cambiar nuestra historia pero debemos deshacernos de pensamientos y filosofías derrotistas y empezar a ver los fracasos como aprendizajes y cada oportunidad como un reto nuevo, con condiciones distintas.

 “Los cangrejos en la cubeta” – seré muy breve; algo que he notado es que nos gusta ver a otros, sobre todo a nuestros representantes o a alguien en una condición privilegiada o notable, fracasar. “Ojalá no ganen el Oscar”, “Ojalá le vaya mal a Peña Nieto”, “Ojalá le vaya mal en su nueva empresa / matrimonio”, “Ojalá lo encierren de por vida” y mi favorita “Ojalá no vayamos al mundial”. Existen muchas razones por las cuales estas frases se pueden dar ya sean envidias, celos, falta de autoestima, y también en varios casos la noble creencia de que “sólo en el fracaso total, en la crisis extrema, podremos cambiar y mejorar”. Aquí quiero recalcar dos cosas: desear el mal por el mal a los demás sobre todo cuando hablamos de nuestro propio país y gente, definitivamente denota carencias a nivel individual y nuevamente lo que hace es voltear hacia afuera para encontrar en la derrota de otros nuestra satisfacción y así olvidarnos de la lucha por nuestro propio desarrollo; por otro lado si bien las crisis son las mayores oportunidades de crecimiento, la creencia de que sólo tocando fondo podremos aprender y mejorar es únicamente restrictiva y menosprecia nuestro potencial interno para salir adelante. Estoy convencido de que quien tiene el poder de definir los límites para hacer un cambio estructural es uno, y es posible llevar esta convicción del plano individual al social a través de la responsabilidad y voluntad conjunta.

Con todo lo anterior dicho es claro que hay mucho que trabajar como personas y sociedad para ser un mejor país, sin embargo es crítico hoy más que nunca que dejemos de enfocarnos en lo negativo y volteemos a ver nuevamente la igual o mayor cantidad de razones que tenemos para sentirnos como yo, sumamente orgullos@s de ser mexican@s. Como toda persona que tiene cualidades únicas, los mexicanos tenemos una gran cantidad de talentos que nos caracterizan de otras culturas y que hacen que brillemos en donde quiera que estemos:

Los mexicanos somos Trabajadores. En México muchas personas, más del grueso de la población, trabaja más horas al día y con menores periodos vacacionales al año que en muchos países primermundistas. Que no nos confundan las fotos de los diputados dormidos en sus curules, o los “maestros” del CNTE en Reforma o Circuito Interior; en México mucha gente sí trabaja y trabaja bien. ¿Te has parado en una central de abastos o mercado local a las 5-6 a.m. y presenciado cómo llegan las personas a descargar y cargar sus productos? ¿Te has quedado en tu oficina trabajando para un entregable urgente hasta las 11, 12 de medianoche? ¿Has visto a esas horas las calles y has descubierto locales abiertos? ¿Conoces a paisanos que para alimentar a su familia viajaron miles de kilómetros para cruzar la frontera y mandar mes a mes sus dólares? Los mexicanos nos caracterizamos por trabajar arduamente por los nuestros y cuando las condiciones se ponen adversas, damos el extra y redoblamos esfuerzos no sólo a nivel personal sino también familiar.

Los mexicanos somos sumamente Ingeniosos. Una característica que podría decir es “mágica” de nuestra cultura es que los mexicanos encontramos siempre el modo de salirnos con la nuestra y sobrellevar las crisis. Ya sea una reparación o arreglo en nuestra casa y carro teniendo únicamente como herramienta una cinta adhesiva, o bien las soluciones caseras para alimentar a 8 con el presupuesto de 3 o curar enfermedades únicamente con ungüentos, los mexicanos hallamos y hacemos nuestros caminos para sobrepasar las carencias y la inestabilidad de nuestro entorno. Como mexicanos nos quejamos de nuestra realidad, es cierto, pero son pocos quienes realmente se paralizan por la misma y por el contrario tenemos el ánimo, el espíritu y la creatividad de reírnos de la misma, apoyarnos como comunidad y entonces sí buscar los medios para ser más eficientes, hacernos de más recursos y encontrar “la vuelta” para solucionar nuestros problemas.

Los mexicanos somos optimistas y felices. Y sí, esta característica es probablemente la que más me gusta y más nos reflejan en todo el mundo a los de verde, blanco y rojo. Nuestra calidez y sentido del humor nos delata dentro de la muchedumbre: el mexicano independientemente de las circunstancias, siempre tiene razones para festejar. Nuestra felicidad sin embargo no es exclusiva a las fiestas pues como cultura que vive –todavía- tradiciones familiares y espirituales muy arraigadas, somos una comunidad que ha aprendido a valorar la convivencia humana, la cordialidad, la amabilidad y el trato alegre. Nuestro optimismo es tan grande que a veces incluso raya en el límite del extremo: en la última crisis del 2008 fuimos de los países con menor impacto en el Índice de Confianza del Consumidor, y al día de hoy las encuestas deportivas afirman que un 82% de los mexicanos cree que clasificaremos al mundial. Lo que es una realidad es que esta actitud positiva, esperanzadora y convencida de que “mañana todo mejorará” y que “hay que seguir trabajándole” resume mucho de nuestra cultura y aunque parezca algo superficial, es quizá uno de los elementos más relevantes por los cuales hemos seguido desarrollándonos a lo largo de los años a pesar de las adversidades y errores que hemos cometido.

Hace más de 200 años en Dolores Hidalgo empezó formalmente la lucha por la independencia de nuestro país en medio de balazos, agresiones, conflicto y traiciones a la sangre. Si bien México se independizó de España, la realidad es que ambos bandos eran ya en gran parte consanguíneos; hoy, como entonces, los balazos nos los tiramos entre nosotros mismos. Ya sea entre priístas, perredistas, panistas o apolíticos; ricos, pobres, policías y ladrones; maestros, abogados, profesionistas, “ninis” y aficionados, los mexicanos estamos en una crisis de unidad como país, es decir, estamos yendo cada quien por nuestro lado, presas individuales de los mismos fantasmas. Hoy necesitamos volver a independizarnos, pero no de ese opresor “externo” que me sabotea y extorsiona con impuestos, manifestaciones, decepciones y distracciones, sino del opresor interno presa de sus creencias, que prefiere criticar al prójimo antes que a sí mismo, y que se repite constantemente “sé  mexicano sólo cuando te conviene”.

El grito que daré la madrugada del 16 de septiembre viene inspirado en la visión de que los mexicanos logremos retomar nuestra identidad como “un solo país”; es el grito comprometido en dejar de enfocarme en mis defectos y el de los otros y dar lo mejor de mí para hacer un auténtico cambio a través de mi trabajo y mi voz; es el grito que celebra el regreso de mi hermano a casa, el trabajo honrado y arduo de mi hermana y mi esposa; el amor de mis padres y la alegría de mi perrita Marvel que ahora para comer pagará sus impuestos; es el grito que agradece la vida y el esfuerzo de muchos amigos trabajadores y empresarios comprometidos con el desarrollo social; es el grito que espera transformar y hacer eco a través de este mensaje en más de un lector. ¿Y tú por qué gritas, mexicano?