El dinero está sobrevaluado

¿Y tú qué harías si tuvieras 25 millones de pesos? Aunque este tipo de preguntas en ocasiones me resultan inútiles o una pérdida de tiempo, hace un par de días escuché un dato relacionado a esta cifra que me llamó mucho la atención: el plan Aquarela Series de la FIFA para el Mundial de Fútbol Brasil 2014 te ofrece por este precio un palco privado para disfrutar junto con 20 personas 19 partidos de este famoso torneo; sin embargo si estabas considerando comprarlo lamento decepcionarte pues a 1 año del inicio del torneo este paquete se encuentra agotado.

 

Este dato curioso es tan sólo una de tantas extravagancias que existen en nuestro mundo y que más allá de si son cercanas a nosotros, las aceptemos o rechacemos, existen y en lo personal me generan ansiedad al compararlas con estadísticas de pobreza y hambre mundial pues demuestran la increíble desproporción e inequidad de riqueza presente hoy en día. Dejando a un lado las teorías y modelos económicos que podrían explicar esta realidad, como humanista estoy convencido que la razón real de que esta situación persista está en nosotros como individuos y en la concepción que según nuestra cultura, educación e historia hemos desarrollado del dinero.

 

Cuando era todavía pequeño y vivía en Veracruz disfruté de una gran cantidad de privilegios y beneficios económicos como casas, carros, inscripciones a clubes deportivos y sociales; recuerdo visitar a mi familia en Ecuador 1 o 2 veces al año, viajar a Orlando, a Cancún, tener todos los juguetes, ropa y el entretenimiento que pudiera pedir. Cuando llegué a la adolescencia sin embargo, muchas cosas cambiaron drásticamente y por un sinfín de eventos la situación se revirtió al grado de que mi familia tuvo que mudarse a Querétaro en búsqueda de nuevas oportunidades. Las casas, los coches y los clubes desaparecieron, mis vacaciones se convirtieron en largas jornadas de trabajo junto a mi papá como cargador, copiloto y almacenista; la ropa y los juguetes fueron reemplazados por algunos menos sofisticados. El cambio definitivamente no fue fácil y aunque todos eventualmente logramos asimilarlo y salir adelante, todavía recuerdo con vergüenza las lágrimas y el enojo de mi mamá cuando le reclamé que no me comprara playeras de fútbol que no fueran “originales” de otro modo no me las pondría. Hoy a la distancia reconozco que no pude haber sido más afortunado al tener la oportunidad de vivir todas estas experiencias y la guía de mis padres pues si bien mi historia dista mucho de ser triste comparada con la realidad de muchos mexicanos, me permitió vivir en su respectiva proporción una parte de ambas caras de la moneda y visualizar las distintas facetas que tienen el dinero y los bienes materiales en nuestra vida.

 

Sin embargo no existe persona en este mundo que pueda elegir las condiciones sociales y económicas en las que nacerá y dado que este contexto resulta determinante en nuestra conceptualización del dinero, desde pequeños estamos predeterminados a entender y a vivir el mismo de formas distintas generando por tanto este incongruente entorno en donde uno puede comprar unos zapatos o una comida al costo del salario mensual o trimestral con el que viven millones de familias en el país. ¿Es una persona adinerada culpable o responsable de tener riqueza, o bien de que otros padezcan pobreza? Seguramente no y sin embargo todos somos parte del mismo sistema que desafortunadamente está colapsando por estas polaridades no sólo económicas sino de derechos, salud e incluso cuidado de nuestra naturaleza.

 

El deber del que no nos podemos eximir entonces como parte de este entorno es de inicio reflexionar cuáles fueron esas condiciones, experiencias, lecciones y ejemplos por los cuales el día de hoy vivimos las 3 dimensiones en mi opinión más relevantes del dinero: 1) cuál es el valor real de las cosas, 2) qué tan fácil o difícil es generar dinero y 3) el fin último del dinero. A lo largo de mi historia el cambio radical de situación económica me llevó a asimilar a punta de experiencias que puedo ser igualmente bueno o malo en el deporte con unos zapatos Nike o “Mike” -que por supuesto los tuve-, que no es lo mismo pedirle el domingo a mi papá que ganarlo cargando y descargando diariamente 400 cubetas de aceite a una camioneta y más importante aún, que si el dinero no me sirve para ayudar a que mi esposa, nuestros padres, hermanos, familia y también nuestra comunidad sea más feliz, plena y equitativa, entonces no sirve de nada.

 

Nuestra obligación entonces es de adentro hacia afuera pues una vez entendida nuestra verdad debemos salir y visualizar otras realidades para entonces poder actuar y activar el sistema del que somos parte y al cual podemos ayudar de muchas y tantas formas. Una de las parábolas que me resulta más interesantes de la Biblia es aquella que habla de los denarios y en la que concluye que “A quien más se le dará, más se le exigirá”. Nosotros no somos responsables de cómo y en qué condiciones llegamos al mundo, pero definitivamente sí somos responsables de cómo nos vamos y cómo dejamos el mismo. Perseguir el dinero por el dinero es un objetivo apreciable y dado el materialismo actual algo sumamente comprensible y atractivo, pero finalmente vacío pues desde mi experiencia, las cosas más valiosas de esta vida no están a la venta.

Anuncios

Alcanzar la paz

Les voy a contar un secreto personal que espero no se malinterprete: desde hace ya varios años me doy cuenta que tengo una cada vez mayor curiosidad por visitar al menos una vez al mes un funeral, un velorio o simplemente ir al cementerio. Parece algo trastornado y yo incluso así a veces lo pienso, sin embargo cuando por alguna razón he llegado a estar en dichos lugares, más allá de la tristeza que me embarga por el dolor o pérdida de mis conocidos, me doy cuenta que el contactar con su tristeza detona reflexiones muy claras y contundentes de lo que realmente significa para mí la vida y la felicidad; en otras palabras y por extraño que suene, acercarme y entender la muerte me hace acercarme y entender la vida.

 

Particularmente y alrededor de este tema los últimos días han sido complicados pues no hace más de 1 semana se cumplieron 10 años de la muerte de mi gran amigo Luis Casas Méndez. Por más que intente año con año obviarlo o vivirlo de forma superficial, el 29 de mayo es un día en el que casi inevitablemente lloro, pero también un día en el que río recordando las alegrías y sobre todo las ocurrencias que en su vida terrenal Luis hacía y compartíamos juntos. El vivir este último 29 de mayo de forma similar me hizo recordar algunas de mis reflexiones en velorios, y sobre todo me hizo cuestionarme el cómo vivo y entiendo la muerte, y cómo la viven los demás.

 

Quiero aclarar que no soy ni pretenderé ser un especialista en Tanatología, sino por el contrario quiero compartirles mi experiencia y cómo yo viví lo que llamo “mi primera muerte”. Con el tiempo he desarrollado la loca teoría de que si bien uno conoce “en persona” a la muerte evidentemente el último día de nuestras vidas, la concepción que tenemos de ésta se determina en gran forma desde pequeños, adolescentes o incluso adultos, cuando vivimos nuestra primera muerte es decir, aquella que por primera ocasión nos impacta de forma significativa ya sea mental, emocional o espiritual. En mi opinión la intensidad y la falta de experiencia con la que vivimos esta primera pérdida traza el mapa inicial –sobre todo a nivel emocional- con el que concebimos y por ende vivimos este fenómeno gran parte de nuestras vidas, y de ahí el hecho de que para algunas personas la muerte pueda ser sinónimo de dolor, injusticia o castigo cuando para otras signifique descanso, tranquilidad e incluso alegría.

 

Cuando yo era todavía muy pequeño viví dos muertes significativas en mi vida: la de mi abuelita paterna y mi abuelito materno; posteriormente perdí también a un tío cercano y sin embargo, ninguna de esas muertes llegó a impactarme tanto como el perder a Luis. No sé si fue el tremendo afecto que nos teníamos o las condiciones súbitas y complicadas de su fallecimiento, pero estoy convencido de que la intensidad emocional y espiritual con la que viví esa primera muerte me transformó como ser humano.

 

Durante mi primera muerte y como era de esperarse viví de forma consciente e inconsciente todo tipo de sentimientos y reacciones que fueron desde la negación, enojo, tristeza, frustración hasta posteriormente la resignación, entendimiento y paz. Mi personalidad, espiritualidad y madurez por supuesto jugaron un rol importante a lo largo de este complicado y largo proceso, sin embargo si algo quiero resaltar determinó el significado que le di a la muerte a través de esta experiencia fueron los modelos y reacciones que pude observar y aceptar de quienes me rodearon en ese momento. La serenidad, paz, esperanza y resignación de mi familia y la de Luis, así como el valor de mis amigos para enfrentar esta realidad fueron siempre guía para entender que más allá del dolor y la pérdida, la muerte para mí significa una prueba de fe, una oportunidad de acercarnos a la verdad y a Dios, y un desafío para vivir de forma auténtica nuestra misión.

 

Y es aquí donde vale la pena voltear atrás y pensar no sólo en cuál fue entonces tu primera muerte, como la viviste y el significado que tuvo en tu vida, sino ir un poco más allá y poder ser conscientes de qué condiciones eran las del momento, qué modelos tuviste presentes y qué elementos propios y ajenos determinaron ya sea de forma positiva o negativa la concepción que le diste entonces a este suceso, pues sólo así podrás darte una oportunidad de darle un nuevo sentido y significado en un futuro.

 

Quizá después de todo ya no me resulte tan bizarra mi idea de visitar velorios y funerales cada mes; la vida nos da a veces tan pocas oportunidades de vivir experiencias intensas de crisis o aprendizaje que definitivamente si no aprovechamos los medios posibles para acercarnos a la realidad de los demás, difícilmente lograremos tener un entendimiento más allá de las experiencias y modelos propios y no alcanzaremos concepciones más integrales en temas tan relevantes y trascendentales como el aquí expuesto. Si ése es el caso, quizá entonces lo más trágico finalmente de la muerte no es la muerte en sí, sino realmente nunca haber entendido su significado y a través de éste, aprovechar la vida en un sentido pleno y positivo… justo como me enseñó Luis.